No sólo se trata de cortar, teñir y peinar. Cada día, centenas de historias circulan por el local de Milton Félix, donde la estética se acompaña con anécdotas.
Texto: Ingrid Rojas Fotos: David Guzmán
Peina y escucha, escucha y contesta, contesta y peina. Esther Huanca Illanes no sólo es una excelente peluquera, sino que, a sus 23 años, ejerce de amiga, terapeuta, crítica y mucho más en los tres años que lleva trabajando en el salón de belleza Milton Félix.
Allí, las confidencias de las clientas son inevitables. “Es que me voy a divorciar”, “es que mis hijos me hacen renegar”, “es que mi esposo se ha muerto”, son algunas de las historias que día a día dan vueltas mientras las estilistas se esmera en realzar la belleza.
Son las 9.00 y el salón está vacío. Se prenden las luces y se iluminan las paredes de colores pastel que sujetan múltiples espejos. Cepillos, tijeras, peines... El orden impera en torno a los 12 sillones distribuídos en los dos ambientes.
Una por una, las seis empleadas llegan al lugar y se colocan sus uniformes negros. Mientras esperan a los clientes, conversan e incluso ensayan peinados entre sí.
A las 9.15 llega la primera clienta. Quiere un masaje y un peinado, pues siente que su cabello está maltratado. Isabel Cachi Bernal y Esther la acomodan en una silla y le dedican toda su atención.
La tarea es la de rutina: le sueltan el cabello, se lo humedecen y comienzan a masajear su cuero cabelludo. Ella les cuenta que dañó el pelo al hacerse un tinte. Entonces Milton Félix le recomienda uno de sus tratamientos de última basado en los “iones”. El ritual es acompañado por una larga conversación que concluye dos horas y media después con un peinado hecho en un cabello brillante.
El salón todavía luce vacío a las 10.30. Sergio Aruquipa pasa la escoba por toda la sala y se percata de que cada cosa esté en su lugar. A sus 26 años, él ya es un perito en lavar el cabello, mantener todo en orden y ofrecer revistas, agua o café mientras los clientes esperan.
La puerta de cristal se vuelve abrir. “Un corte de cabello por favor”, dice el cliente de rizos crecidos hasta los hombros. En seguida, María Limaco Machaca lo sienta, le pone una especie de capa y le lava el cabello dándole masajes.
Gajes de un estilista
El dueño y experto de la peluquería es Milton Félix Quiñovel Paz. Tiene 20 años en el negocio y gracias a su experiencia maneja actualmente tres salones de belleza en Bolivia: dos en La Paz y uno en Santa Cruz. Además cada año viaja a trabajar por un mes en una peluquería de Nueva York.
Él es muy serio, pero siempre está atento a todo lo que pasa en su espacio de trabajo, donde nunca faltan clientes. Sólo en diciembre atendieron a más de 1.200 personas, según detalla la computadora que registra a cada uno de los visitantes con nombre y apellido.
Los días de mayor movimiento son los viernes y sábados, en los que sus colaboradoras y él atienden a más de 60 personas y en día feriados, como el de Año Nuevo, sobrepasan la centena de personas. También existen días flojos, como los martes, cuando se atiende entre 20 y 30 personas.
Son las 11.00 y el panorama solitario empieza a cambiar drásticamente. La puerta se abre, se cierra y se vuelve a abrir frenéticamente. Entran chicas, señoras y niños.
Ante el ataque masivo, tranquilidad. Cada peluquera trata de atender de la mejor manera a cada persona. Entre lavados de cabello, peinados y tintes transcurren las próximas dos horas. En pleno frenesí estallan las risas y las miradas de complicidad entre cliente y estilista, mientras hablan, hablan y hablan viéndose por el espejo.
Concluido el trabajo, algunas señoras dejan propina y otras se acercan a la caja para pagar de acuerdo al servicio: por un corte 15 dólares o más, por un peinado entre 5 a 10 dólares, y por un tinte y un masaje capilar el costo puede despegar desde los 20 dólares.
Las expertas del estilo
En el salón se tejen complicidades. “Era la primera vez que una clienta me invita a su casa, pero no he podido ir”, cuenta Isabel Cachi Bernal, recordando a una de las asiduas visitantes que la convidó a celebrar su cumpleaños. Isabel tiene 24 años y está convencida de que está cumpliendo sus metas con trabajo. “Desde pequeña me gustaba este trabajo. Mis muñecas eran mis víctimas, les cortaba el pelo y siempre les peinaba”, se ríe.
Desde su óptica, cada una de sus compañeras tiene su propia virtud en las artes de la estética, por ahí está la especialista en nuevos estilos de peinar, la experta en tintes o la perita en depilación. Por eso también “alguna gente tiene sus preferencias”, asegura.
A las 13.00 llega una señora con un traje de dos piezas y maletín en mano. “Me peinas y me haces las uñas por favor. Estoy apurada, mi avión sale a las 14.00”. Misión imposible, pues ese trabajo implica al menos unas dos horas de dedicación. Por ello, la táctica es atacar todas a la vez. Juana Ramos Fernández (29) se encarga de las uñas mientras Isabel se ocupa del cabello. De todas maneras, ellas se dan tiempo para charlar.
“Una vez le hice un corte a una clienta y salió contenta, pero luego me llamó desde su casa y es que a su marido no le gustó su apariencia, entonces me reclamó. Pasaron los días y me volvió a llamar para pedirme disculpas, pues a sus amigas les había gustado el cambio”, recuerda Milton Félix sobre uno de esos días difíciles que le tocan.
“Hay clientas que lloran. Me conmueven, te cuentan lo que les ha pasado y luego las tienes que consolar”, destaca Isabel.
“Yo recuerdo que una vez le mojé el saco a un cliente cuando le lavaba el cabello y se puso furioso. Pero más me preocupó mi jefe porque él nos recomienda tener mucho cuidado”, confiesa Esther.
La paciencia y el buen humor están a la vista, sobre todo cuando las clientas buscan una transformación total como sucede con Verónica, una joven ya que lleva sentada dos horas en el salón. El cambio es sorprendente, sobre todo para la mismísima clienta: le pusieron extensiones, cambió el cabello a rubio y en este momento le están haciendo unas uñas perfectas. Sobre ella, tres colaboradoras de Milton Félix con secadoras, planchas y otros aparatos.
“Cerrado”, se disculpa a las 21.45 un cartel en la puerta. Todos están agotados por la faena, cuando una señora ingresa suplicante y pide por favor que la peinen. Antes de escuchar la respuesta, se sienta y suelta la trágica historia que la obligó a llegar tan tarde. Qué remedio: Esther peina y escucha, escucha y contesta, contesta y peina.