Jorge Lazarte tituló su columna del 16 de enero “Desaparece la nacionalidad boliviana”, criticando la ausencia de este término en la versión de la nueva Constitución, aprobada y revisada en diciembre del 2007. Si tal ausencia implicara que se rechaza y prohíbe tal nacionalidad al 38% de bolivianos que no se sienten miembros de ningún pueblo o nación originario, podría efectivamente ser preocupante y, como él dice, podría ir incluso contra la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Por suerte, no es esto lo que la nueva Constitución plantea, aunque ciertamente, su texto podría expresarlo mejor. Lo mostraré por tres pasos: qué pretende superar el texto actual, qué sigue implícito y qué debería explicitarse mejor.
¿Qué pretende superar la nueva Constitución? El mononacionalismo. Es decir, el monopolio del Estado sobre el concepto de “nación”. Tanto en Bolivia como en otros países, los pueblos originarios se resisten a ser sólo “etnias” o “culturas” y reclaman ser “naciones” en contraposición a los estados-nación que en la práctica les exigían dejar de ser ellos mismos para ser ciudadanos de primera o parte real de la “Nación” (boliviana, etc.). Por eso su fórmula es el Estado “plurinacional”. Y en eso, tiene toda la razón.
Se quiere superar la exclusión, marginación y disminución de determinados grupos. El nuevo art. 2 explicita que la deuda histórica pendiente más honda del Estado boliviano —su pecado original, que justifica una “refundación”— es haber cimentado su origen en 1825, en la negación práctica y estructural de “la existencia precolonial de las naciones y pueblos indígena originario campesinos” (una palabra-chorizo que respeta diversas formas históricas en que se los ha —y de ahí se han— llamado). Añade ciertos atributos como el derecho a sus territorios y a su autodeterminación, palabras que a muchos hoy espantan pero no han espantaron a las Naciones Unidas en su reciente Declaración sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas (septiembre 2007). Pero aclara que debe hacerse “en el marco de la unidad del Estado”. Equipara así esta reivindicación histórica a la de Bolivia al mar (art. 268); porque ni en un caso ni en el otro la expoliación violenta debe ser fuente de derecho definitivo.
¿Qué sigue implícito? La nación boliviana. Ciertamente, no usa esta palabra sino “el Estado”, tanto en el artículo 2 aquí citado como en toda la Constitución. El art. 3 abre una pista al definir quiénes conforman “el pueblo boliviano”: “la totalidad de las bolivianas y bolivianos”, urbanos, rurales, afrobolivianos, “interculturales”. Reserva de nuevo el término “naciones y pueblos” (otra sola palabra-chorizo) a los “indígena originario campesinos”. Volveré a esto, para mí insuficiente.
Sin embargo, la idea de nación-estado sigue implícita en todo el título dedicado a las “relaciones internacionales” (art. 256-269, 410) que, obviamente, se establecen entre naciones-estado, y también al distinguir entre empresas “nacionales” y extranjeras (art. transitorio 8). Más allá del texto, cuando Evo habla de la “nacionalización” de los hidrocarburos o, en su actual diálogo con los prefectos, da alta prioridad a la “unidad nacional”, explicita también este concepto de nación-estado. Y lo cantamos todos, originarios e “interculturales” (¡todos lo debemos ser!), en ese nuestro segundo himno “nacional” más popular y entendible: “¡Viva mi patria Bolivia, una gran nación!”.
¿Qué debería explicitarse mejor? Eso implícito y latente. Bastaría iniciar el art. 3 con “El pueblo y nación boliviano...” Sería útil precisar además que el Estado boliviano reconoce dos tipos de nación: la “nación y pueblo boliviano”, que nos abraza y une a todos, y las “naciones y pueblos indígenas, etc.”, que es la deuda histórica pendiente; dos usos que las Naciones Unidas adopta también desde su propio nombre hasta la ya citada Declaración sobre los pueblos indígenas a los que explicita su derecho “a pertenecer a una comunidad o nación indígena” (art. 9).
En el trasfondo, seguimos insatisfechos con identidades únicas y excluyentes. De ahí, la necesidad de aceptar varios usos de una misma palabra, como aquí “nación”, “comunidad” y “pueblo”.
*Xavier Albó es antropólogo lingüista y jesuita.
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