Si algo caracteriza a los transportistas de pasajeros y carga interdepartamentales y provinciales del país, además de su imprudencia y mortal arrojo, es la inclinación a colocar en sus vehículos divisas, reflejando sus anhelos, ideales, convicciones, sus ídolos y sus temores ocultos. Algunas son serias, reflexivas, otras faroleras, presuntuosas. Ciertas burlescas y hasta irónicas.
En los días de fiesta, al volver de Cochabamba encontramos un pequeño microbús, asesando en una cuesta resbaladiza del camino que exhibía con desparpajo en el vidrio trasero una declaración algo vanidosa y sin duda machista, que a pesar de los tiempos que no le son propicios, constituye un valor arraigado entre el gremio de transportistas. “Si me ves lloras”. Probablemente el propietario la puso allí con el ánimo de dar a entender a todos los que cruzan su ruta su éxito con las mujeres o, de manera más general, con quienes se fijan en él. Aunque no pocos de los ocasionales lectores tomaron la leyenda en su sentido literal, sobre todo a la vista del estado destartalado del coche, con las ruedas bamboleantes y la excesiva carga a punto de venirse abajo. Tampoco la pinta del chofer autorizaba otra interpretación: retaco, de cara ajada y tristona. La vista de ambos producía pena, si no lágrimas. Pero la intención del cartel era distinta.
Al poco tiempo, apareció otro vehículo acarreando, fuera de los viajeros, un refrán popular: “Quién te ama, quién te quiere”. Sorprendentemente, el autor cortó ahí la frase, ahora políticamente incorrecta, dejando al lector concluirla siguiendo el estribillo tradicional: “bien te aporrea”. Pero como dice otro refrán conocido: “Guerra avisada no mata moros”. La sentencia apuntaba antes que a prevenir a las candidatas del conductor a advertir a los demás compañeros del sindicato de que en el volante había un recio macho, ajeno a cualquier concesión a las hembras. O tal vez se trató de una declaración de amor para un destinatario que solo él sabía el significado.
Un poderoso Volvo llevaba escrito en el parabrisas del camión: “Yo soy el rey”, puesto por un narciso, incapaz de pasar la adolescencia, en el estilo de Gaturro que, ante a la persistente negativa de Ágatha, se consuela afirmando: “Mi imaginación se desquita, pero yo todavía no me animo”. Como intuyen todas estas personas en sus mensajes: “aparecer es mejor que ser”. Así esconden sus miedos y recelos convirtiéndose en quirquinchos protegidos por un caparazón de estereotipos, aceptados por la cultura del común, aunque con frecuencia distantes de sus querencias y disposiciones íntimas.
Algunos conductores se sirven de su medio de trabajo para proclamar abiertamente su fe religiosa. “Cristo Vuelve” o “Dios te ve” que descubren la obediencia cristiana del dueño, quien también suele aprovechar, cuando lleva pasajeros para hacerlos escuchar, como público cautivo, pasajes bíblicos selectos, que dan al paisaje, cubierto en estos días estivales de negros nubarrones iluminados por descargas eléctricas, un aire de apocalipsis cercano. Igualmente, hay choferes devotos, por lo general de los grandes transportes, conscientes de los peligros de la travesía y del atrevimiento de sus semejantes, que se colocan bajo la advocación del Sagrado Corazón, de la Virgen de Urkupiña o de un santo benefactor. Protección propia y prevención dirigida a los audaces de la carretera.
No faltan los letreros amenazantes, agresivos del tipo. “Si me pasas estás perdido”. Lo peor es que se cumplen en muchas ocasiones. Hay en los hábitos de los transportistas algo que enciende un rescoldo pendenciero, debido quizá a la monotonía del oficio, a la insuficiencia de la remuneración o al deseo de mostrar aspaventosamente el coraje del macho, un rasgo aún fuerte y valorado en el medio, con su cortejo de desastres no sólo para los usuarios de la ruta sino para todo el país, que lo ha sufrido en tantas oportunidades. Las inscripciones de las movilidades evocan el machismo con poco disimulo, de la misma manera que expresan manifestaciones de la religiosidad del pueblo.
Sin duda, los letreros responden a una variedad de propósitos, aunque tienen temas preferidos como los ya señalados. Cuando los leo experimento, a veces, un sentimiento de congoja producido por aquellos que presagian sembrar la ruta de dolor y luto. Pero, asimismo, me siento ganado por una comprensión llena de simpatía, por los demás en los cuales se halla, junto a un barroquismo ingenuo, de trazo grueso, pervivencia de otras épocas, también visible en los múltiples colgandijos que adornan las movilidades, rastros de la vulnerabilidad humana, de las ansiedades que la acompañan, del deseo de reconocimiento. Los hay igualmente, puramente picarescos, desbordantes de alusiones de doble o triple sentido, en el gusto criollo.
Las leyendas, imágenes de los vehículos de transporte público, se hallan también en los particulares, que recorren los difíciles caminos nacionales revelan aspectos de la cultura popular y a la vez de la personalidad de los autores, de sus vidas dominadas por las rutinas del oficio, que los despersonalizan, que los transforman en tipos genéricos: el transportista, el chofer del microbús, los letreros ayudan, cualquiera sea su intencionalidad, a afirmar una singularidad, a exponer facetas de un hombre. La mayoría de las inscripciones son distintas unas de otras, únicas, como es único quien las pintó como estandarte caminero.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
Bolivia: ¿Emmanuel II?
La guerrilla colombiana, con el apoyo del Gobierno venezolano, montó un show mediático con ribetes holliwoodienses, bajo la promesa de liberar a tres secuestrados, de las decenas que tienen en su poder.
Chávez fracasa por figurón
A pesar de que Chávez está vinculado a la narcoguerrilla colombiana o las FARC, con la que quiere congraciarse para expandir ese foco guerrillero de izquierda en Latinoamérica
Melodrama en trasnoche
Mucha gente se quedó pegada al televisor o a la radio en horario de trasnoche. La expectativa les quitó el sueño y la modorra. Y lo que veían, más que una mesa de hombres constipados de política, era un melodrama baladí (perdón por el pleonasmo).
Amarrarse las manos
El proyecto de Constitución incluye un gran número de "derechos", más bien de aspiraciones, de cumplimiento difícil de verificar y, peor, difícil de que los gobiernos los aseguren y garanticen.