Comentó en una carta que había releído El Capital por enésima vez, y lo hizo, según anota, "cada vez con más ganas, como el Quijote". Se han cumplido 40 años de la muerte de Ernesto Guevara, y, como siempre, aparecen nuevas informaciones que aumentan la estatura mítica de quien firmó los billetes cubanos con su apodo de Che.
Algunas de las nuevas revelaciones tienen que ver con las dudas existentes acerca de los restos que reposan en el mausoleo de Santa Clara, la ciudad cubana que el comandante rosarino y su gente tomaron en una de las acciones militares más brillantes durante la lucha contra el dictador Fulgencio Batista. Otras se refieren a las circunstancias exactas en que murió Guevara, el 9 de octubre de 1967, en la selva boliviana. Estas ya parecen bastante claras. Capturado la víspera, el Che queda detenido en una pequeña escuela rural. Allí acude un soldado que, cumpliendo órdenes, le da muerte con una ráfaga de ametralladora. Fiel a sus instrucciones, el soldado Terán no disparó a la cara, para que la víctima pudiera ser reconocida en las fotos que unos días después dieron la vuelta al mundo.
Hace poco se supo que un hijo de este soldado fue enviado a Cuba el año pasado para que los médicos de la isla le trataran un grave mal que lo había dejado ciego. Una clínica cubana le devolvió la vista al hijo de quien asesinó a Guevara.
Entre los datos más interesantes que han aflorado en el cuadragésimo aniversario de su muerte se encuentran varios documentos que revelan sus lecturas favoritas. En alguna carta al poeta español León Felipe, de quien fue amigo epistolar, le cuenta que no tiene casi tiempo para leer, pero que en su mesa de noche se encuentra un libro de poemas suyo para cuando consiga escaparse un rato de sus compromisos de dirigente.
Guevara no sólo leyó mucha poesía, sino que escribió algunos versos. Su ex mujer, Aleida March, afirma que la lectura preferida del revolucionario argentino era la literatura. Las obligaciones de Estado, sin embargo, lo obligaron a aburrirse con horribles tratados de economía soviética traducidos del ruso, a los que calificaba de “ladrillos”. Era muy crítico con los manuales enviados desde Moscú. De uno que versaba sobre la economía socialista dijo: “Esto parece escrito para niños o para estúpidos”. De otro sobre el mismo tema observó: “Hay afirmaciones en este libro que se parecen a la fórmula de la Santísima Trinidad: no se entienden, pero la fe los resuelve”.
Sus mejores tiempos como lector transcurrieron en el Congo belga, adonde había viajado a estimular la revolución. La experiencia fue poco feliz desde el punto de vista de la actividad militar, así que Guevara tuvo tiempo de sobra para sumergirse en sus textos favoritos. Leyó y anotó al filósofo alemán Feuerbach, a Lenin y a Mao Xedong. Comentó en una carta a Aleida que había releído El Capital por enésima vez, y lo hizo, según anota, “cada vez con más ganas, como el Quijote”.
Le sobró tiempo entonces para lecturas no políticas y devoró La Ilíada, La Odisea y obras de Pío Baroja, del dramaturgo cubano José Triana y las crónicas mexicanas de John Reed.
Una libreta personal registra los libros que leía en 1966. Allí aparecen el italiano Giovanni Papini, el español Juan Goytisolo, Shakespeare y George Bernard Shaw. Del cubano barroco José Lazama Lima leyó Paradiso; leyó Los perros hambrientos, del peruano Ciro Alegría; Orlando, de Virginia Wolf y Reflejos de un ojo dorado, de Carson McCullers.
En la lista de 33 autores aparece otra argentina, una mujer que revolucionó el arte en América Latina. Se trata de la inolvidable Marta Traba, cuya premiada novela Las ceremonias del verano figura en la bitácora de lecturas del Che. Marta Traba falleció en un accidente aéreo en Madrid en 1983, 16 años después de su compatriota el Che Guevara.
*Daniel Samper P. es periodista.
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