La irrupción en La Paz, los últimos meses del año recién pasado, de un movimiento compuesto por jóvenes que se reclaman pacifistas es un síntoma inequívoco de la situación que atraviesa el país puesto que si la violencia —explícita o implícita— no estuviera invadiendo las relaciones sociales como efectivamente lo está haciendo, no habría necesidad de demandar paz con la vehemencia con la que dichos veinteañeros la piden. Recalco lo de la vehemencia porque, no exentas de ardor y pasión, sus manifestaciones han sido invariables, no violentas. Que los emisarios del terror las hayan perturbado a palazos y pedradas no hace más, como veremos más adelante, que demostrar que la idea pacifista desagrada a los extremistas, por lo que no están dispuestos a dejar que se extienda.
Y es que, como involucrado en el acontecer sociopolítico, es la primera vez que tomo con la seriedad que se merece a una expresión de esta naturaleza vista en esta ciudad. Durante gobiernos pasados (Banzer y Mesa, particularmente) se dieron manifestaciones que se proclamaban pacifistas, pero más parecían movilizaciones dirigidas desde algún ministerio, a las que se sumaban, inocentemente, personas de buena fe. Particularmente les tengo algo de fobia a los ´pañuelitos blancos´ y bien harían los muchachos y muchachas a quienes me refiero en no utilizarlos.
Si ahora me ocupo del asunto es porque como primera impresión —espero no equivocarme— me parece que su postura es genuina y que si se sabe conservarla puede cundir generacionalmente. En un Estado de violencia, nada más subversivo que el pacifismo.
Recurriendo a la Encarta encontramos que ´El pacifismo incluye variantes absolutas y doctrinarias y otras más generales y prácticas. Los pacifistas absolutos se oponen a todas las guerras y a cualquier forma de violencia; los pacifistas relativos asumen ciertas posturas respecto a los conflictos y las clases de violencia hacia los que manifiestan su oposición y crítica. La mayoría de los pacifistas absolutos ponen de relieve la inmoralidad de la muerte de una persona a manos de otra. La filosofía del pacifismo se basó a lo largo de la historia en la moral, la voluntad divina o la conveniencia económica y social. El término en sí no se hizo popular hasta comienzos del siglo XX´.
Extremistas de derecha y de izquierda, por igual, suelen ponerse muy nerviosos ante la aparición de grupos pacifistas dado que la no-violencia es toda una postura política y de combate. No es, como suele suponerse, cruzarse de brazos y darse a la contemplación de las montañas. Eso es lo que dictadores y autoritarios en general quisieran que fuese. Al no ser así, le temen y recurren al método de la intervención violenta.
Democracia no es negación del conflicto, el conflicto es incluso necesario; pero es propia de la democracia la resolución no violenta del mismo. En circunstancias normales, quienes lo asumen no necesitan llamarse pacifistas, les basta con reclamarse demócratas (como lo hace el que escribe). Pero cuando la democracia está asediada, el pacifismo parece ser su último recurso.
*Puka Reyesvilla es docente universitario.
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