La crianza de aves en cautiverio hoy es muy cuestionada, lo que ha hecho que estos artesanos del metal busquen otras formas de subsistencia.
Texto: Jorge Quispe Fotos: Pedro Laguna y David Guzmán
Un columpio, un resbalín y dos ruedas entran en un metro por cincuenta. Antes de entregar la reluciente jaula, el hojalatero Francisco Sillo Mamani recuerda muy severo a su cliente: “Nunca les hagan faltar agua y comida a los hámsters, y cuando llegue la noche de invierno, tápenles muy bien con una frazada”.
Don Pancho sabe de su oficio. No sólo trabaja con la soldadura y las hojalatas, sino que recomienda cómo cuidar mejor a los animales. Al igual que él, Irineo Nina Matías sabe el alimento de canarios, cotorras y loros. Ambos son parte de las cerca de 20 personas que construyen pajareras en La Paz. Un oficio respetado y criticado a la vez.
“Es una actividad económica y desde ese punto de vista no se puede opinar en contra de ellos (hojalateros), lo triste es que a nombre de mascotas algunos mantienen animales que deben volar dentro de superficies pequeñas”, formula Susana Carpio Ormachea, de Animales SOS. La Ley del Medio Ambiente prohíbe poseer animales silvestres y la “ordenanza municipal 511/05 impide la venta de mascotas en la vía pública”, explica Héctor Mencias, responsable del Centro Municipal de Zoonosis, de la ciudad de La Paz.
Más de una persona le espetó al hojalatero Francisco: “Tú haces jauleras que parecen celdas o prisiones…”. Él baja la cabeza y con algo de timidez responde, “hay personas que los tratan mal, pero eso es responsabilidad de ellos. Cuando uno adquiere un animalito debe tratarlo como un hijo más”.
Domador del fierro
El alambre galvanizado es fuerte. Con 20 años de experiencia, don Pancho no duda en elegirlo, pues este material es apropiado para construir el armazón para loros. “Es resistente a las garras y picos”.
Corta el cable metálico en partes iguales hasta tener al menos 30 hilos. Sus manos callosas toman con fuerza la tenaza y empieza a doblarlos o enderezarlos. El proceso de armado del esqueleto viene luego. Para ello, toma la soldadura con arco y, chispas de por medio, une uno a uno los alambres.
“Para los canarios se suelda con estaño, pero para los loros se hace con punta o arco, porque suelen destruir la jaula”. Una pintura antioxidante verde o ploma da color a la celda. “Ahora para los hámsters instalamos columpios, ruedas, bebederos, comideros y una bandeja para los excrementos”.
El pedido del cliente es ley y cuando los hámsters procrean, él prepara “jaulas con pequeñas casas para sus crías. La rejilla debe ser más corta, porque sus wawitas pueden salirse. Los hámsters son como los niños, muy traviesos”.
Una media mañana se tarda en construir una chirona pequeña de 25 a 18 centímetros para canarios y el costo va desde los 35 bolivianos, llegando hasta los 65. Las loreras, que no tienen jaula, están entre los 30, 65 y 100 bolivianos. Ellas sólo tienen una gradería, comidero, bebedero y una bandeja.
Francisco tiene en su tienda 25 jaulas. La mayoría las hizo el 2007. “Ahora se venden muy poco. No sale mucho, antes hacíamos hasta seis por semana y ahora sólo dos y ni siquiera se venden”.
A ello se suma que los precios de los materiales en las ferreterías subieron. Hace cinco años, la hoja de calamina estaba en 50 bolivianos, ahora está a 82; el material para soldar que se hallaba en 12, y ahora cuesta 32. Por ello, Francisco no sólo hace las celdillas para animales, se convirtió en un hojalatero múltiple y ahora fabrica veleros, exhibidores de DVD y CD, y candelabros para las iglesias.
Jaulero, veterinario y payaso
En el kiosco de Irineo Nina Matías, de 35 años, sobresale la caja de un singular producto peruano: “Calcio más fósforo. Cuando el fósforo marca la diferencia”. Las grageas sirven para mejorar el color del plumaje de las cotorras.
“Mi labor no sólo es soldar y cortar, también debo saber qué es bueno para cada animal, qué se les debe dar de comer y cómo se les debe cuidar en casa”, explica.
Irineo aconseja a sus clientes al momento de llevar una jaula, un lorero o casas para hámsters. Empezó como ayudante de los hermanos Elías y Héctor Pillco en la calle Murillo, hasta que se independizó. A él le gustan los animales, tenía cuatro cotorras y ahora son 12. “Uno de los secretos está en que las crías no tienen que ser vistas por el ojo humano. Si eso pasa, su madre se las come o las rechaza, porque son muy celosas. No hay que tocarlas”. El hojalatero y aprendiz de veterinario está en el negocio desde sus 14 años.
De lunes a viernes, trabaja con latas, soldaduras eléctricas y de estaño y los sábados y domingos se transforma en “Alfito”, un payaso de cotillones y mago a la vez. Sin embargo, cuando alguien le pregunta qué comen las cotorras responde con la seguridad de un veterinario “mijo y alpiste; los loros sorbos, girasol y maíz; los canarios, mijo y mostaza”. Su hermano tiene un taller en Cochabamba, pero Irineo no se da por vencido, por eso ofrece “yo puedo hacer moldes de todo, para helados y tortas, porque no sólo hago jaulas”.
Irineo muestra sus celdillas para aves y algunos productos para mascotas y Francisco Sillo Mamani espera que el 2009 retorne su hijo Franz Rodrigo del cuartel para enseñarle los últimos secretos de la hojalatería. “Ya captó lo básico y lo principal, pero debe aprender más para algún día ser un maestro. Dependerá de él si quiere ser como yo, jaulero y hojalatero”.