¿Ha sentido alguna vez un sincero dolor por quien le ha hecho daño? ¿Recuerda haberse conmiserado de alguien que le haya herido u ofendido? Lo más probable es que no, pero es algo que se puede y debería lograr, por medio del perdón.
David Wilkerson, autor del libro La cruz y el puñal, en su prédica El Poder del Perdón señaló que el perdonar no debe ser concebido como un acto de una sola vez, sino como “un estilo de vida” sin carácter selectivo, ya que el aferrarse al rencor trae resentimiento y envenena el alma. Sin embargo, no puede haber perdón a terceros, sin antes perdonarse a sí mismo, siendo esto lo más difícil.
¿En qué situación se halla la sociedad boliviana en este aspecto? Es evidente que una parte importante de ella ha caído en la amargura, evocando un desgraciado pasado que si bien no se puede cambiar, se debería perdonar y a partir de ello cambiar el curso de la historia para mejorar, algo que debiera hacerse no por la razón de la fuerza, sino más bien, por la fuerza de la razón.
Quien no perdona, no vive el presente, y agoniza día a día con su recuerdo; siendo infeliz, no sólo enfermará del alma sino que somatizará el problema: la ciencia empieza a entender que el cáncer es una consecuencia de la falta de perdón.
Ejemplos hay de que el más grave oprobio cede bajo el poder del perdón. Este es el caso de Nelson Mandela, el ínclito líder sudafricano nacido en la tribu Thembu de la etnia Xhosa, que renunció a su derecho hereditario de ser “Jefe-indígena-originario” para educarse y llegar a ser abogado en 1942, sin que su tez negra haya sido un impedimento sino más bien su mayor incentivo para tal esfuerzo.
Su activismo igualitario se opuso a la más ignominiosa segregación racial contemporánea —el Apartheid—, lo que le significó estar varias veces en la cárcel, llegando a ser condenado a cadena perpetua. Sin embargo, 27 años de prisión no lo inclinaron al odio —más bien— su pacífica denuncia hizo que el entonces presidente de Sudáfrica, Frederik De Klerk, lo liberara en 1990.
El éxito de Mandela no pasó por evocar lastimeramente su dolor y su pasado; tampoco, por hacer de ello una bandera de confrontación. Su capacidad de perdón —para muchos, síntoma de debilidad— fue su mayor fortaleza.
Su educación y pacifismo le llevó a ser no sólo el primer Presidente negro de Sudáfrica, sino el primero elegido en democracia por sufragio universal. Siendo ya Presidente, Mandela no optó por el revanchismo sino que demostró su talla de estadista con una Política de Reconciliación Nacional. Tan generosa actitud le llevó a compartir en 1993 el Premio Nobel de la Paz con quien fue su “carcelero” —De Klerk— a quien, además, hizo su Vicepresidente. Mandela dio cuenta así de que el poder del perdón restaña las heridas y libera. El no hacerlo sólo consume y hace esclavas del odio a las personas.
*Gary A. Rodríguez A. es economista y gerente General del IBCE.
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