Un ritual de fin de año, que va tomando cuerpo en la última década, es el de pedir la renuncia de ministros. Nadie se hurta de este placer: políticos, empresarios, sindicalistas, analistas, movimientos sociales, periodistas y gente más seria también. Este es un buen punto para analizar los modelos mentales de nuestra sociedad. Ver qué paradigma, si el occidental o el amerindio, en los hechos cotidianos, tiene más hegemonía.
Veamos. El modelo occidental se caracteriza porque busca la focalización de la energía en un punto y que éste sea eterno. El animismo, por el contrario, tiende a que las energías fluyan por toda la red; que no se concentren en una sola sinapsis. Uno busca acumular energía y, para ello, precisa antes congelarla: en moneda o letras. El otro prefiere la irrigación del sistema. Uno construye baterías; el otro, puntos de fuga. Uno busca la acumulación; el otro, la redistribución. Uno, el desequilibro del sistema en un punto de gravedad; el otro, la homoestasis del sistema. Estos dos modelos, antagónicos, nos constituyen.
Desde este punto de vista, ¿qué significa la petición anual de renuncia de ministros? Pues que el modelo amerindio de rotación de cargos (impedir que el poder, cualquiera que fuese: prestigio, dinero, influencia… se concentre y perdure) es el que rige en nuestra política. No el modelo occidental que busca la eficiencia, a partir de la acumulación de saber y know how: tecnocracia. El modelo amerindio busca la equidad, a partir de su redistribución ampliada; es democrático e ineficiente. El otro es más eficiente y menos democrático. Los bolivianos, todos, en este punto, preferimos el modelo democrático amerindio, la mita.
Este pequeño caso muestra muchas características nuestras que, por razones ideológicas, no queremos reconocer. Primero, que somos más indios de lo que pensamos, pero pretendemos formularnos desde el código occidental. Último ejemplo: el Estado unitario multinacional. Tratamos de hacer justicia a las dos fuerzas que nos jalan, cierto, pero no atinamos en la lógica adecuada. Exigimos eficiencia al Gobierno, pero nosotros mismos, desde dentro y desde fuera, le serruchamos el piso. Exigimos profesionalismo, pero nosotros mismos no queremos darnos una Escuela Nacional de Administración Pública. El sistema de partidos se iría al bombo. Otra vez, pues, preferimos la ineficiencia democrática por razones pragmáticas: no tenemos tecnocracia (porque no queremos tenerla). El pedir la rotación ritual de ministros vendría a ser una especie de interfase ficticia en la que queremos que todo siga igual, pero parezca que cambia. Hemos descubierto el fusible político, pero no hemos resuelto nada. Este modus vivendi parece que nos encanta. Pero sería bueno que pensáramos que cualquier modelo es bueno, siempre y cuando combine permanencia y cambio, acumulación y distribución, etcétera. Cambiemos de ministros cada año; está bien, pero entonces tengamos una burocracia meritocrática profesional estable. O que la rotación política se dé en el espacio nacional y en el subnacional tengamos permanencia gerencial. ¡Qué se yo! Cualquier modelo que combine permanencia y cambio, al mismo tiempo, como en el Ayllu, la Toyota o la Shell. Lo que es tonto es tomar lo incompatible de cada sistema: rotación y eficiencia; es como juntar macho con macho; no da wawa. Siempre Chacha Warmi, ese el secreto; el arcano que permite la vida en toda la escala del ser.
*Javier Medina, es escritor.
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