Los presidentes de Bolivia, Brasil y Chile, Evo Morales, Lula da Silva y Michele Bachelet, respectivamente, se han reunido en el mes de diciembre en La Paz, para impulsar la conclusión del tramo Santa Cruz – Puerto Suárez, que determinaría la unión carretera entre el puerto de Santos en el Atlántico, con el puerto de Arica, en el
Pacífico. Cabe señalar que la construcción de dicho sector se inició hace más de diez años y todavía no se lo ha podido terminar. Hubo varios imponderables, pero sobre todo el poco anhelo nacional de interrelacionarse con el resto del mundo. Daría la impresión de que deseáramos vivir encuevados, lejos del ´mundanal ruido´, para podernos enfrentar y odiar con más soltura.
No cabe duda que una de las causas fundamentales de nuestro aislamiento y de nuestra desconfianza al extranjero, se debió al enclaustramiento geográfico que sufre el país. Bolivia, desgraciadamente, nació muy alejada del mar. Y esta difícil situación se agudizó aún más cuando hasta su remoto litoral se perdió en la Guerra del Pacífico.
Pareciera que el enclaustramiento geográfico hubiese producido también un enclaustramiento mental, ya que tradicionalmente, los gobiernos nacionales creían que sería una falta de patriotismo buscar una mejor relación física con los puertos chilenos, sin parar mientes en el gran perjuicio que ello acarreaba a las políticas migratorias o a nuestro comercio exterior.
Cabe mencionar que la primera y única carretera pavimentada al mar, la de La Paz a Arica, sólo se culminó hace diez años. Anteriormente, el país se vinculaba con la costa chilena sólo por medio de dos vetustos ferrocarriles, el de Antofagasta a Bolivia, y el de Arica a La Paz; y con la costa peruana, por una línea nunca concluida, que unía La Paz con el puerto de Mollendo (hoy Matarani). Respecto al primero de ellos, el de Antofagasta a Bolivia, que unió por fin el mar con la montaña boliviana, es menester recordar que su construcción causó una profunda reacción adversa en la población nacional, al extremo de que las gentes gritaban : ´Muera el ferrocarril, viva la llama´. Pero el Presidente de entonces, don Aniceto Arce, no se amilanó por ello y tenazmente continuó su obra, hasta culminarla en Oruro, cuando el ferrocarril llegó a esa ciudad en 1892. Fue allí donde ese gran patriota exclamó: ´He culminado mi obra, ahora podéis matarme´.
Sólo cuando observaron que la línea férrea del sur había fomentado grandemente la industria minera de Potosí y Oruro, y también la primera inmigración importante a Bolivia, principalmente de alemanes, yugoslavos, italianos y chilenos, convirtiendo a la ciudad de Oruro en la más moderna de la República, los paceños se decidieron unir, por medio de un ferrocarril, a La Paz con el puerto de Arica. Lamentablemente, lo hicieron en la forma más desgraciada, ya que aceptaron para ello suscribir el inicuo
Tratado de Paz de 1904, que encerró a Bolivia en sus montañas.
Posteriormente se decidió llevar adelante el tramo ferroviario de La Paz a Guaqui, con el fin de vincularlo con la línea de Puno a Mollendo. Pero esta vía era multimodal porque requería el uso de vapores por el lago Titicaca, lo que subía enormemente los costos de transporte.
Muchos años después, y gracias a la gestión del gran diplomático, don Alberto Ostria Gutiérrez, se determinó la construcción de los ferrocarriles de Santa Cruz a Corumbá y de Santa Cruz a Yacuiba, lo que promovió el desarrollo del oriente boliviano.
Ahora, es importante que el Gobierno nacional cumpla su compromiso de terminar la carretera de Puerto Suárez a Santa Cruz de la Sierra. Es conveniente para el efecto, que en el país se haga conciencia de la importancia estratégica que tienen las vías de comunicación con el Pacífico y el Atlántico. Porque cuando ella se concrete, no sólo nuestro comercio exterior será más fluido, sino que el ideal boliviano surgido de la Guerra del Chaco, de convertir al país en una tierra de contactos, podrá por fin hacerse realidad, y de este modo, Bolivia se transformará en el vinculante interoceánico más importante del continente americano.
*Ramiro Prudencio Lizón es diplomático e historiador.
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