Estas primeras semanas de calentamiento para la dinámica del joven año 2008 traen un no se qué de falso afán, con las fechas encaramadas, ya que ni bien terminamos de entrar al nuevo año cuando nos están por caer los carnavales (estos carnavales, ¿quién inventaría?) y tal como lo dicta el calendario, a la cola de éstos nos llegará la Semana Santa, pescándonos, literalmente, sin el Jesús en la boca.
Digo falso afán porque, aunque formalmente ya comenzó el proceso de conversaciones entre el presidente Morales y los nueve prefectos, y las reuniones de las comisiones técnicas formadas para el efecto, siento un ambiente de cuarto intermedio, como diciendo, “esperemos nomás hasta después de Carnaval, que recién entonces las cosas comenzarán en serio”.
Mientras tanto circulan, rondan, vuelan, unos decires en exceso optimistas respecto al recién inaugurado diálogo presidencial. Optimismo rápidamente desinflado cuando se ven las reacciones en tono de bravuconadas inmediatas de uno y otro lado, aunque no de los protagonistas. De repente me estoy curando en salud, al mejor estilo aymara urbano, como cuando las mujeres alteñas me decían en medio de un jolgorio, carcajadas y buena onda
-“¿Por qué estaremos riendo tanto? Quizá es porque pronto vamos a llorar”-. Sin embargo, me parece que tan exagerado como alegrarse en calidad de pre–resultados es deprimirse por lo que se supone no tendrá buenos resultados.
Y respaldo esta especie de llamado a la ecuanimidad con la convicción de que el diálogo demandado por los prefectos y aceptado positivamente por el Presidente de la República no es propiamente el contenido sino el método en que la relación política entre éste, como cabeza de la gestión gubernamental y los prefectos, cabezas de las administraciones departamentales, debe darse. Un método de diálogo, debate, negociaciones, acuerdos y su posterior aplicación. Un método que se construye con aproximaciones sucesivas, con agarradas de los pelos, poniendo las cartas sobre las mesas, no una, sino 10 veces o más si fuera necesario.
Es que, aunque resulte poco dramático y, por lo tanto, menos interesante, estos hechos de la democracia no se realizan por arte de magia, se construyen paso a paso, a ritmo de cueca (“tantas ideas y venidas”), seduciéndose a ratos, confrontándose otros, en una coreografía compleja y minuciosa, por decirlo en tono precarnavalero.
Por otro lado, como muchos otros gestos de la construcción democrática, una cumbre del Estado boliviano como la que el presidente Morales ha echado a andar al haber aceptado y participado con parte de su gabinete en este proceso, necesita de reglas claras, transparentes, conocidas, aceptadas y respetadas por todos los que en él intervienen.
El tiempo debido, las reglas, la agenda y los actores son parte de la coreografía en el método del diálogo. En suma, un trabajo arduo, del que no caben esperar resultados mágicos que después se quedan en sunchu luminarias. La paciencia parece ser una dimensión de la construcción de este tipo de esfuerzos, uno de los desafíos principales del sistema democrático. De todos modos, vale la pena recordar que cuando se aplica la ecuación todo o nada el resultado es casi siempre igual a menos.
*Carmen Beatriz R. es comunicadora social.
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