Ubicado a los pies del Sajama, un pueblo paceño ha convertido su sabiduría sobre la sal en una pujante industria que crece.
Texto: Redacción Fotos: Miguel Carrasco
La sal ha sido desde siempre el motor de este paraje solitario que se levanta a los pies del Sajama, en el municipio Calacoto de la provincia paceña de Pacajes. De la sal ha vivido este pueblo desde tiempos inmemoriables cuando fue bautizado como Jayu Uma; y tras la Reforma Agraria, cuando se rebautizó como Tarquiamaya.
“Este salar fue explotado por los abuelos de nuestros abuelos. Cuando llegó la Colonia, los pobladores de Jayu Uma ya hacían trueques de sal con frutas y verduras de los valles. Así hemos vivido hasta los años 70, cuando llegó la carretera”, relata Clemente Sarsuri, productor nacido en Tarquiamaya que en su infancia vio cómo la vía Coro Coro-Desaguadero relegó los viejos caminos de herradura por los que la sal había sido transportada en lomo de camélidos.
Hoy, el yacimiento de Tarquiamaya comprende 99 hectáreas y continúa prodigando sus frutos para los 127 socios de la cooperativa que explotan nueve mil toneladas de sal al año. Pero necesita seguir creciendo; por ello y en el propósito de mostrar sus riquezas, Tarquiamaya organizó la feria “Relanzamiento de la Producción de Sal”, que se realizó el domingo 25 de noviembre, al ritmo de música y danza autóctonas paceñas.
El salar andino
La salera de Tarquiamaya cuenta con cuatro vertientes de donde fluye el litio. Tras un proceso de 10 días, el elemento líquido se convierte en materia sólida, la que es explotada por los 127 socios que integran la cooperativa, fundada el 16 de julio de 1983.
Tarquiamaya produce sal en cuatro variedades: la sal molde que es usada para el consumo de animales y para la fabricación de ladrillos; la sal granulada que se emplea en la elaboración de quesos y para alimentar a las bestias; la sal semimolida, que es utilizada en los procesos de las curtiembres y la sal molida o yodada que es apta para el consumo humano.
Esta última variedad del yacimiento, la sal yodada, es empaquetada y comercializada en las poblaciones del norte de La Paz y de los departamentos de Beni y Pando. También encuentra importantes mercados en la ciudad de El Alto y la sede de gobierno.
Aunque la producción de Tarquiamaya aumenta, debe enfrentar problemas. “Hoy en día, los productores nos sentimos abandonados”, manifestó Clemente Sarsuri quien, junto a sus compañeros, busca estrategias para mejorar la producción con apoyo municipal y prefectural. La competencia es dura, pues en el cercano salar de Coipasa, la unidad de bloque de cloruro de sodio se vende a 1,60 bolivianos, mientras que en Tarquiamaya el costo asciende a 2,50. “Necesitamos más tecnología”, concluye Sarsuri.
Por lo pronto, el pueblo de la sal cuenta ya con el compromiso prefectural para el mejoramiento de la carretera Coro Coro-Calacoto-Tarquiamaya, que es una vía vital para la comercialización y para el incentivo del turismo en la zona.
Música, danza y artesanía
El relanzamiento del salar paceño se complementó con el Primer Festival de Música y Danza Autóctona del municipio de Calacoto, que presentó a una veintena de agrupaciones que pusieron ritmo al evento con tarqueadas, mohoseñadas y pinquilladas.
También se presentó una exposición de artesanías en cerámica y en lana de oveja, antiguas tradiciones en la zona que también es famosa por sus canteras de estuco.
Después, Tarquiamaya volvió a la calma y al orgullo de un pueblo que crece con el tesoro de su sal.