Tras mucho sufrir desarrollé otro invento que, ese sí, sería mi pasaporte a la gloria: la nulajección. No duró mucho. Hace poco estaba en casa escribiendo un artículo cuando ocurrió un tropiezo con las mayúsculas. Exclamé ´¡caray!´, como cualquier persona normal. Y mi mujer, que no es normal y siempre está por ahí cerca, levantó la vista.
- ´Caray´, ¿qué?
- Nada —le digo—. Era una bobada, pero ya está arreglada.
- No, no —insistió—. ¿Por qué ´caray´? Quiero saberlo todo.
- Bueno, pues que toqué sin querer la tecla de bloquear mayúsculas, pero ya se arregló.
- Un momento: tocaste la tecla y qué pasó.
- Lo que pasa cuando uno toca la tecla de bloquear mayúsculas: que enseguida empieza a escribir todo en mayúsculas. Pero ya la cancelé.
- ¿Y alcanzaste a escribir mucho en mayúsculas? —pregunta mi mujer, llevada por esa curiosidad que la devora.
- No sé —respondo sulfurado—: cuatro o cinco palabras.
- ¿Cuáles?
Y el interrogatorio continúa durante varios minutos, hasta que ella se declara satisfecha.
Ésta era mi vida. Se me caía el jabón en la ducha, yo exclamaba ´¡miércoles!´ (como podía haber exclamado ´cáspita´, ´recórcholis´, ´diantre´, ´demonios´ o ´pardiez´) y ella volaba hasta el baño:
- ¿Qué pasó? ¿Por qué ´miércoles´?
Sólo me dejaba tranquilo cuando le había explicado lo del jabón, y ella había pedido detalles (´¿Se te cayó cuando lo ibas a coger, o cuando ya lo tenías cogido?´), y yo, desesperado, respondía la indagatoria para que ella supiera por qué ´miércoles´.
Fue inútil tratar de enseñarle que en el lenguaje del ser humano existen unas palabras llamadas interjecciones que ´expresan alguna impresión súbita, como asombro, sorpresa, dolor, etc.´ (Diccionario de la Real Academia de la Lengua). Son meras respuestas mecánicas de la lengua ante determinadas circunstancias, incluso las más intrascendentes: bloqueo inesperado de mayúsculas, jabón que cae en la ducha. Muy bien: mi mujer quería saberlo todo sobre las circunstancias de cada interjección.
Agobiado por sus preguntas, inventé algo que, según creí entonces, significaba mi entrada a la historia de la comunicación humana: las intrajecciones.
Las intrajecciones son interjecciones que, en vez de expresarse por medio de palabras, se expresan por medio de gestos: mover los ojos, sonreír, resoplar; en fin, lo que uno quiera, pero no palabras.
Durante un tiempo funcionó. Cuando se me bloqueaban las mayúsculas, yo no articulaba ni una sílaba y en cambio abría muchísimo los ojos. Un día mi mujer se dio cuenta y se soltó.
- ¿Por qué abres los ojos?
- Porque necesito ver.
- No. Me refiero a que los abres desmesuradamente. ¿Por qué?
- Porque se me bloquearon las mayúsculas.
- ¿Acaso alcanzaste a escribir mucho en mayúsculas?
Y así seguía.
Tras mucho sufrir desarrollé otro invento que, ese sí, sería mi pasaporte a la gloria: la nulajección. Cada vez que me ocurría algo —alguien me pisaba, tropezaba con la mesa, se bloqueaban las mayúsculas— no sólo me tragaba la interjección apropiada para la situación, sino que omitía cualquier gesto revelador. Boca callada. Ojos normales. Cara de palo. Nada que permitiera a mi mujer adivinar la menor alteración interna y diera paso a sus preguntas idiotas.
Hace tres días, sin embargo, la nulajección también se vino a tierra. Mi mujer estaba detrás de mí ejerciendo la horrible manía de mirar por encima del hombro lo que escribo en la pantalla, cuando notó que se habían bloqueado las mayúsculas. Para su sorpresa, no emití una palabra ni un gesto delator.
Tardó algunos segundos, pero al final reaccionó.
- A mí no me engañas —dijo—. ¿Por qué te quedaste mudo?
- ¿Cómo así mudo?
- Sí: cuando a uno se le bloquean las mayúsculas, grita, o exclama algo o por lo menos hace un gesto de desesperación. Es lo normal, ¿no?
- ¿Y?
- Y tú no hiciste nada de eso, ni una palabra, ni un gesto, ni nada. ¿Sabes qué? Necesitas un psiquiatra.
Entonces, yo ya no aguanté más:
- ¡Carajo, mija!
Y ella, dichosa:
- ´Carajo´, ¿qué? —dijo mientras tomaba asiento dispuesta a saberlo todo.
*Daniel Samper P. es periodista
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