La guerrilla colombiana, con el apoyo del Gobierno venezolano, montó un show mediático con ribetes holliwoodienses, bajo la promesa de liberar a tres secuestrados, de las decenas que tienen en su poder. Helicópteros, cámaras de televisión y un país entero tuvieron que levantar vuelo, apagar luces y tragar su impotencia cuando la operación Emmanuel, bautizada así en homenaje a un niño que nació en cautiverio, abortó porque la guerrilla no tuvo la valentía de cumplir sus promesas. Lo que vino después, fueron acusaciones y más acusaciones entre los narcoguerrilleros y el Gobierno colombiano endilgándose el fracaso. Y, como siempre, un pueblo que sólo pierde y espera.
Días después de aquel fiasco, en Bolivia, país en el que se ha acelerado la división política, regional, étnica y racial, se organizó un sonado diálogo entre el Gobierno y los prefectos del país que encarnan a la oposición. En una demagógica medida de ´cara al pueblo´, el evento fue televisado para todo el país. Al cabo de unas intervenciones, como suele ocurrir en los talks shows de Cristina Salaregui, los televidentes estábamos, nuevamente, divididos a favor o en contra de los actores en base a sus histrionismos. ´¡Qué valiente!, ¡en su cara le ha dicho!!´. ´Mirá, cómo le contesta, ése sí que los ha callado´. Ganaron los medios.
Después de la ´película´ como si nada haya pasado, y es que en las películas no pasa nada, volvimos a la rutina en la que la lógica de la confrontación sigue. A horas de terminado el ´diálogo´, el Vicepresidente de la República, uno de los principales actores del show televisado, estaba en una concentración arengando en contra de los oligarcas, los racistas y vendepatrias con los que se había sentado noche anterior. Por su parte, el Canciller de la República, hacía declaraciones a medios internacionales en las que ratificaba que la oposición apenas eran unas cuantas familias neoliberales y ancladas en el pasado. Por su parte, los opositores seguían levantando firmas para su autonomía e iniciando, desde Sucre, un juicio de responsabilidades por genocidio al Presidente.
Así vistas las cosas, pareciera que la sombra de Emmanuel también ronda por Bolivia. Y es que uno se pregunta, la noche del lunes, ¿qué han acordado?, ¿ganar tiempo?, ¿acumular fuerzas?, ¿para qué? A estas alturas del proceso, Juan Evo Morales Ayma tiene en sus manos acabar con este sainete, para lo que tiene que dejar de ser preso del grupo ´comuna´ que se ha apropiado de los principales espacios de poder y pretende hacer de Bolivia un laboratorio experimental de teorías truchas y trasnochadas. Depende de don Evo impedir que los alquimistas que lo rodean, conviertan el oro que le dio el país, en sangre; rebelarse a que lo sigan manteniendo como a un sindicalista, como a un vulgar ciudadano y peleador callejero, porque teniéndolo en esos niveles, ellos ganan.
El Presidente debe acabar con la imagen del indiecito rodeado de sus luminarias que venden y con la que están cavando la tumba de su gobierno. Del Presidente depende que el diálogo del lunes sea realidad y no una cortina de humo previa al enfrentamiento entre bolivianos: nos unen más cosas que las que nos separan.
*Iván Arias D. es experto en descentralización.
Chávez fracasa por figurón
A pesar de que Chávez está vinculado a la narcoguerrilla colombiana o las FARC, con la que quiere congraciarse para expandir ese foco guerrillero de izquierda en Latinoamérica
Melodrama en trasnoche
Mucha gente se quedó pegada al televisor o a la radio en horario de trasnoche. La expectativa les quitó el sueño y la modorra. Y lo que veían, más que una mesa de hombres constipados de política, era un melodrama baladí (perdón por el pleonasmo).
Si mes ves, lloras
Si algo caracteriza a los transportistas de pasajeros y carga interdepartamentales y provinciales del país, además de su imprudencia y mortal arrojo, es la inclinación a colocar en sus vehículos divisas, reflejando sus anhelos, ideales, convicciones
Amarrarse las manos
El proyecto de Constitución incluye un gran número de "derechos", más bien de aspiraciones, de cumplimiento difícil de verificar y, peor, difícil de que los gobiernos los aseguren y garanticen.