Con el nacimiento de Jesús, el Padre Creador, Dios, nos abre su invitación al diálogo como una oportunidad de recuperar la ruptura abierta o iniciada por el pecado original del Paraíso. Así, la llegada de Jesús es un signo y a la vez un mensaje, que afirma con su propio ser hecho carne, la materialidad significante del estar en y con nosotros, y aquella dimensión profunda de una significación trascendente que es amor, invitación a la fe y a la construcción del mundo gracias a la voluntad del perdón. La natividad, como eje de nacimiento, es un nacer del Hijo y así de todos sus hijos e hijas, un nacer masivo, multitudinario que a su vez es un nacer para encontrarse, porque, qué sentido podría tener la propia existencia si no fuera el de un caminar para un acercarse a los demás. El ser para y con los demás es el reto inicial del anuncio encarnado en Jesús y que justamente nos hace comprender la proximidad con la experiencia del ser en comunidad.
Pero esta voluntad de diálogo con los hombres y mujeres hecha nacimiento en el pesebre, como todo hecho de auténtica y profunda voluntad comunicativa, tenía una larga preparación, un cauteloso trayecto de observación y escucha; se podría decir que cada comunicación se acompaña de una prehistoria comunicativa que no sólo le da fuerza, orientación y proyección impulsora, sino que viene a ser producto de una infinita voluntad de encuentro, de un querer dialogar. Antes de la creación del universo, sus estrellas, la naturaleza y seres vivos ya antecedió la voluntad del diálogo, pues desde la existencia material del mundo y desde la oscuridad de lo ignoto partió la luz de la palabra aquella que desde el génesis nos señala la presencia de una voluntad activa que es necesariamente aspiración de crear para encontrar.
Jesús nace cada vez que recuperamos el proyecto de aquel crear comunicativo, y que tiene como única fuerza inmaterial la del amor por aquel que es descubierto y que se hace pleno como producto de nuestra voluntad de integral escucha. Yo te escucho no sólo por el oído, te escucho con mis manos, con mi mirar, con toda aquella capacidad que ponga a disposición para recibirte en tu real ser. De esta misma forma, nuestra intención de diálogo con Dios hecha oración no sólo se reduce a esta manifestación en sí, sino que se puede orar desde nuestra misma mirada, nuestro tocar, nuestro sentir y hacer total.
Navidad es un nacer y renacer de aquel proyecto de “ser siendo en y con los demás”, así como Dios nos da la oportunidad de sentarnos a su lado a través de la presencia de Jesús, Él es su mensajero, así como mensaje, pues, “…El Redentor ha venido a nosotros del seno del Padre y por la fuerza del Espíritu. Dios mismo ha venido, en la persona del Salvador”.
Ahora, será capacidad de nosotros la de ponernos en actitud de encuentro, de diálogo para dejar entrar la voluntad del otro en la propia voluntad para reconocer que al buscar abrazar al otro se nos permite también liberarnos del ser individual, a quien abrazamos por la voluntad del encuentro y del diálogo es al propio mensajero, su mensaje y así a Dios mismo.
Nuestra segunda oportunidad de enfrentar tan claramente la voluntad de dialogar, y esta vez desde nuestra totalidad existencial con el Dios eterno, se volverá a dar en el paso a la muerte, espacio que a diferencia de otras situaciones de interlocutores múltiples nos colocará en un real encuentro bis a bis entre el Yo y el Ser Eterno. Será en este momento de aparente absoluta soledad, que por fe más bien podremos estar en condiciones de darnos cuenta que estamos acompañados por el Ser Único; y es aquel proyecto infinito de encuentro, que enriquecido por la fuerza del perdón hará que este diálogo definitivo sea transformado en signo de encuentro y liberación. Y será nuevamente la presencia de Jesús, esta vez hecho Cristo, que nos permita salir en diálogo con lo eterno que es Dios. Nuevamente aquí, seguramente, la palabra se habrá traducido en el todo de nuestro existir, capaz de ser signo de nuestra liberación de la muerte.
En un continuum relacional, de diálogo, amor y perdón es que hemos encontrado en Jesús el vehículo de nuestro propio andar, y si en la Navidad Él se hizo signo para que comprendiéramos nuestro lugar en un proyecto de comunidad y de hacer común, será en la muerte que Él mismo nos permita acercarnos a la propia liberación, pues no hay mayor muerte que la del no haber sabido ser libres con y para los demás, principio de la voluntad del amor que se tradujo y se hace nacimiento en un pesebre y que se traslada a la certeza de encontrar un sepulcro vacío.
*José Luis Aguirre A. es comunicador social.
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