Una antigua leyenda de la etnia yuracaré explica el surgimiento del espíritu del jaguar y por qué los indígenas se identifican con el animal.
“Había una pareja que vivía junto a su hija a orillas de un río. Cuando la chica fue creciendo a menudo se iba a un árbol mapayo y se quedaba durante horas”, relató Ramiro Galindo, ejecutivo de la Confederación de Pueblos Étnicos de Santa Cruz (Cepes), de ascendencia yuracaré.
La leyenda relata que el espíritu del árbol se volvía humano y le aparecía a diario a la muchacha. Con el tiempo ella se enamoró y se embarazó, por ello su padre la encerró en su casa.
“El espíritu enamorado cada noche iba donde la chica y dormía con ella, pero antes de que salga el sol volvía a su árbol. Una noche el padre de la doncella pilló al hombre en su casa y en castigo lo embriagó de chicha de yuca y no pudo volver al árbol”.
Después de haberse ganado la confianza lo llevó a cazar al monte e hizo que se pierda, ahí los tigrigentes, que eran hombres convertidos en tigres, se lo comieron y la muchacha, que estaba a dar a luz, salió en su busca, pero también la mataron y se quedaron con el bebé.
La leyenda dice que cuando el niño creció, buscó a los tigrigentes para matarlos, después de un tiempo mató a dos de los tres, el último escapó y se escondió detrás la luna. Por eso en luna llena se ve el perfil del tigrigente.
El muchacho se quedó en el monte divagando y se convirtió en el espíritu que nunca muere, el espíritu del jaguar.