Este mes se recuerda un nuevo aniversario del encuentro presidencial de Charaña que dio inicio a una negociación que, de haber sido conducida con más tesón y comprensión, quizás habría dado lugar a que nuestro país se reintegre al Océano Pacífico hace más de un cuarto de siglo.
En efecto, el 8 de febrero de 1975, en Charaña se dieron cita los presidentes Banzer y Pinochet, ocasión en la que se emitió una Declaración Conjunta donde se señalaba textualmente que continuarían el diálogo “a diversos niveles, para buscar fórmulas de solución a los asuntos vitales que ambos países confrontan, como es el relativo a la situación de mediterraneidad que afecta a Bolivia”.
Con esa declaración se determinó reanudar relaciones diplomáticas con el fin de iniciar, al más breve plazo, una negociación directa tendiente al logro del objetivo de romper nuestro enclaustramiento geográfico.
Gracias al esfuerzo de nuestro embajador, don Guillermo Gutiérrez Vea Murguía, el primer año de negociación culminó con los mejores auspicios, pues mediante nota de 19 de diciembre de 1975, Chile presentó una propuesta formal de solución. En ella accedía a ceder a Bolivia un corredor al norte de Arica, con continuidad territorial hasta el mar.
En dicho corredor estaban incluidos el ferrocarril de Arica a La Paz, el aeropuerto de Chacalluta y el camino de Arica a Visviri que está vinculado al de Charaña a La Paz. En cuanto al litoral, éste comprendía ocho kilómetros de costa, lo que hubiera permitido la construcción de un puerto tan amplio como el de Arica, que abarca sólo un kilómetro y medio.
Es menester destacar que la mencionada propuesta del gobierno militar de Pinochet tuvo aceptación de toda la colectividad chilena, política, económica y cultural.
En cuanto a nuestro país, desde la segunda mitad del siglo XX se ha mantenido una política definida frente al mar. Así, en las tres principales negociaciones llevadas a cabo en ese periodo de tiempo, en 1950, en 1975 y en 1987, el corredor constituía su eje central.
Lamentablemente, una feroz oposición al gobierno de Banzer y, por ende, a la negociación que se estaba efectuando con Chile, determinó que dicho gobierno llegase a la insensatez de romper relaciones con ese país, dando con ello fin a tan importante propuesta de cesión con soberanía.
Actualmente rige el país un gobierno que tiene gran apoyo en lo que respecta a su relación con Chile. Además, cuando asumió el poder el presidente Morales, hubo una fuerte creencia en las posibilidades de reabrir conversaciones con Chile para resolver el ancestral problema boliviano. Sobre todo cuando unos 10 mil chilenos gritaron “mar para Bolivia”, en el estadio Nacional de ese país.
Pero la situación cambió prontamente. En primer lugar, el gobierno de Morales decidió absurdamente renovar el contrato de venta de gas a la Argentina con la cláusula que prohíbe a esta nación revenderlo a Chile. Eso provocó un profundo resentimiento en la población chilena contra nuestro país, al extremo de que se exigió al gobierno de la señora Bachelet de que no cediera ningún territorio a otro país. Desde ese momento, dicho gobierno determinó modificar su política, señalando que otorgaría una salida al mar a Bolivia pero sin soberanía, o sea, sólo una zona franca.
Lo triste de todo ello es que el Gobierno del presidente Morales decidió inclinar la cerviz y aceptar la posición chilena. Pero los bolivianos tenemos un mal recuerdo de las zonas francas que nos han concedido los países vecinos, excepto Chile. Ninguna de ellas ha servido en la práctica. En consecuencia, el Gobierno nacional debe modificar su débil e incongruente posición e insistir en la política tradicional frente a Chile, la misma que fue plasmada en la negociación iniciada en Charaña: la cesión de un corredor al norte de Chile con plena soberanía para Bolivia.
*Ramiro Prudencio Lizón es diplomático e historiador.
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