Cuatro horas y media que duró la entrevista del embajador de los Estados Unidos con el Canciller y el Ministro de Gobierno, el miércoles pasado, no se justifican si sólo trataron un hecho tan banal como el “espionaje” de un becario de la fundación Fulbright a quien un empleado de seguridad de la representación diplomática estadounidense le alentara a realizar un seguimiento de los cubanos y venezolanos que pululan por Bolivia. Si las paredes de la Cancillería hablaran, sabríamos que allí se trataron cuestiones de mucha mayor trascendencia. La declaración a la salida de la reunión, frente a una legión de periodistas, fue la de siempre: hemos tratado de mejorar las relaciones entre nuestros países. Yo no me conformo con este disco rayado. Déjenme pues fantasear. Presiento que allí hablaron cuestiones más serias. El asunto del parlanchín de la Fulbright fue sólo un pretexto. La embajada ya había explicado el caso con suficiente claridad. Para este viaje no se necesitaban tantas alforjas. Pero el embajador pidió audiencia al Canciller para otros asuntos.
Y aquí entra con buenas maneras pero como un penetrante estilete, el embajador Goldberg, quien hace conocer a los dos ministros presentes que el Gobierno boliviano —el presidente Morales en primer lugar— no cesa de injuriar verbalmente a los EEUU, venga o no a cuento, acusándolo de tejer un plan de desestabilización e incluso de preparar un atentado contra su persona y asegura que tiene pruebas que nunca dio a conocer. El ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana, acusó a Usaid de financiar operaciones de desestabilización y prometió dar pruebas que tampoco aparecieron.
Hasta ahora, Washington no se molestó en responder. Algunos suponen que este silencio es una señal de que Bolivia le importa un rábano al Imperio. Otros opinan que el Departamento de Estado se ha mantenido callado, precisamente para no dar motivo a nuevos improperios y acusaciones. Pero llegó el momento en que hay que ponerles coto si es que el Estado boliviano quiere mantener unas relaciones de buena “vecindad” con el país del Norte. A partir de esta premisa, si las paredes hablaran, seguramente oiríamos al embajador Goldberg desgranar, una por una, las diversas formas que su país tiene a manos para responder a los excesos verbales que enrarecen la amistad respetuosa entre ambos países. Ya lo dijo el ministro de Gobierno, Alfredo Rada: “se han abordado temas sensibles”. Habrá que preguntarle a las paredes cuáles fueron esos temas. Quizá se habló de las subvenciones que los EEUU entregan a la Policía boliviana para la lucha contra el narcotráfico (Comando de Operaciones Especiales) y también a los fiscales antidroga. Quizá se refirieron a la prolongación o cancelación de la Ley de Preferencias Arancelarias (ATPDEA) que ha beneficiado a los exportadores bolivianos pero que exige reducir la producción de coca. O pudieron hablar de alentar a los reticentes inversionistas. Las paredes quizá hablarían mucho más. Ahora bien, a fuer de sincero me pregunto: ¿Y si todo lo dicho hasta aquí fuera un sueño y los interlocutores pasaron las cuatro horas y media haciendo pronósticos sobre la Clinton, el Obama y el McCain? ¡Mira que llamarse “Caín”…!
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
No apto para cardiacos
Hay una embajadora que está muy afligida en La Paz porque no logra entender a los bolivianos, a pesar de que ella también habla castellano.
¡No hagan ola!
Los norteamericanos, me refiero a Al Gore y compañía, le echarían la culpa de las inundaciones del Beni al calentamiento global, a la sobre industrialización, a esas ganas que tiene ahora no solamente el mundo anglosajón, sino la China y la India de vivir mejor, porque están cansados de vivir mal, aunque algunos ilusos crean que eso es vivir bien.
Las pilchas de John
En la puerta de un concurrido café, Hildita Pelachun, coqueta dama de la poderosa clase media, luce orgullosa una blusa muy mona de Versace; sus pantalones con pliegues laterales de Zara, cierran el look informal conocido entre sus amigas como: “me puse lo primero que encontré en mi armario”.
Inflación, desastres y disculpas
Las autoridades financieras y monetarias de Bolivia verdaderamente han excedido su capacidad de culpar a todos y a todo por la inflación del 12 por ciento, ocurrida durante el pasado año de 2007. Primero lo hicieron con los analistas. Como esto no resultó, culparon a la oposición. Acto seguido lo hicieron con las regiones. Luego con los prefectos. Culparon también al Niño.
¿Qué ha cambiado Evo?
Hace dos años Morales construyó su éxito además del rostro-espejo de lo indígena, en el “cambio”. Tenía una fuerza arrolladora porque se percibía que después del hundimiento, en medio de la tragedia, de un sistema de partidos, de una casta, de una forma de hacer política, no se había dado el salto que debía darse (muchos pensaron y alguno todavía piensa,
Patriotismo constitucional
Los debates públicos que la Asamblea Constituyente no supo ni quiso conducir se están produciendo en los medios. Contribuyen a descifrar el trabalenguas del proyecto oficialista, aportan en crítica constructiva, confirman el vigor del poder constituyente ciudadano y reviven la esperanza de reconducir un proceso extraviado.