Pasadas las fiestas de fin de año, una nueva ocasión de festejar se avecina: el Carnaval. Medité mucho antes de escribir este artículo y lo que diré a continuación lo hago con un sincero desapasionamiento, pensando que “si una sola vida o un alma se salva, valdrá la pena”. El Carnaval es una “fiesta popular que consiste en mascaradas, comparsas, bailes y otros regocijos bulliciosos”, según la Real Academia Española. Hasta ahí, todo parece bastante inofensivo. Sin embargo, ¿sabe Ud. cuál es el origen del Carnaval?
Todas las referencias históricas apuntan a que su génesis se asocia a fiestas paganas en honor a dioses inventados por el hombre —romanos, celtas, sumerios y egipcios—, aunque se dice también que es el resultado de la mezcla de una lujuriosa fiesta babilónica con otra judía en el período del cautiverio del pueblo hebreo, cuando se usaban máscaras para encubrir los rostros de quienes se relajaban en prácticas sexuales desordenadas. Con el correr del tiempo la celebración del Carnaval ha adquirido también connotaciones culturales y religiosas, por el sincretismo que tanto daño hace a la fe cristiana original.
Es cierto que para muchos el Carnaval se resume a una mojazón pública por tres días; esta reflexión no es para ellos. Más bien, es para quienes tienen la obligación de tomar conciencia sobre sus penosas consecuencias que año a año se observan en todo el mundo, a fin de evitar que en breve traiga dolor a las familias bolivianas.
¿No es cierto acaso que en los días de Carnaval parecería que el diablo y sus demonios se esmeran en que se incrementen las borracheras, peleas, homicidios, orgías, la hechicería, homosexualismo, adulterio, fornicación, violaciones, accidentes, delincuencia y la drogadicción?
¿No es verdad también que, pasada la fugaz diversión del Carnaval sobrevienen inevitables consecuencias como: dolor; enemistades; enfermedades venéreas; embarazos no deseados; abortos; divorcios; heridas en el alma; muertos que se extrañan; cárcel; escasez de dinero, falta de paz, crisis y depresión?
Sabiendo que el desenfreno del Carnaval conlleva un languidecer del espíritu, la gran pregunta para los que dicen conocer a Dios, es: ¿puede estar Dios en los corazones de quienes dan rienda suelta a los placeres de la carne? Si su origen es el paganismo, habrá que reflexionar si ello es agradable a Dios, sabiendo que su resultado no sólo será sufrimiento a corto plazo, sino también posibles juicios posteriores sobre la humanidad.
Nadie tiene la vida comprada y quien muera en pecado será condenado. Escrito está, que el hombre muera una vez y, después de esto, el juicio; no hay una segunda oportunidad. Por tanto, es de esperar que el próximo feriado pueda ser más bien un tiempo de recogimiento espiritual, porque es mucho lo que está en juego: la vida eterna.
*Gary A. Rodríguez A. es economista y gerente general del IBCE.
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