Todo el mundo quiere tener el control del control. Se libra una batalla campal, casi siempre sobre la cama, en medio de colchas. Los niños pelean su pedazo de tiempo en dibujos animados de violencia. Como la realidad siempre arrincona a la fantasía, tuvimos en Sucre transmisiones en directo de sangrientos enfrentamientos.
Tronar de dinamitas, petardos que hacen luces en medio de la oscuridad y disparos indiscriminados de granadas de gas lacrimógeno, sumergidos en las aguas del puente de la Calancha. ¿Relatos como de filmes de suspenso y terror? “Mientras tanto, en el salón de la justicia” —como decía la serie de los Superamigos— Silvia y compañía “vivos o muertos”, como describió la presidenta de la Constituyente, Silvia Lazarte, después de entrevistarse con el presidente Evo Morales (el 20 de octubre de 2007), hacía levantar y bajar las manos de los 145 masistas y paramasistas. ¿Cuánto cuesta la vida? ¿La vida no vale nada? Cuando es la vida del otro, ¿la Asamblea puede seguir su circo, perdón, su curso?
El televisor hace zaping entre chicas Superpoderosas, Bob Esponja y Padrinos Mágicos, además de falta de ética y estética, entre los que llaman a defender y los que llaman a agredir. “¡Nos quieren intervenir el canal!”, vocifera el locutor que tiene lleno el set de pequeños frascos de vinagre, gasolina en bidones, neumáticos en las aceras de ingreso. Las vidas se desgastan en las calles, en las colinas y el río, en la carretera ennegrecida del humear de llantas. Las piedras del odio rozan las orejas. Las canicas revientan pómulos. No se escuchan las voces pacíficas. Los incendiarios, políticos de plaza pobre y callejones, tiemblan como ratas en madrigueras. Los charlatanes retornan cargando tres ataúdes de jóvenes que luego serán llamados héroes. Les erigirán monumentos, y las promesas se las llevará el viento, como se difuminan los gases entre los manifestantes.
Es tarde, muy tarde para volver a casa. Policías dormitan su cansancio en las calles con las botas puestas, y los asambleístas no saben cómo salir del liceo militar. Los periodistas, pretenden descansar y no pueden. Por las ventanas se entromete el gas delator de la violencia.
Hay que repensar el rol de los medios y su influencia en los momentos críticos del conflicto. ¿Hasta cuándo la información, bien preciada y noble, será la pasarela de los instintos? ¿Hasta dónde se puede acercar el fósforo cuando la ciudad esta impregnada de gasolina? En las calles, los universitarios utilizan sus flechas, piedras y palos para defenderse; los del Gobierno gases, balines, balas para “constitucionalizar” sus ideas. Y los medios libran su propia batalla; algunos hacen gala de pantomima y calco, como panfleto de agencias informativas, canales y radios. El canal universitario se defiende con las mismas o peores armas, las del odio, en medio de un conflicto que es de por sí sangriento. Necesitamos las compresas frías de la serenidad y el sentido común para frenar tanta sangre violenta que se escucha, que se ve, que se siente en el show noticioso de quienes confunden el periodismo con la alevosía.
*Iván Ramos P. es periodista.
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