Rodríguez pasó de trabajadora del hogar a empresaria Llegó a la ciudad con perspectivas de mejores días. Creció y empezó a producir textiles a mano. Con el correr de los años transmitió sus conocimientos y organizó a la gente para crear un ente exportador.
EMPRESARIA LÍDER EN EL RUBRO EXPORTADOR • Sentada en su oficina de Asarbolsem, Antonia Rodríguez —sencilla y de trato afable— dialogó el viernes 15 con La Razón.
Más de 300 pequeños productores y artesanos exportando a “precio justo”, mercados seguros en Europa, Asia, Latinoamérica, Canadá y Estados Unidos, tres hijos profesionales, una casa y una organización que motiva a la gente “pobre pero trabajadora” y la ayuda a crecer, son el resultado del esfuerzo de Antonia Rodríguez Medrano, una mujer líder y emprendedora.
“Doña Antonia”, como la llaman la mayoría de los pequeños productores que trabajan con ella (85% mujeres), dirige la Asociación Artesanal Boliviana Señor de Mayo (Asarbolsem), que ella creó en 1989. Ahora Rodríguez, junto a 19 grupos de artesanos, a sus 58 años de edad, viene exportando textiles, artesanías, cerámicas, joyas, entre otros, durante 18 años. Rodríguez también es concejal de la Alcaldía de El Alto, y tuvo varias ofertas para ser ministra de Estado.
Antonia Rodríguez nació en 1949 en el cantón Duraznos, provincia Linares del departamento de Potosí. Hasta sus 12 años vivió junto a sus padres, que se dedicaban a la agricultura, luego migró a la ciudad de Potosí, donde —muy joven— empezó a trabajar como empleada doméstica.
“Yo fui de familia muy pobre en el campo, en mi niñez las mujeres no iban a la escuela, me quedaba en mi casa, donde aprendí a hilar lana y a tejer prendas de vestir, ya que en mi familia nos vestíamos con la ropa hecha con nuestras propias manos, comíamos nuestra propia producción e incluso nuestras ollas y platos los hacíamos de barro”, cuenta doña Antonia.
A sus 23 años se casó y dejó su labor de empleada doméstica para trasladarse a La Paz, con perspectivas de mejores días. Con el tejido se ayudó económicamente, pero vio la oportunidad de aprender más en los seminarios y cursillos organizados por clubes de madres, en esta ciudad. Esto la entusiasmó. Continuó y aprendió a ser organizada, responsable y líder en la actividad que heredó de sus padres, el tejido a mano de prendas de vestir.
“Entre los primeros productos que hice estaban las chompas, los gorros y los ponchos de lana de alpaca y de llama”, explica.
Ahí empezó el emprendimiento de doña Antonia. Su producto era de calidad y fue aceptado en el mercado interno y externo, y ella recibía un precio justo, gracias al apoyo de algunas organizaciones que promocionaban su productos.
De esta manera apoyaba a su pareja para aumentar los ingresos de su hogar.
“No me alcanzaba para el ahorro, pero lo que más me importaba era la educación y la mejor alimentación para mis hijos”, sostiene.
Su experiencia y sus ganas de aprender le impulsaban a participar de cursos y seminarios, lo que le permitió tener contactos con gente que iniciaba programas de capacitación para pequeños artesanos. Es así que fue contratada por una ONG (Organización no Gubernamental) como técnica, para enseñar sus conocimientos a gente pobre. “Vi que la gente se capacitaba, pero sola no lograba nada, entonces pensé que lo que había que hacer era unirlos, así se fundó Asarbolsen, en 1989”.
Rodríguez incentivó la fabricación a mano de productos de calidad. Lograr mercados fue una etapa dura de su vida. Cuenta que junto a algunos de sus discípulos se pararon en la plaza San Francisco, en la calle Sagárnaga, donde existe bastante afluencia de turistas. Observaron que ellos se interesaban por las artesanías y los textiles de lana, entonces iniciaron contactos con algunos de ellos, a quienes les enviaron fotografías de los productos para que hagan conocer en sus países.
Después de un tiempo empezaron a recibir pedidos, en pequeñas cantidades, y con el tiempo y el apoyo de la Federación Internacional de Comercio Justo —de la que se convirtieron en miembros— los pedidos eran mayores. “Actualmente participamos en ferias y exportamos más de medio millón de bolivianos al año. Hoy ya no buscamos mercados para nuestros productos, es el mercado externo que nos busca”, subraya con orgullo.
Cuando los hijos de Doña Antonia estaban en la universidad, la animaron a entrar a la escuela, y el año 2002 salió bachiller. Cleofé Quispe, una de las productoras de tejido a palillo de Asarbolsem, dice que Antonia las motiva, les quita el miedo que tienen cuando llegan de provincia y las convence que el trabajo de varias manos tiene éxito, y no así el egoísmo.