Pese a que la política no se puede frenar en seco, pase lo que pase, ha sido muy saludable que oficialismo y oposición hayan depuesto sus enfrentamientos ante un verdadero desastre nacional, cuyo epicentro se ha trasladado, como siempre, al Beni. Los estragos provocados por La Niña se han hecho sentir en casi todo el territorio nacional, pero las escenas que vemos diariamente en los campos y poblaciones benianas conmueven a cualquiera. Ver desde lo alto los pastizales anegados y pequeñas islitas llenas de ganado sentenciado a morir de hambre o ahogados en el barro, es algo que estremece.
El año pasado, por estas épocas, en plena inundación, escribimos una nota titulada: ´Tierra de machos´. Ahí contábamos lo que estaba sucediendo en los llanos benianos y hacíamos votos porque se pudieran tomar previsiones para el futuro. Pero lo cierto es que muy poco se puede hacer en ese sentido. Los bajíos están nomás sentenciados a ser llenados por el agua que se escurre desde Santa Cruz y la cordillera. Hacer un plan de canales para que el agua siga un curso fijo es tan costoso que es mejor no pensar en eso. Lo malo es que Trinidad está mal ubicada en la llanura. El hecho de que hasta los anillos de protección hayan sido superados por la crecida lo dice todo. Y se anuncia que lo de Santa Ana del Yacuma puede ser similar.
Ahora bien, ¿qué se puede hacer? No queda otra cosa que aguantar las catástrofes y anotarlas dentro de los pasivos seguros. Porque los trinitarios no van a abandonar su ciudad. La protegerán lo más que se pueda pero no la van a abandonar jamás. Nacieron ahí y ahí van a morir. Es lo que ocurre con otros fenómenos naturales mucho más dramáticos que las inundaciones como son, por ejemplo, los terremotos o los ´sunamis´. México, con sus más de 20 millones de habitantes no se cambió ni se cambiará de lugar aunque los mexicanos saben que cualquier día a cualquier hora vendrá otro remezón —Dios no lo quiera— y media ciudad se vendrá al suelo. Varios miles fueron los muertos en el último terremoto de 1985. Y ahí estuvieron los pobladores reconstruyendo su ciudad ladrillo a ladrillo.
Santa Cruz y Cochabamba —también La Paz— han sufrido con la crecida de los ríos. En Santa Cruz, los perjuicios en la agricultura han sido fatales. Algo parecido ha sucedido en el Chapare. Pero no ha padecido la población civil, que es lo que duele más. Desde que el Piraí se salió de madre en marzo de 1983 en Sana Cruz, e inundó los barrios de Equipetrol y Sirari, no se ha vuelto a ver cosa igual. Las aguas en Sirari llegaron a los segundos pisos y la gente tuvo que ser rescatada desde los techos de las viviendas. Pero después se trabajó arduamente en las defensas de la ciudad y el Piraí no ha vuelto a inundar la ciudad. No sabemos si en Trinidad se podría hacer algo parecido, pero lo que sucede es que la situación es distinta: una cosa es un turbión del Piraí y otra cosa es la crecida permanente e inexorable del Mamoré que capta todas las aguas y que sube de nivel de manera aterradora.
Ahora que por fin se declaró como zona de desastre los lugares afectados, está llegando alguna ayuda para los benianos, aunque las pérdidas materiales van a ser casi imposibles de reponer. Pero, por lo menos, se ve solidaridad. Las naciones amigas, empezando por EEUU, por los vecinos, por países de Europa, están empeñadas en aliviar los sufrimientos de la gente. Y el Gobierno hace lo que puede a pesar de que los medios económicos en Bolivia son siempre tan escasos.
El Comité pro Santa Cruz se ha movilizado íntegramente para ayudar a los hermanos benianos y Rubén Costas ha estado en Trinidad, pero, repetimos, se trata sólo de paliativos ante un escenario tan dramático.
Está por demás afirmar que las inundaciones, fuera de las pestes y la crisis sanitaria que trae, va a provocar carestía y escasez en la alimentación a nivel nacional, y eso conduce directamente a un incremento en la inflación con las consecuencias consiguientes. Por lo menos los políticos han hecho bien en dejar de arañarse y en unificar fuerzas para detener el caos en que vivimos.
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático.
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