Gente amable y cálida habita en Ottawa la capital canadiense (desde donde se escribe este artículo), en medio de un paisaje cubierto por un enorme manto blanco. Con ´apenas´ cinco grados bajo cero, los vientos polares acobardan a más de un latinoamericano a pasear por sus calles. Nuestros anfitriones dicen que, hace un par de semanas, el termómetro marcaba una temperatura cuatro veces menor; y lo dicen con una sonrisa que apenas se inmuta ante nuestros rostros tiesos.
Además de nosotros, los latinoamericanos, vinieron africanos, asiáticos y europeos a discutir la participación de la sociedad civil en lo que ahora los países del Norte convienen en llamar ´eficacia de la ayuda al desarrollo´.
La reunión ha convocado a donantes, expertos, representantes de gobiernos del Norte y del Sur, organizaciones de países desarrollados y de países en desarrollo; el objetivo, aportar al enriquecimiento, desde la perspectiva de la sociedad civil, de la Declaración de París, firmada en marzo del 2005, por cerca de 100 gobiernos, entre los cuales, claro, estuvo el nuestro.
La Declaración de París pretende ser el nuevo marco de relacionamiento entre donantes y países receptores, con base a varios principios: apropiación, armonización, alineamiento, orientación por resultados y mutua rendición de cuentas. No es mi intención abundar en el documento ni en los principios; para muchos de los que hemos seguido procesos anteriores, parece ser un aggiornamiento del lenguaje para continuar debatiendo el financiamiento para el desarrollo (y el negocio en torno a él). Acuérdense de los programas de ajuste estructural, los alivios de la deuda y las estrategias de reducción de la pobreza. Todos ellos crearon sus propios términos, códigos, siglas y acrónimos, sin cambiar las relaciones.
Cómo olvidar que a (casi) dos diálogos nacionales, siguieron momentos de insurgencia popular que derribaron dos gobiernos, borrando casi todo a su paso, incluso toda la parafernalia ´participacionista´ impuesta como condición para que se nos alivie la deuda y podamos ´controlar responsablemente´ lo que se nos había condonado; una condición benigna, si es que pensamos en las otras, esas que buscaban no modificar la regulación del sector hidrocarburos o aquellas que ´animaban´ a crear un impuesto a los ingresos para salvar el déficit fiscal. ¿Lo recuerdan? Cómo no, si costaron muertes. ¿Rendirán cuentas de eso alguna vez?
Lo que se viene no es precisamente algo nuevo, aunque, en esto de la mutua rendición de cuentas, existe un esmero poco disimulado por caracterizar a la ´sociedad civil´ y la legitimidad (otro nuevo código) de sus organizaciones en las tareas de desarrollo. Algo para debatir, sin duda; esperemos que no en condiciones impuestas.
*Gustavo Luna es comunicador y trabaja en el Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (CEDLA).
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