Evo Morales, dos años después Ante el panorama que se había creado, de confrontación y de rivalidad sin esperanza, el cambio de actitud del Jefe de Estado es algo que los bolivianos aprecian. Con este cambio, el enfrentamiento ha dejado de ser el único desenlace posible.
El gobierno del presidente Evo Morales ha traspasado, en las últimas semanas, la barrera de los dos primeros años de su gestión, que deberá durar cinco años, aunque está abierta la posibilidad de que este año, o el próximo, se realicen elecciones anticipadas.
En los dos años transcurridos, el país ha vivido una fuerte tensión política, producto de las reformas que se propone aplicar el presidente Morales, apoyado en su base electoral, que en diciembre del 2005 fue de 53,7%. Llegó al Gobierno con la imagen de ser el primer presidente indígena de Bolivia, lo que le trajo muchas simpatías en el exterior. Este interés hizo que su nombre y el de Bolivia lleguen a espacios periodísticos jamás alcanzados por anteriores gobernantes nacionales.
Es un personaje mirado con mucho atractivo en todas partes, como se puede observar todas las veces que sale del país y es disputado por el periodismo y los grupos de activistas del movimiento étnico en el mundo.
En estos dos años, el cocalero que se convirtió en Mandatario de la República se ha encontrado con responsabilidades para las cuales, según él admitió muchas veces, no estaba preparado. Eso quedó claro en los detalles de su comportamiento en ceremonias protocolares y también se observa en su manera de gobernar. Sin embargo, ha ido aprendiendo en estos dos años, y lo ha demostrado en las últimas semanas, cuando exhibió actitudes de diálogo y apertura con las regiones, incluso con aquellas donde su partido no está en mayoría.
El dirigente sindical radical ha dado paso, en la personalidad del Presidente, a un mandatario dispuesto a llegar a acuerdos de consenso sobre temas tan importantes como la nueva Constitución Política del Estado y la reasignación de recursos para las prefecturas.
Estos cambios de actitud han llegado en los días precedentes y fueron recibidos con desconfianza por algunos sectores de la oposición, aunque otros parecen dispuestos a otorgarle el beneficio de la duda.
En esta semana, precisamente, podrá medirse la talla de su anunciado deseo de dialogar y hacer concesiones, pues debe dar respuesta puntual a los pedidos de las prefecturas de que se les devuelva todo o parte de los recursos del IDH que les habían sido asignados por una ley, pero que el Gobierno quiere usar para el pago de la renta Dignidad. Las prefecturas hicieron lo posible por demostrar que esos recursos son esenciales para el desarrollo de sus regiones y el gobernante mostró interés en conocer la lista de proyectos que manejan las regiones.
El país ha mirado con esperanzas esta apertura del diálogo, que es un cambio radical respecto del estilo en que se desarrollaban las cosas. Y quizá sea bueno que el espacio de diálogo no dependa solamente del IDH ni de sus desenlaces posibles.
Lo que queda como balance de estos dos años es que el presidente Morales ha decidido demostrar que no desea imponer sus ideas y sus proyectos pasando por encima de las regiones y las tendencias que no coinciden con su gobierno. Ante el panorama que se había creado, de confrontación y de rivalidad sin esperanza, el cambio de actitud del Jefe de Estado es algo que los bolivianos aprecian. Con este cambio, el enfrentamiento ha dejado de ser el único desenlace posible.