Este artículo trata, por cierto, de algo incomprensiblemente brutal que sucedió la semana pasada en el trópico de Cochabamba cuando una turba enardecida y enajenada enterró vivo a un joven de 21 años, luego de golpearlo salvajemente y bajo la acusación —aparentemente infundada— de ser parte de una banda de atracadores de mototaxistas.
Los perpetradores del crimen, aun después de haber cometido la locura, justificaban su actuación afirmando que estaban cansados de tanto maleante que pulula por la zona y que por supuesto se hallaban prestos a repetir su conducta cuantas veces fuera necesario hasta erradicar la lacra que decían combatir. Ni un asomo de arrepentimiento, ni siquiera de duda ante la magnitud del atropello. Cuando un temeroso periodista se atrevió a cuestionar la validez del ajusticiamiento, basado en la eventual inocencia del muchacho asesinado, alguien de atrás le gritó que así les iba a ir a “todos los extraños” que osen transitar por el lugar.
Rolando se llamaba el infausto joven que tuvo la mala suerte de encontrarse en el peor lugar y en el peor momento, justo cuando decenas de mototaxistas rastrillaban su territorio en busca de unos supuestos delincuentes que, dicen, venían asolando el sector. Lo apresaron, juzgaron, sentenciaron y ajusticiaron de manera sumarísima y con una crueldad que recuerda la Inquisición y las prácticas atávicas de culturas bárbaramente arcaicas.
Ahora bien, Rolando no sólo que no era el bandolero acusado, ni siquiera un vagabundo que podría ser confundido con tal, sino que era un flamante egresado de la carrera de Agronomía, querido por sus familiares y amigos, y respetado por todos quienes lo conocían. Los testimonios de algunos de los curiosos —cómplices pasivos— del asesinato afirman que el muchacho trató de explicar hasta el último aliento la confusión de la que era objeto, pero todo fue inútil. La monstruosa masa sedienta de sangre no atendió razones ni dio muestras de la mínima compasión.
La policía del lugar tuvo la oportunidad de salvarlo, pero “se retiró para evitar mayores problemas” ante las amenazas y beligerancia de la turba. Cuando regresaron en la madrugada, el joven yacía enterrado en el cementerio del pueblo. Una prueba más espeluznante de la inermidad del ciudadano ante la ausencia de Estado, no creo que se pueda encontrar.
El turno ahora es de la sociedad. Es imprescindible responder de inmediato con firmeza, valor e inteligencia. Al caso puntual se debe dar un tratamiento expedito, ejemplar y absolutamente enmarcado en las leyes penales en vigencia. Todos quienes resulten autores, cómplices y encubridores deben ser inmediatamente procesados y sancionados. Pero más allá del terrible suceso descrito, es igualmente urgente reflexionar —ya lo dijimos anteriormente de manera desesperada— acerca de las razones sociológicas que están produciendo tanta violencia y descontrol. Este fue el cuarto ajusticiamiento que se produjo en la zona en menos de un mes.
No podemos permanecer indiferentes… de alguna manera todos somos Rolando.
*Ricardo Paz Ballivián es sociólogo y constitucionalista.
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