Mucha gente se quedó pegada al televisor o a la radio en horario de trasnoche. La expectativa les quitó el sueño y la modorra. Y lo que veían, más que una mesa de hombres constipados de política, era un melodrama baladí (perdón por el pleonasmo).
Las emisoras de televisión se dieron cuenta que ya no es necesario colocar escenas de ´strip tease´ o los ´hot SMS´ en el aire, sino la escenificación de un enfrentamiento; digamos más bien, el armisticio de una batalla política que ya nos tenía exhaustos. Sin ser sexista, claro está, es cierto que la hazaña de mirar semejante programación hasta pasada la una de la madrugada, fue mayoritariamente masculina. Del porno estéreo a la política monotonal. ¡Qué degradación cultural!
Sólo en ficción puede darse el hecho de ingresar, con la complicidad de cámaras y micrófonos, a la escena de una negociación entre generales, que deponen temporalmente sus armas, para acordar los temas que pueden conciliar los intereses en conflicto. En la realidad, el protocolo deja para la última fase los escaparates mediáticos, para que el público conozca sólo los resultados; ¿o es que hay que pensar que el diálogo en sí era un resultado de algo ya predigerido? Todo parece indicar que lo que vimos algunos ingenuos —debo confesar mi voyuerismo descarado de todo tipo de obscenidad— fue nomás una ficción.
Como en los melodramas, donde los diálogos de los actores suelen ser catarsis masiva de revanchas sociales y proyecciones de deseos ocultos, las intervenciones de prefectos y representantes del Gobierno siguieron un libreto que buscaba justamente eso, elevar la dramaturgia política a espectáculo adormecedor; y no lo digo por la hora, sino porque la catarsis justamente tiene ese efecto: amainar el conflicto.
Muchos nostálgicos pudieron quedar prendados de los desplantes verbales que viejos políticos pudieron desplegar desembozadamente en contra del inexperto Presidente indígena; otros, quizás la mayoría, pudieron proyectarse en el agraviado, pues, la victimización cosecha más votos últimamente.
Cómo reclama un amigo mío, cómo no se hicieron sondeos postencuentro, para poder diferenciar a los que fungen de agraviados de los que se sienten aliviados por revanchas. Sería todo un mapa político en estos días de manejo oportunista de la polarización en clave demagógica, esa que construye aquel amasijo de sensibilidades, revanchas y sentimientos y que se confronta a la demagogia que mistifica la legalidad para proteger los buenos negocios. En todo caso, parece ser que el melodrama no es un género ajeno a la política. Y pensar que eso me robó el sueño al despuntar este impredecible 2008.
*Gustavo Luna es comunicador y trabaja en el Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (CEDLA).
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