En la puerta de un concurrido café, Hildita Pelachun, coqueta dama de la poderosa clase media, luce orgullosa una blusa muy mona de Versace; sus pantalones con pliegues laterales de Zara, cierran el look informal conocido entre sus amigas como: “me puse lo primero que encontré en mi armario”. Por la marca que deja su moderno calzoncito, se deduce que usa un Victoria Secret. Los amigos de la mesa a la que se dirige no se quedan atrás. Por ejemplo, Julico Ibervasoguerri exhibe, con hombría controlada, una chompita púrpura con un lagartito pequeño en el pecho. Los pitucos saben que éste es un legítimo Lacoste. Juli disimula, que el pulóver le queda algo grande, sacando su pecho de huminta recién horneada. Los zapatos no dejan nada que desear, son Geox, unos cachos italianos cuya propaganda dice que respiran por los huequitos que tienen en la suela. Todos los concurrentes derraman carcajadas sobre la bien servida mesa y juegan al símbolo del estatus y la elegancia prestada.
Algún envidioso dirá que todo ello es una foto made in China, que las pilchas que visten son falsas. ¡Nada de eso! Son genuinas. Compradas en la 5th avenida en Nueva York. El costo de las prendas fácilmente llegaría a mil dólares, pero en este caso su precio es menor que la cuenta del café. En la July 16th Fair, la blusita Versace bien regateada cuesta 10 bolivianitos, el pantalón con tintorería incluida queda en 20, el calzón Victoria Secret, que —se recomendó— debe ser lavado con poke, vale cinco bolis, la chompita está en 12 y los zapatos tenían un precio inicial de 30 bolivianos pero quedaron en la mitad, cuando el comprador hizo notar, con indignación cínica, que la suela parecía un colador.
Esta elegancia globalizada no sólo favorece a ciertos grupos privilegiados. El humilde vendedor de cigarros de la puerta del café viste, probablemente sin saberlo, un saquito Armani que rima con su apellido de Mamani. Es el milagro de la revolución del contrabando de ropa usada que ha hecho que ricos y pobres se vistan igual. Igual también que John Smith, Glenda Andierson y miles de gringos (as) que después de sudar sus pilchas las echaron a la basura o las donaron para que alguien las traiga a Bolivia.
En los últimos seis años, unos por necesidad y otros por vanidad, contribuyeron a que no se crearan en torno de 100 mil empleos en el sector textil boliviano, compuesto sobre todo por pequeñas y medianas empresas. Según un estudio del Instituto Boliviano del Comercio Exterior (IBCE), la moda de segunda mano produjo una pérdida de 500 millones de dólares a la economía nacional, entre los años 2000 y 2006. El mismo trabajo señala que siete de cada 10 personas, que compran ropitas usadas, pertenecen a las clases medias. Desde la demanda se conspira contra la industrialización.
El contrabando de ropa usada es una historia vieja. Varias gestiones de gobierno no hicieron nada en el pasado. Muchos de nuestros actuales gobernantes criticaban este hecho, con toda razón, como uno de los lados más oscuros del neoliberalismo. La cara perversa de la globalización. Cuando estaban en la oposición, prometían eliminar el contrabando y propiciar un cambio productivo fomentando la industrialización, especialmente en el sector textil que tantos empleos genera. Mucha gente les creyó y apoyó. Ahora bien, era comprensible que éste sería un proceso, pero han transcurrido más de dos años del gobierno del presidente Morales y la revolución productiva prometida está en pañales. No se ha producido ninguna reconversión industrial y los comerciantes de ropa usada no tienen ninguna opción laboral. No se hizo nada para eliminar el contrabando de las pilchas usadas. La ampliación, por la enésima vez, del plazo para la comercialización de ropa usada bajo la presión del poderoso movimiento social —en que se ha convertido el sindicato de los ropavejeros—, no es una buena señal del Ministerio de Producción.
Como se puede concluir, los tan ensalzados movimientos sociales vienen en diferentes formas y colores y no todos son revolucionarios como dice el discurso oficial. Existen grupos corporativos que sólo defienden intereses particulares y no necesariamente los más nobles. En este caso, todo indica que la lógica productiva fue nuevamente vencida por un cálculo político. Éste es un año de muchas elecciones, estos compañeritos también votan y mejor no hacerlos enojar. Total, están democratizando la moda de París o Buenos Aires, ¿no ve?
La dignidad nacional no sólo se la defiende nacionalizando los hidrocarburos, también se la defiende apoyando al sector productivo, y no usando las pilchas usadas de los gringos. Uno puede ser antiimperialista desde su propio cuerpo. Porque debe ser muy incómodo autoproclamarse revolucionario, aceptando el contrabando de ropa usada a sabiendas que muchos compatriotas están usando camisas o blusas que pertenecieron a John o Jennifer.
Obviamente éste debería ser un problema tanto de salubridad pública como de principios y no de cálculo político.
*Gonzalo Chávez es economista.
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