Hace dos años Morales construyó su éxito además del rostro-espejo de lo indígena, en el “cambio”. Tenía una fuerza arrolladora porque se percibía que después del hundimiento, en medio de la tragedia, de un sistema de partidos, de una casta, de una forma de hacer política, no se había dado el salto que debía darse (muchos pensaron y alguno todavía piensa, que yo no lo di por circunstancias interpretadas de modo variopinto, que he decidido explicar en detalle en un libro sobre el tema). Había por tanto que voltear la tortilla.
Pero voltear la tortilla es una tarea más ardua, compleja y seria que una cadena de frases bonitas, retórica revolucionaria y aparato mediático, ingredientes que el Presidente y sus colaboradores manejan con maestría. Pero no, cambiar es mucho más que eso.
Evo tomó la bandera del cambio y la hizo flamear (pretende inaugurar la modalidad de ser el primer país del mundo que tenga dos banderas nacionales en vez de una sola, por ejemplo), pero detrás de la bandera hay muy poco.
Veamos. La política de recursos naturales es la continuación de nuestro referéndum y de la contradictoria pero recaudadora ley de hidrocarburos del 2005. Continuidad que si por un lado incrementó ingresos vía mayores impuestos (y precios espectaculares), sin nacionalizar ni un lápiz de una transnacional, no ha respondido a desafíos esenciales: inversión para la industrialización (no la aceptada en condiciones leoninas con Jindal, por cierto) y para el mínimo cumplimiento de las obligaciones internacionales del Estado, construcción de una empresa petrolera boliviana seria y con condiciones de cumplir el gigantesco rol que le asigna la ley de hidrocarburos. En minería todo son dudas en torno a un nuevo código minero que nadie sabe si será un espantapájaros o un cofre de ingresos para el país, frente a una probable caída de precios de algunos minerales claves.
La política de tierras es la continuación de la Ley INRA de Sánchez de Lozada con un reglamento más o menos radical, que sigue la adecuada filosofía de esa ley, pero que no ha tocado hasta hoy un latifundio ni improductivo, ni obtenido ilegalmente. La relación con la agroindustria es la de siempre, subsidio al diesel, a la construcción de carreteras y puentes y gritos de ambos lados.
La política social tiene como componentes la continuación de la idea de la educación intercultural y bilingüe y la universalización de la salud, iniciadas en el pasado, con el problema de la carencia de una política social clara en los sectores rurales más deprimidos. En lo que toca a los bonos, la renta Dignidad es una copia ampliada del Bonosol, con el agravante de haber abierto la batalla política con las regiones por el IDH. El bono Juancito Pinto está inspirado (para decirlo elegantemente) en lo aplicado por J. L. Paredes en El Alto hace algunos años. Como aporte nuevo está y hay que aplaudirlo, la política de analfabetismo cero y el apoyo cubano en salud.
La política macroeconómica funcionó mientras no había otra cosa que hacer cumplir las recetas heredadas del tan execrado “neoliberalismo” y gozar del maná de los precios internacionales, que engordaron al TGN y al Banco Central, pero comienza a enfrentar dificultades cuando tiene que definir acciones para combatir la inflación, mantener nuestra competitividad exportadora y adecuar un presupuesto general a la idea vaga de “revolución” que debía cambiar la orientación del presupuesto nacional.
La política de gastos reservados es un mal disfraz. Anulación oficial de esos gastos y el bolsillo lleno de dinero para gastos a discreción (desmesurada seguridad, avión y helicóptero presidencial de bandera venezolana incluidos) a través de respaldo directo de alguna (o algunas) naciones amigas del Gobierno, sin fiscalización.
La política productiva sigue dando vueltas alrededor de una difusa idea de banca de fomento, incentivo a la política de vivienda y respaldo a la microempresa (nada que no se hubiese diseñado en el pasado), con un déficit muy grande en la generación de empleo productivo y de calidad. En contraste, casi medio millón de compatriotas ha emigrado desde que Evo es Presidente.
La política en su esencia es un mar de desaciertos que ha logrado lo increíble, que el Presidente con la votación más alta desde hace cuarenta años, esté hoy acorralado por una oposición política y regional que en diciembre del 2005 pensaba para sus adentros que Evo impondría las condiciones y el lugar de su capitulación definitiva. Morales, con un espíritu centralista de viejo cuño y una actitud visceral anti elites, está convencido de que las autonomías son el refugio de la derecha y le cuesta entender la diferencia entre el concepto y el adjetivo en un tema tan importante para el salto de Bolivia al siglo XXI.
Finalmente, el proyecto de Constitución. La carta de navegación del país es uno de los textos más dramáticos como reflejo de la incapacidad de una nueva elite política (la que hoy gobierna) para expresar lo que quiere para nuestro futuro común. Es en ese texto donde se desnuda la pobreza intelectual de quienes durante años fustigaron a los llamados “neoliberales”. El mar de contradicciones, interpretaciones antojadizas del pasado, propuestas inaplicables, expresiones de buenos deseos, falta de concordancia entre artículos y un largo rosario de incongruencias, exige un cambio de fondo si el Gobierno no quiere hundirse en su propio discurso.
En el rodeo lo difícil no es montar el potro cuando éste está sujeto, lo difícil es dominarlo y permanecer sobre él airoso cuando se lo ha dejado en libertad.
El MAS nos ha probado su vocación de poder, convocatoria, identificación con las mayorías y retórica revolucionaria. Pero nos ha probado también una pavorosa incapacidad de gestión, una gran confusión ideológica y un espíritu autoritario que no ha logrado ni imponer hegemonía, ni comenzar un cambio de verdad.
*Carlos D. Mesa Gisbert es ex presidente de Bolivia, periodista, historiador y político.
No apto para cardiacos
Hay una embajadora que está muy afligida en La Paz porque no logra entender a los bolivianos, a pesar de que ella también habla castellano.
Si las paredes hablaran
Cuatro horas y media que duró la entrevista del embajador de los Estados Unidos con el Canciller y el Ministro de Gobierno, el miércoles pasado,
¡No hagan ola!
Los norteamericanos, me refiero a Al Gore y compañía, le echarían la culpa de las inundaciones del Beni al calentamiento global, a la sobre industrialización, a esas ganas que tiene ahora no solamente el mundo anglosajón, sino la China y la India de vivir mejor, porque están cansados de vivir mal, aunque algunos ilusos crean que eso es vivir bien.
Las pilchas de John
En la puerta de un concurrido café, Hildita Pelachun, coqueta dama de la poderosa clase media, luce orgullosa una blusa muy mona de Versace; sus pantalones con pliegues laterales de Zara, cierran el look informal conocido entre sus amigas como: “me puse lo primero que encontré en mi armario”.
Inflación, desastres y disculpas
Las autoridades financieras y monetarias de Bolivia verdaderamente han excedido su capacidad de culpar a todos y a todo por la inflación del 12 por ciento, ocurrida durante el pasado año de 2007. Primero lo hicieron con los analistas. Como esto no resultó, culparon a la oposición. Acto seguido lo hicieron con las regiones. Luego con los prefectos. Culparon también al Niño.
Patriotismo constitucional
Los debates públicos que la Asamblea Constituyente no supo ni quiso conducir se están produciendo en los medios. Contribuyen a descifrar el trabalenguas del proyecto oficialista, aportan en crítica constructiva, confirman el vigor del poder constituyente ciudadano y reviven la esperanza de reconducir un proceso extraviado.