Paulo Freire decía: “Perdidos están los que no sueñan apasionadamente, que no son románticos. Yo sueño con que nunca más se vacíen las calles. Que nunca más los líderes políticos se sirvan de las plazas llenas para poder negociar arriba. Sueño con que aprendamos todos a asumir democráticamente los cambios. Sueño con una sociedad reinventándose de abajo hacia arriba, donde todos tengan derecho a opinar y no apenas el deber de escuchar. Éste es un sueño históricamente viable, pero demanda que la gente descruce sus brazos para reinventar esa sociedad”.
Sueños, pasiones, idealismos, humanismos y utopías son términos que, por momentos, desdibujan la profundidad de sus sentidos, o hasta son declarados proscritos, ahistóricos o inviables, atrapados por la misma fuerza de los modelos sociales que en algún momento los tuvieron como piedras angulares. Existe, no obstante, un elemento mayor que los trasciende, los abraza e impulsa: el diálogo. Cómo se podría, de lo contrario, alcanzar cada uno de esos destinos.
Sin el diálogo no se plantearía a cada uno de ellos la fuerza de lo interactivo, lo que vincula y que hace que haya sueños, pasiones, idealismos, humanismos y utopías. Todos ellos son posibles sólo con la base del encuentro con los demás, pues ninguno puede existir en su real alcance y dimensión evolutiva y transformadora si es que no va cargada del impulso del abrir, del buscar y del abrazar al “otro”.
Este “otro” es justamente todos y a la vez cada uno de los sujetos que comparten con nosotros este tiempo y espacio. Los “otros” no son distintos, ni mis diferentes, son seres diversos y en diversidad, y cobra razón el soñar o comprometernos con pasión y entrega humanista al alcance de cualquier utopía cuando el destino en sí es el otro, para el caso mi comunidad, mi realidad inmediata habitada por los demás diversos. El “otro” no es mi antagónico, es mi razón de proyectar mi propio crecimiento, pero sin anular el proyecto de este otro.
El diálogo, como el espacio de ir del uno al hallazgo y descubrimiento del “otro”, es una fuerza nunca reductible al simple o mecánico traspaso de contenidos; es y tiene razón en su dinámica de búsqueda, de aceptación de lo diverso, y de la afirmación de que todo desarrollo tanto personal como colectivo parte del espacio dialéctico y necesariamente transformador del sabernos incompletos.
La experiencia del diálogo supera el esquematismo propio del acto informativo del asumir un emisor y un receptor, y recupera la profundidad del proceso del ser con y ser para el “otro”. La base ética del diálogo es inevitablemente la relacionalidad, la de buscar clara, sencilla, transparente, y humildemente el encuentro con el “otro”. El dejarse explorar, el saber, por ejemplo, que por la conversación se puede alcanzar tanto aspiraciones personales como conjuntas es lo que hace que el diálogo sea más que un concepto una voluntad y una acción.
El diálogo, base de toda razón de servicio, no anula la existencia de miradas diversas, ni de condiciones históricas que agudizan las inequidades. Al contrario, cobra sentido porque se hace puente y eslabón para el acercamiento edificativo desde esas condiciones humanas, dando incluso oportunidades a infinitas búsquedas y encuentros curativos de las inequidades y exclusiones. El mismo sentido de vivir en comunidad se da a partir de la voluntad de compartir nuestra presencia diversa en el mundo.
El mismo Freire afirma: “Yo tengo el derecho de que no me guste algo, pero tengo el deber de entender y no simplemente decir que esto no sirve”.
*José Luis Aguirre Alvis es comunicador social con especialidad en comunicación para el desarrollo humano.
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