El azar se disfraza de naipes, cartones de bingo, dados, alambres sinuosos e incluso bazucas para repartir fortuna en la feria paceña.
Texto: Jairo Marcos Pérez • Fotos: David Guzmán
¿Nadie más, señores? ¡Fuera manos, entonces!” Aunque lo parezca, esto no es un atraco. A un peso el dibujo y cinco la línea, Javier Ramos voltea una a una las cartas de su baraja. Un tapete verde, dividido en 38 casillas, hace las veces de tablón de juego.
La mirada atenta y esperanzada de una decena de jóvenes se clava entonces en el hule y en las curtidas manos de Ramos. Sus dedos, ágiles y delgados, denotan una dilatada experiencia en el manejo de los naipes. Su fluida verborrea tampoco deja lugar a dudas, no es un primerizo: “Primera carta, el rey Arturo, no hay parada; Lisa Simpson, ¿de quién es la fila? cinco bolivianos para usted señorita; la Luna, don Guillermo, tampoco hay parada y siguen saliendo las cartas, señores. Pinocho, Quico, Batman, una copa, Superman, el ancla, no hay parada tampoco. Robin, un corazón, Don Ramón Valdés, aquí tiene su dinero. Y México… se acabó la partida, señores”.
Es el sector de juegos en la feria de Alasita, en pleno corazón de La Paz. Centenares de vendedores presiden sus tiendas. En el primer puesto, dos curiosos observan descarados, cámara en mano, cómo un pequeño grupo de paceños compra sus propios sueños.
Unos metros a la izquierda, tres jóvenes saborean un helado, mientras sus amigos rodean al hombre que reparte las cartas. Están en la zona de juegos, donde el dios aymara de la abundancia, el regordete y pequeño Ekeko, cede parte de su protagonismo a los juegos de azar, futbolines incluidos.
76 cartas y un tapete es todo lo que necesita Javier Ramos para retener la curiosidad de los viandantes. “Va por rachas. A veces se gana y otras se pierde. Pero no hay truco. Se dobla el dinero que has puesto en cada parada. Y si salen México o Argentina, para la banca”, explica al tiempo que baraja para la próxima partida.
Los participantes creen tener la suerte de su lado y pronto fijan sus bolivianos en las diferentes casillas. Cuando la dicha es buena, no hay tiempo que perder.
De premio, cinco kilos de arroz
Seferino Sánchez también ha hecho de la suerte, ese giro en torno a lo impredecible, su forma de negocio. Es el anfitrión de la Lota del Tigre que, fundada por su tío Juan José Castillo, presume ya de 25 ediciones en la feria de Alasita. La fortuna, que todo lo sabe de incertidumbres, parece no ponerle mala cara a ningún premio y, en este bingo, los ganadores pueden llevarse a casa desde cinco kilos de arroz, azúcar o fideos, hasta termos y jarras eléctricas, pasando por galletas y dulces varios.
Pero el aceite, explica el encargado, ha sido este año el producto estrella, el más demandado por quienes sonríe la diosa fortuna. “Hay gustos para todos y clientes para todo. Los hay tan fieles, que vienen específicamente para conseguir la novedad, que esta edición son los juegos de tazas con motivos selváticos”, argumenta Seferino Sánchez desde su trono aurinegro, en honor a la casaca de su equipo, The Strongest.
Ponerse al servicio de la fortuna cuesta en este caso dos bolivianos por cartón. Luego de que Sánchez desafíe al destino al agitar enérgicamente el cubilete de las bolas, canta a viva voz los números que el caprichoso azar ha expulsado en primera instancia.
Es entonces, con la vista abducida por los cartones y los oídos absortos en la potente voz de Seferino (nada les distrae entonces), cuando los clientes tratan de rellenar con granos de maíz una de las tres líneas que compone cada boleto. Repartidos a lo largo y ancho de la barraca, hay tres colores.
El primer premio en salir es la terma (tres números), después la cuaterna (cuatro) y, por último, la lota o línea entera (cinco). Ninguna importancia tiene en esta caseta rellenar el cartón completo.
Albert Viscarra es uno de los agraciados y, con cara de satisfacción y una sonrisa de oreja a oreja, no pone reparos en contar cómo “siempre que vengo gano algo y por eso juego. Esta vez, me he llevado la lota y he elegido dos litros de aceite y cinco kilos de arroz. Me parece el premio más manejable para llevar a casa”. Para una recompensa mayor tendrá que esperar a la noche del domingo cuando, por cinco bolivianos la partida, están en juego edredones y ollas a presión, entre otros productos. Es el premio del Tigre.
¿Y no hay truco? “Ninguno”, se apresura a responder Seferino, para luego subrayar que, “por supuesto, tengo que ganar algo. Pero ponemos el 70 por ciento para los premios y sólo el resto son ganancias, aunque de esa parte también pago a los empleados. En cada partida hay ganadores. Sin trampa. De otra forma, no tendríamos clientes que repiten”.
La suma de los dados
Naipes, números y, ligeramente escondidos bajo la lona de su estante, los caprichosos dados de Andrés Mamani. Al azar, duende juguetón, le ha dado esta vez por disfrazarse en forma de ocho hexaedros que bailan desacompasados en la mesa cada vez que cualquier jugador paga un boliviano. A su descanso, Mamani suma la puntuación obtenida.
El ilusionado jugador comprueba entonces si el número que le ha correspondido (en buena o mala suerte) aparece reflejado en el tapete y, en ese caso, qué premio trae consigo. Por ejemplo, con 40 puntos ganas 10 bolivianos.
“Siempre hay posibilidades”, interrumpe Mamani. 100 bolivianos es lo que separa al más afortunado, quien obtiene 48 puntos (una tirada repleta de seises, difícil, pero no imposible) del que, cabeza gacha y expectativa herida, se va como ha venido... pero con un boliviano menos en el bolsillo.
Lo máximo que se han llevado este año son 50 pesos. “Pero cada vez se juega menos. Creo que es por falta de plata. La gente necesita su boliviano para comprar el pan. Por eso, la mayoría de mis clientes vienen de la zona Sur. El resto sólo viene, se para, mira y se va”, aventura Andrés Mamani.
¿Tampoco hay truco? El anfitrión del puesto no niega la evidencia: “Los premios bajos (galletas, dulces, 10 bolivianos…) son más fáciles de conseguir. Y los números que más salen son los que no tienen premio, claro. Estoy aquí por algo. Es como en la lotería, que no ganas casi nunca. Pero siempre hay posibilidades”, repite.
Ahora es la paceña Ana Villarreal, de 18 años, quien se para frente al emplazamiento de Lilia Quispe. Su misión: Pasar un pequeño aro a lo largo de un sinuoso y retorcido alambre… sin tocarlo. De avisar de que algo va mal, se encarga un foco que despierta de su letargo para iluminar a quien ha errado en alguno de los dos intentos a los que da derecho un boliviano. Es el precio de tentar a la fortuna en la morada de Lilia Quispe.
Si en algún tenderete se cumple el dicho de que la suerte no es más que el meditado cuidado de todos los detalles; es en éste, donde la serenidad y el pulso son un factor clave a la hora de cumplir el objetivo. Y parece que este año la paciencia no se ha paseado mucho por Alasita, pues sólo dos personas, un chico y una chica, paridad de sexo para los escrupulosos, han conseguido llegar al otro extremo del alambre y sumar 10 bolivianos a su cuenta. “Parece mucho más sencillo desde fuera de lo que realmente es. Creo que he ido demasiado rápido”, se excusa apenada Ana Villarreal.
Balas con trampita
La última parada de estas líneas es el puesto de pistolas y bazucas de Gunar Eguino. También por un boliviano, los hermanos Joseph y Abigail Gallo, de 12 y 10 años, respectivamente, han puesto a prueba su puntería. Los dos han preferido la potencia de los bazucas, aunque disponen de un tiro menos (tres) que con la otra arma de fuego. No es necesario preguntar para saber qué tal les ha ido. Los ojos brillantes de Abigail hablan por sí solos. Ha tumbado más latas que su hermano, aunque para el premio (galletas y dulces) es imprescindible derribarlas todas. Cuando se van, Eguino devela el secreto mejor guardado de su negocio: “Se trata de tener puntería y habilidad, pero también de que te toquen buenas balitas. Porque hay algunas picadas que se desvían”.
Hasta el próximo domingo, el Ekeko y la diosa fortuna comparten protagonismo en este rincón de Alasita. Buena suerte para todos. Aunque, por cierto, ¿en qué consiste la suerte?