Todos tenemos posiciones diversas ante el secuestro. No es algo claro como el robo de un automóvil; penetra y retuerce nuestros sentimientos sin que podamos entenderlo con facilidad. Un artículo de Antanas Mockus, quizá la mente más clara y transparente de Colombia, me aclaró —valga la redundancia, ya que la claridad de pensamiento no siempre es contagiosa— el significado social y personal del secuestro. En una reciente encuesta se preguntó a millares de colombianos de todos los estratos socioeconómicos, si tenían o habían tenido un pariente o amigo secuestrado, la respuesta fue aterradora, más de dos tercios de la población de este país han sido tocados por el secuestro.
Este crimen —asesinato virtual— va, desde la retención de un niño pobre para cobrar 100 dólares, hasta el secuestro de una candidata presidencial como Ingrid Betancourt, que por su doble nacionalidad ha servido para extorsionar al Gobierno y al pueblo francés hasta prohibir allá (¡vergüenza!) la marcha mundial contra el secuestro y las FARC del 4 de febrero. ¿Una presidente con doble nacionalidad?
Colombia mestiza es probablemente la nación más “familista” de América Latina. ¿De dónde viene esto? Que al haber sido un virreinato pobre y campesino sin imperios ni recursos naturales que explotar, se repobló gradualmente por el cruce entre los conquistadores, convertidos, como los viejos legionarios romanos, en propietarios de fincas, y las únicas mujeres disponibles: las indígenas. No es gratuito que nuestro ADN mitocondrial, transmitido de madre a hija sea 86% aborigen. Esta es la razón central por la cual, la lucha de clases nunca caló en este país, ya que el amor y la responsabilidad familiar constituyen el mecanismo central de promoción social y económica. Para elogio de Putnam, el secuestro es un crimen contra la esencia misma de la sociedad colombiana, razón por la cual es el “crimen ideal”.
Citando a Mockus, “el secuestrador trata de hacer responsables a los familiares de las víctimas o a los organismos legales de la suerte del secuestrado: si se muere es porque usted no paga, porque no cede, porque sacrifica una vida concreta por la defensa abstracta de un principio legal. El secuestrador busca que los familiares aleguen que es responsabilidad del Estado, y no de los secuestradores. Y como el riesgo de la acción es muy alta, obliga a asumir el costo de recuperarlo de la única forma que, según el secuestrador, garantiza que no se le va a matar: pagando el rescate, en dinero o en concesiones políticas”.
“Algún día se reconocerá que la única solución ante semejante asimetría es: ni contagiarse, ni ceder. No cooperar con el secuestrador. Cada secuestro exitoso, cada rescate militar fallido o cada liberación ampliamente difundida, premian a quienes lo utilizan como método”. ¡El secuestrado está muerto para que todos vivan!
Jorge Zapp es consultor internacional.
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