Elvira Espejo justifica, por sí sola, una visita al Museo Nacional de Etnografía y Folklore. Allí, por último día, muestra 21 cuadros trabajados en técnica mixta que prueban cuánto ha depurado su trabajo pictórico.
Pintisa, nombre de la muestra, es, como afirma el investigador de temas etnográficos, Milton Eyzaguirre, una forma de apelar a la experiencia rural desde lo urbano. Lo que se explica por el origen campesino de Elvira Espejo, una joven qaqachaqa que estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes; pero convencida de que cuanto había aprendido de su abuela y su madre es tan artístico como lo que arranca hoy a una paleta de colores.
Esto, precisamente, es lo que logra Espejo: aprovechar ambos aspectos de explorar en las formas y las ideas para proponer obras que, siendo claramente referenciales de una experiencia cultural, se alejan del naturalismo. Por tanto, no es paisaje lo que se observa, sino elementos que sugieren una forma de concebir el mundo, de simbolizarlo, de aprehenderlo y de narrarlo.
Uno de los cuadros bautizado como Kimsa kullata (100x70 cm) habla de la fauna de las leyendas y los mitos andinos. Las figuras de un tono tierra rojiza ocupan el centro que hacia abajo se va deshilando, tal cual un tejido que muestra los hilos de la urdimbre.
Este elemento se repite en casi todas las obras, logrando en algunas una abstracción que, como lee Eyzaguirre, hace que los quipus se vayan convirtiendo en edificios de una gran urbe.
Mirando el conjunto, la certeza de que Espejo teje-pinta o pinta-teje es evidente. Un lenguaje enriquece al otro, no lo usa.
Las figuras de rostros, animales, soles que uno puede ver en un textil, en medio de franjas o no, están en el lienzo. Sólo que como parte de un lenguaje pictórico que agranda eso que suele ser el detalle. Entonces, una nueva dimensión se abre en la superficie plana hecha de colores ocre o blanco como fondo, con pinceladas de rojo o amarillo.
Seguramente la técnica seguirá depurándose en manos de Espejo. Pero, lo que ha logrado es tender líneas para atisbar en el riquísimo mundo del norte potosino desde el lenguaje contemporáneo de la pintura.
Casi dan ganas de describir cuadro por cuadro el placer que provoca la pintora. Sin dejar pasar ese su Warmis (100x100), ocre con azul y amarillo, donde los cuerpos femeninos ondulan voluptuosamente, o su Chiwiqas (120x85), donde las figuras de mujeres con sombreros se esconden exigiendo una mirada atenta. O su Awayu que, repitiendo el motivo de las listas, lo quiebra intencionalmente, como afirmando que el arte que hace es viejo, pero nuevo.