A comienzos del siglo XX, Bolivia ingresó a la era musical del acetato. El Himno de Bolivia fue la primera composición en ser grabada. Discos Méndez fue la pionera. Hoy, Discolandia atesora más de 2.000 ítems.
Texto: Javier Badani Ruiz • Fotos: Pedro Laguna/Archivo Discolandia
Cedé, cidí, cederrón... No importa cómo se llame en Bolivia a los compact disc, mañana estos resplandecientes globos musi- cales de policarbonato de plástico serán los protagonistas en las fiestas familiares que recibirán al 2008 con bailongos. La oferta es variada; pero sólo uno de estos productos carga en sus 12 centímetros de ancho una tradición que ya acaricia las cuatro décadas: el Superbailable de Discolandia.
Alberto Espinoza se llena de melancolía al hablar de este clásico boliviano de fin de año. Gerente Administrativo de esta casa disquera —que este 2008 cumplirá 50 años—, toca con sus palabras la era del vinilo, cuando la música era transferida al disco de acetato a través de señales eléctricas, en un proceso cuasi artesanal que ahora se ha perdido para siempre.
´Era mágico ser testigo del nacimiento de un disco´, exclama, mientras saca el descolorido Superbailable Vol. 4. Las añejas melodías de El bachiller invaden su oficina. El ambiente es ideal para revivir la epopeya discográfica.
Méndez, los pioneros
Fue la inventiva de Thomas Alva Edison, la que en el siglo XIX capturó las voces en el fonógrafo, aparato que podía reproducirlas una y otra vez. Nacía entonces la industria fonográfica. En Bolivia, las primeras grabaciones se hicieron a través de encargos a empresas internacionales como Columbia y RCA Víctor. Así, en 1918 el empresario Ricardo Argote grabó el Himno de Bolivia. Durante la Guerra del Chaco las iniciativas fonográficas se extendieron con Simeón Roncal y Julio Martínez quienes inmortalizaron en los acetatos temas como Infierno verde y Gacela. A pesar de ello, el país no contaba con la tecnología para realizar la grabación y la producción de éstos dentro de sus fronteras.
La historia de la industria discográfica en Bolivia tuvo su hito fundacional en 1949, cuando en La Paz se abrieron las puertas de la Fábrica de Discos Méndez. Dirigida por Gastón y Alberto Méndez, la empresa impulsó el talento de Gilberto Rojas, Gladys Moreno y las hermanas Espinoza, entre tantos otros. Discos Méndez, que procesaba sus discos en Estados Unidos, cerró en los años 60; aunque su patrimonio pasó a manos de los hermanos Ibáñez que en la década del 70 fundaron la empresa discográfica Heriba. La semilla de Discos Méndez, además, se hizo presente en Cochabamba con la creación (1958) de Lauro y Cia, dirigida por Laureano Rojas.
Posteriormente surgieron nuevas empresas como Santa Fe Records, Colibrí, Columbians, SAB Ltda, Discos Cóndor y Sony Music. Sin embargo, el azote de la piratería, en los años 90, provocó el colapso de gran parte de estos emprendimientos. Y los que quedaron en pie se vieron obligados a adecuarse a las nuevas circunstancias. Es el caso de Discolandia, que con medio siglo de vida se ha consolidado como uno de los guardianes de la historia musical del país.
Sembrando música en surcos
Desde la grabación inicial hasta la distribución final del disco, todo el proceso discográfico puede tomar un mes. Tras la toma de los sonidos en una consola digital —normalmente cada instrumento y cada voz se graban por separado— las piezas son ecualizadas en computadora. Después, el máster se quema en un CD y se envía a una empresa en el exterior para su fabricación en serie; esto debido a que en el país aún no existe una fábrica de discos compactos.
´Los CD nos llegan en tubos y aquí los empaquetamos, los embalamos y los distribuimos´, explica Espinoza, quien recuerda que en los años 50 la grabación del sonido se hacía de forma analógica a una cinta magnetofónica. Esta pieza era luego enviada hasta Brasil donde con equipo especial se ´cortaba el disco´ virgen de acetato con diamante mientras, al mismo tiempo, se traspasaba a través de señales eléctricas la música y las voces a los microsurcos creados en el vinilo de 12 pulgadas. Tras un baño de galvanoplastía, el llamado disco madre era utilizado una y otra vez en la copia de cada nuevo álbum.
En los años 60 Discolandia —que nació de la mano de los esposos Miguel y Miriam Dueri en 1958 como una importadora de discos— marcó un hito en la industria al introducir el primer sistema de microsurco para la elaboración de vinilos. En 1963 salió el primer álbum titulado Bolivia en banda, que reúne temas interpretados por la Banda Militar.
A diferencia de lo que pasó con Discos Méndez, esta empresa discográfica atesora un archivo con más de 2.000 cintas magnetofónicas, lo que ha permitido relanzar al mercado añejos tesoros en formato digital. El proceso se inicia con el traspaso de la cinta magnetofónica a la computadora. Una vez allí, los técnicos realizan la remasterización donde se corrige cualquier error de la grabación original.
Hasta el momento, unas 1.500 cintas ya han sido digitalizadas. Esto ha permitido a las nuevas generaciones el poder conocer a artistas como Alfredo Domínguez, Los Grillos, Los Jairas y Nilo Soruco. Entre las joyas de Discolandia están 40 años del rock boliviano, donde Wara, Climax, Dies Irae y Llegas, entre otros, ofrecen una pincelada de la movida rockera desde 1963. Por su lado, El joyero del oriente boliviano recupera a Los Taitas y al Trío Oriental.
Casi luminosas por la capa refractante de aluminio que las protege, los CD musicales tienen asegurado por un buen tiempo su presencia en la industria musical. Para Espinoza, sin embargo, ningún placer se compara con aquel de disfrutar de un buen disco de vinilo en un aparato ´tres en uno´.
´En los años 90 la irrupción del cassette marcó el final de los vinilos. Desde entonces, ya no se los ve dando vueltas en los aparatos. En el futuro de seguro lo mismo pasará con los CD´, sentencia, mientras introduce en su moderno lector de discos compactos el Superbailable 2008 Vol. 39: ´Y ahora te vas, sabiendo que no pude lograr...´ En las oficinas de Discolandia, la despedida a los 365 días del 2007 acaba de comenzar al son de la agrupación Mala Kumbala.