Las autoridades financieras y monetarias de Bolivia verdaderamente han excedido su capacidad de culpar a todos y a todo por la inflación del 12 por ciento, ocurrida durante el pasado año de 2007. Primero lo hicieron con los analistas. Como esto no resultó, culparon a la oposición. Acto seguido lo hicieron con las regiones. Luego con los prefectos. Culparon también al Niño. Lo hicieron reiteradas veces con los productores y, por último, le echaron la culpa a la inflación importada. A pesar de esto, la inflación continuó y, seguramente, continuará por mucho tiempo más pues, como se sabe, “al cojo siempre le gusta echar la culpa al empedrado…”
Por lo tanto, no me cabe la menor duda que, con motivo de los desastres naturales que lamentablemente azotan a todo el país, dichas autoridades también querrán echar la culpa de sus errores a las condiciones climáticas de La Niña, tal como lo hicieron con todos y con todo durante el año de 2007; a pesar de que nadie desconoce que La Niña también contribuirá a que la inflación de la economía se acentúe durante el presente año.
Qué diferencia con el equipo económico que acompañó al presidente Paz Estenssoro, el que, sin la menor pretensión de “dar cátedra en economía”, redujo la inflación de 24.500 por ciento de incremento anual en agosto de 1985, a una inflación de un solo dígito tres años más tarde. Esto, además, sin tener que culpar a nadie de las circunstancias políticas y económicas, y los errores cometidos. Y así es como se debe actuar en economía. En otras palabras, o se la administra bien o se la administra mal, pues, al final del día, lo que cuentan son los resultados y no los “récords históricos” que se pregonan por doquier.
De qué sirve entonces hacer alarde de que se han logrado récords de exportaciones, de nivel de reservas internacionales, de superávit en la cuenta corriente de la balanza de pagos o en las cuentas fiscales —que además todos saben que fueron generados por los altos precios de la coyuntura internacional y no por la gran capacidad profesional de las autoridades financieras y monetarias— cuando los resultados nos muestran que la economía de Bolivia ha perdido su estabilidad, pues se encuentra en un estado anormal de inflación.
Por lo tanto, todo esto no quiere decir otra cosa que la “macro” no está siendo bien manejada y ni qué decir del deficiente manejo del programa de desarrollo económico, que ni siquiera ha podido generar los empleos que los inmigrantes bolivianos dejaron, cuando se fueron a España.
Entonces, basta ya de disculpas que no resuelven el problema. Hay que remangarse lo que sabemos, afilar los lápices y ponerse a trabajar. Como saben todos los economistas, se puede controlar la inflación si y sólo si se utilizan los instrumentos fiscales y monetarios adecuados; muy a pesar de los desastres naturales, la inflación importada y otros elementos que contribuyen a que ésta exista.
Por otra parte, para conocimiento de nuestras autoridades financieras y monetarias, no hay mucha diferencia entre la inflación de los años de 1980 y la inflación actual. En ambos casos el problema fue ocasionado por la mala administración de los recursos fiscales. Como tantas veces lo repite mi amigo y colega el Lic. Armando Méndez, la maldición en la economía es que “no se puede gastar cuando el Gobierno no tiene los recursos” —como en el caso de la inflación de los años de 1980— como “tampoco se pueden gastar cuando éste los tiene en exceso” —que es el caso de la inflación actual. La razón: la economía interna tiene limitadas posibilidades de incrementar la producción en el corto plazo y lo único que hace el incremento del gasto es presionar sobre los precios.
Por lo tanto, déjense de seguir apreciando el peso boliviano, que además tiene efectos muy negativos sobre las exportaciones y la producción nacional y de seguir echando la culpa a los productores, que no tiene ni la capacidad ni la intención de “fregar” al Gobierno. Por otro lado, si bien nadie desconoce que el boliviano está depreciado respecto al dólar y que la apreciación tiene algún efecto antiinflacionario, lo que hay que hacer es evaluar si a la economía de Bolivia y a su crecimiento le conviene o no esta apreciación, pero utilizando los instrumentos fiscales adecuados para frenar la inflación y no el popurrí de medidas que, son un verdadero “desastre” y que no nos llevan a ninguna parte.
*Juan L. Cariaga es economista y escritor.
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