Los 410 kilómetros de montañas, yungas y sabanas que separan a la “perla beniana” de la ciudad de La Paz ofrecen paisajes y aventuras.
Texto: Liliana Carrillo Valenzuela • Fotos: Pedro Laguna
Completo?´. Jorge Loza formula esa pregunta diariamente a unas 200 personas. Pueden ser más, dependiendo de cuantas flotas paren en su restaurante en Challa, paso obligado rumbo al norte paceño. “Asado con arroz y yuca; café o té con su pancito”. Ese es el desayuno completo, a seis bolivianos, que Loza ofrece.
Son las 8.00 y la temperatura que sube aceleradamente comienza a evaporar la persistente llovizna que había recibido al día. Challa es la primera parada después de cuatro horas de un viaje que comenzó a las 4.30, en cuanto las barreras de la Tranca a los Yungas se levantaron, dejando salir de La Paz a decenas de camiones, minibuses y automóviles somnolientos.
La carretera Cotapata-Santa Bárbara ha reemplazado las curvas sinuosas del antiguo camino. Lleva, en menos de tres horas, a Yolocita y hasta túnel iluminado tiene. A las 7.00 se despide el asfalto mientras el paisaje se pone cada vez más verde y húmedo.
Caranavi, a 260 kilómetros de La Paz, se ha convertido en una gran ciudad que recibe al jeep rojo que nos transporta con limonada fría. El termómetro marca 23 grados y son apenas las 10.00.
Una hora más en la vía y, cerca a Pocitos, un tractor impide el paso en su tarea de rescatar un maltrecho camión que la noche anterior había rodado unos cien metros por la empinada del barranco. “El chofer ha salido bien”, comenta uno de los lugareños que ayudan en la tarea. “Casi un milagro”, agrega y sus palabras se confirman 15 minutos después, cuando de las profundidades emerge, destruida, lo que fue alguna vez la colorada carrocería del motorizado.
La exuberante vegetación yungueña se va disipando conforme el norte se acerca. Los arbustos y las cataratas colgantes que acolchaban las montañas se convierten en extensas sabanas pinceladas con flores y sembradíos diversos.
A las 13.00 hallamos en el pueblo de Pailón varios restaurantes, todos con sombrillas de paja y sin muros; todos con coquetos letreros de lata que ofertan: “Almuerzo, café, té y refrescos fríos”.
Chairo y plato cubano arman el menú en la pensión “La Paz”. No es casual el nombre, pues su propietario, Roger Pérez, nació en El Alto hace 30 años y hace 12 viajó al norte en busca de un nuevo hogar. Lo encontró con una beniana linda con quien formó familia y se estableció en Pailón. “Por eso no me olvido del chairito paceño, yo he crecido comiéndolo”, explica.
Más de 30 grados y la temperatura sigue en ascenso. A las 16.00 ha comenzado a llover y el camino de tierra se ha transformado en un gran lodazal. Cerca de allí, un automóvil ha quedado atascado en el fango. Descalzos, sus tres tripulantes jalan el motorizado sin resultado. “Ayuden, por favorcito”, pide el chofer y de una flota, que hacía cola para continuar su viaje, bajan cuatro jóvenes fornidos. Ya son siete que, sin dificultad, logran liberar al motorizado del lodo.
Estamos en tierras benianas; no sólo la calidez de los habitantes, que saludan desde sus bicicletas o motocicletas, sino el paisaje con abundante ganado lo anuncian. Son las 17.00 y han transcurrido diez horas y media de una travesía sin mayores dificultades salvo el inevitable cansancio. “Cuando llueve el camino se pone mal; hasta hay derrumbes y es peligroso. Una vez me quedé dos días en ruta”, cuenta un pasajero de la flota Yungueña que viaja a La Paz.
La ausencia de curvas y desvíos provoca que las planas carreteras de tierra amarilla que acercan a Rurrenabaque parezcan monótonas. De vez en cuando, la vía pasa por delante de alguna comunidad y, más frecuentemente, se ven grupos de vacas pastando.
A las 18.00, cuando el sol todavía brilla y ha logrado ahuyentar a la lluvia, en medio del cielo aparece un brillante arco iris como regalo para los cansados viajeros.
El fulgor lejano de las luces anuncia la llegada al destino final: Rurrenabaque. Para llegar a este centro turístico fueron necesarias 16 horas atravesando los 410 kilómetros de yungas y sabana que separan a La Paz de la población beniana. A las 20.00 en punto, “la perla de la Amazonia” nos recibe con promesas de aventuras.