Encontrar viejos manuscritos en los desvanes de los anticuarios fue un socorrido recurso de los novelistas. ¿No fue acaso don Miguel de Cervantes uno de los iniciadores del procedimiento haciendo de Cide Hamete Benengali el autor de El Quijote, escrito en árabe y puesto en castellano por un traductor anónimo? Así, se resolvía, al menos, el problema del narrador y de sus relaciones con los personajes.
En la vida real, los problemas que plantean los papeles y obras no publicados por los autores durante su vida son los de los herederos. La aparición de esos textos ha producido algunos sonados fraudes de la escena intelectual. Uno de los más conocidos resultó el de la aprovechadora y abusiva hermana de F. Nietzsche que manipuló los manuscritos del filósofo, tergiversando su pensamiento al punto de hacerlo un simpatizante cercano de la ideología racista del nazismo alemán. No fue un caso único, si bien no todos los legatarios intelectuales obraron con la misma malicia. El pensamiento de M. Weber se difundió, convirtiéndose en una de las más vigorosas visiones del hombre y la sociedad de hoy, gracias a la paciente dedicación de su mujer, Marianne, quien recogió y sistematizó miles de hojas que quedaron dispersas a la muerte del sociólogo. Otros descendientes: algunos del tipo descuidado, ciertos de temperamento celoso o desconfiado, guardianes suspicaces del legado, cerrado para los extraños, han impedido la aparición de muchos trabajos inéditos, que quizá hubiesen contribuido a relanzar a sus autores, devorados por el tiempo y las modas. Sin duda, a numerosos escritores no les hubiesen gustado ver impresas las páginas que voluntariamente no entregaron a los editores, sabían porque lo hicieron. La publicación, a menudo, perjudicó el crédito de quienes las escribieron.
Entre nosotros Alcides Arguedas, que tuvo una impresionante obra histórica, narrativa y ensayística publicada, mantuvo durante 40 años de su vida un Diario con anotaciones hechas casi día a día, aun no editado. Lo revisó en varias ocasiones y antes de su muerte lo entregó a cuatro bibliotecas: la del British Museum de Londres, la del Congreso, en Washington, la Nacional de Francia y la de Buenos Aires, con la instrucción de abrir el documento a los lectores a los 50 años de su fallecimiento. Lo que ha sucedido. El autor hubiese querido que el Diario se publique en su patria; por diversos motivos este deseo no se ha podido realizar, sin embargo convendría cumplirlo. Las anotaciones ofrecen un valioso panorama de la vida política y social de la primera mitad del siglo XX. La edición debería llevar un cuidadoso estudio crítico que descubra la clave de los personajes y sucesos.
Entre el material inédito de Arguedas también se hallan dos novelas, hasta ahora prácticamente desconocidas inclusive para sus críticos y biógrafos. Ambas hacen parte de una serie, concebida como un cuadro de la vida urbana paceña, donde el escritor nació y pasó una parte de su existencia, paralela a sus novelas ambientadas en el campo.
La trilogía se inició con Vida criolla en la que narra la historia de un intelectual y periodista, Carlos Ramírez, poco adaptado al estrecho y mezquino espacio de la pequeña ciudad y sin ánimo de hacerlo. El mismo personaje reaparece en las dos siguientes narraciones, aunque la última se desarrolla principalmente en París, en los años otoñales de Ramírez.
El autor libró en el Diario poco de sus sentimientos íntimos, de sus relaciones familiares, aunque señaló que mucho de tales asuntos se encontraban en los relatos novelescos. En efecto, el héroe de Vida Criolla tiene rasgos en común con su autor, sin que exista una correspondencia plena ente uno y otro. Ramírez es una criatura de ficción.
Arguedas no puso título a la segunda novela, dudó entre varios: El inadaptado fue su primera elección, al concluir la versión primeriza alrededor de 1929, después de una revisión cuidada; 10 años más tarde, pensó llamarla Lodo o El triunfador vencido, pero no se resolvió por ninguno. Los títulos dejaban flotar la ambigüedad acerca del fracaso de Ramírez entre la personalidad de éste y las expectativas del medio. La última la denominó, no sin ironía, Crepúsculo de oro, para sellar la trayectoria del personaje que no consiguió encajar en su mundo de origen, con una historia de amor. Algunos concluirán afirmando que se trata de un retrato del escritor. Mas el Diario descubre relaciones más complejas entre el autor, el héroe y la ciudad.
¿Conviene entregar al público estas novelas? El escritor en algún momento prohibió a sus descendientes publicarlas. A pesar de esta determinación manifiesta, Arguedas no las abandonó. Volvió posteriormente sobre ellas para corregir el estilo, afinar los personajes y la trama, dándoles mayor verosimilitud, tema al cual nunca dejó de prestar atención en despecho de algún juicio crítico. Si el propósito real hubiese sido poner los textos fuera del alcance de los lectores, por qué no los destruyó y continuó trabajándolos casi hasta al final de sus días. No se sabe si cambió de opinión, pero los manuscritos le tomaron muchas horas en sus varias reconsideraciones, hecho que constituye un indicio de sus intenciones para un hombre cuidadoso con su tiempo.
Mi respuesta a la pregunta sería afirmativa, aun aceptando que Arguedas juzgó los textos al final no publicables. Probablemente no tanto en consideración a la estructura de las narraciones, que indudablemente le preocupaba, cuanto por el temor a la lectura que el público podría hacer de ellas, que sin ser autobiográficas dejan entrever algunas facetas de su temperamento o sucesos ligados a su vida. Su natural reserva eventualmente lo retuvo. Aunque ahí radica parte del interés, las obras no se reducen a esa presencia, por eso vale la pena insistir en editarlas. Ojalá no permanezcan archivadas para siempre.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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