Entre las muchas cosas que dijo el Presidente de la República en el dilatado discurso-informe de seis horas, dirigido al Congreso Nacional y a toda la nación, el pasado martes 22, anunció la creación de una Coordinadora Nacional por el Cambio (Conalcam). No deja de ser una novedad interesante, aunque, en pura doctrina democrática, más parece albarda sobre albarda o, peor aún, un superpoder destinado a achicar o suprimir otras instituciones del Estado. Uno se pregunta si este grupo de “sabios” estará legitimado en el controvertido proyecto de la nueva Constitución Política, elaborado por la ajada Asamblea Constituyente, si es que llega a promulgarse. Y en consecuencia, si entraría en el marco del Estado de Derecho. En tal caso, no acabo de entender en cuál de los Poderes del Estado democrático se insertará la Conalcam: ¿en el Legislativo, en el Ejecutivo, en el Judicial…? O si, por el contrario, consistirá en una suerte de ateneo formado por unos incondicionales iluminados, iniciados en ritos esotéricos que profeticen lo que el Señor Presidente tiene que hacer o evitar, y exorcicen a sus réprobos opositores. Pues diríase que esto es precisamente lo que desea el Presidente, tal como él mismo explicó: “Quisiera que sea la máxima instancia de decisiones política, que esté por encima del gabinete, para profundizar el cambio”. Y que para formar parte de este club “no se necesitará ser militante del MAS sino tener una conciencia antineoliberal y anticolonial”, precisó Don Evo, cuya filosofía política gira alrededor de estos dos ejes: antineoliberalismo y anticolonialismo. Quiero imaginar que no mencionó otras condiciones que dio por supuestas para buen entendedor, tales como tener un apreciable grado de conocimientos generales y no ser un improvisado nepote, que posea buen olfato político, iniciativa y voluntad de poder. De acuerdo a informaciones que trascienden del mismo Palacio Quemado, los componentes de la Conalcam provendrán de la flor y nata de los sindicatos y de las organizaciones sociales adictas al MAS. Continúo preguntando si no le son suficientes el Vicepresidente, los miembros de su bancada parlamentaria, sus colaboradores del gabinete y otros asesores, nacionales y extranjeros.
Lo que tiene de aprovechable la idea del Presidente, dicho en otras palabras, es que ha notado que necesita de asesores ilustrados y tan fieles que tengan la libertad de espíritu para decirle las verdades tal cual son y no tal como se las quieren hacer entender sus actuales colaboradores. Pues bien, esta misión supletoria de lo que parece faltarle al Gobierno es precisamente la que cumple la prensa independiente cuando informa y comenta los hechos en su verdadera dimensión y no según le gustaría a Don Evo que se explicaran. Y por esta honradez intelectual del llamado “cuarto poder del Estado”, el Presidente la emprende frecuentemente contra la prensa: informadores, columnistas y propietarios.
Visto el caso, esa “máxima instancia de decisiones que esté por encima del gabinete” no parece responder a la división de poderes que exige la democracia desde su invención. ¿Qué diría Monsieur Charles Secondat, varón de Montesquieu, ante la creación de un superpoder de tal naturaleza?
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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