Escribir sobre el año que está por terminar no me ofrece grandes satisfacciones. Casi todos lo hemos pasado entre mal y peor. Muy especialmente por los hechos de violencia, con muertos y heridos, por la incertidumbre política y económica, por las molestias innecesarias de bloqueos y otros inventos de última generación que antes apenas se conocían, por la pérdida de la confianza internacional y, a partir de este medio año, por la creciente inflación. No podemos pues despedir el 2007 como un año venturoso ni abrigar muchas esperanzas para el 2008.
Una de las conclusiones a las que se llega es que Bolivia está en plenos dolores de parto. El “cambio” que anunciaba tantas maravillas a quienes creían en las promesas de los políticos que hoy nos gobiernan (o desgobiernan) no satisface las legítimas aspiraciones de la mayoría ciudadana. Más bien tengo la impresión de que en Bolivia se está ensayando una forma de gobernar que sus propios intelectuales apenas han aclarado para ellos mismos. Un ensayo sin una doctrina bien definida. Nuestros cráneos gobernantes van a tientas. Por una parte, repudian las culpas del neoliberalismo como causantes de todos los males. Pero tampoco se animan a proponer un marxismo-leninismo contundente como en Cuba, por cierto, en inminente transformación. Se acercan más a un servil mimetismo a la autocracia venezolana de Hugo Chávez, aunque, por fortuna, con menos groserías de las que prodiga el deslenguado pretendiente a emperador del Caribe.
Dichas estas generalidades, al alcance de cualquiera y vistos los menguados resultados registrados en el 2007, aquí el “cambio” ha utilizado a su manera las instituciones democráticas, tales como la Constitución todavía vigente (aunque mal cumplida) para destruir las instituciones democráticas. El Poder Legislativo ha sido suplantado en muchas ocasiones por los movimientos sociales fieles al Gobierno. En la Cámara de Diputados se impone el rodillo aplanador del MAS. Se salva, en parte, el Senado en donde la menguada oposición todavía defiende su existencia. Y, en lo que se refiere al proyecto de Carta Magna aprobado por la Constituyente en forma más autoritaria que democrática, me inspira más temores que esperanzas. Es un rompecabezas “multi-todo” que no inspira confianza. Si uno lee el artículo 1 comprobará el confusionismo barroco que la domina. Pero además, el caudillismo que practicado hasta ahora va a extender sus tentáculos, aún cuando tratando de guardar las apariencias democráticas, pero con el propósito de doblegar las instituciones republicanas e implantar una forma de autoritarismo étnico.
Veremos cómo lo recibe el cuerpo electoral cuando tenga que volver a las urnas para sentenciar el “sí” o el “no” a la nueva Carta Magna. Por cierto que al “padrino” Hugo Chávez le fue muy mal en el último referéndum. Valga pues la oportunidad para destacar que a nuestros vecinos, Brasil y Chile, les está yendo mucho mejor, en la medida en que su socialismo es respetuoso de las instituciones democráticas y mucho menos autoritario que el que se pinta en Bolivia para el 2008 y siguientes. Si alguien no corrige antes el actual deterioro.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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