Cuando 100 legisladores de los países que conforman el Grupo de los Ocho (G8) y otras economías emergentes como Brasil, China, India, Sudáfrica o México, se reúnan mañana y el jueves en Brasilia para abordar, junto con líderes empresariales, un acuerdo post 2012 (año en que expira el Protocolo de Kyoto) seremos testigos de un cambio en la forma en que se conducen las negociaciones globales.
Es fundamental que los legisladores de economías del alto consumo energético se pongan de acuerdo en torno a las medidas prácticas a emprender y así, avanzar en esa dirección. En el mundo interconectado de hoy, ello puede tener un impacto positivo sobre quienes van de tener la responsabilidad de negociar un acuerdo futuro.
Organizado por Globe Internacional, una red mundial multipartidaria de legisladores, este diálogo se inició después de la Cumbre del G8 en Gleneagles, Escocia, y ha logrado influir en los gobiernos del G8 y en los de las economías emergentes. Después de las fructíferas reuniones en el parlamento europeo en Bruselas, en el senado de EEUU en Washington y en el Parlamento alemán, se comprendió de que éste es el momento para involucrar a las economías emergentes en el debate. Por esa razón, legisladores de todo el espectro político asistirán a esta reunión que auspicia el Congreso de Brasil.
Pero, ¿por qué esta reunión se realiza en Brasil? Porque la comunidad internacional reconoce que Brasil debe ser parte de la solución global al cambio climático. Esta nación ha logrado abordar sus propios desafíos y se ha convertido en líder mundial en algunas tareas del proceso medioambiental.
Brasil es un modelo, porque tiene una matriz energética mucho menos contaminante que la de la mayoría de los países ricos. Gracias a ello, ha podido dejar atrás la dependencia energética por medio de la expansión del uso de fuentes de energía alternativas, como la producción de energía hidroeléctrica, el etanol y los biocombustibles.
Brasil lleva la delantera en el uso de etanol obtenido de la caña de azúcar, una fuente no contaminante y renovable, que puede convertirse en complementaria, especialmente si se eliminan las barreras comerciales en los países desarrollados y se genera un mercado mundial. La tecnología brasileña se ha transferido a países africanos en un intercambio de conocimientos ´sur-sur´.
A pesar de tener los recursos forestales más grandes del planeta, Brasil ha demostrado un compromiso claro y ha alcanzado enormes logros. El país ya ha reservado 25% de su territorio (más de dos millones de kilómetros cuadrados) para destinarlo a áreas de protección. El programa ´zonas protegidas´ en el Amazonas ha creado un sistema de zonas protegidas de unos 500.000 kilómetros cuadrados, lo que equivale a una superficie más grande que el sistema completo de parques nacionales de EEUU. En cuatro años, el programa ya se ha demarcado 13,5 millones de hectáreas de nuevas zonas de protección estricta como el parque nacional de las montañas Tumucumaque.
Otro ejemplo del avance que ha alcanzado Brasil es que hoy en día, el 15% de su madera se extrae mediante técnicas sustentables de gestión forestal, mientras que hasta hace 15 años, la cifra era casi cero. No muchos países del mundo pueden exhibir resultados similares.
Los países en desarrollo reconocen que el cambio climático es una amenaza mundial y les preocupa su impacto. No obstante, ninguna solución será creíble si se vislumbra como un obstáculo al crecimiento de los países en desarrollo.
Según la ONU, para que los países en desarrollo transiten hacia una economía con bajo consumo de carbono el 2030, se requieren inversiones de 100.000 millones de dólares por año, además de entre 28.000 millones y 67.000 millones para adaptarse al daño que ya ha causado el cambio climático. Siendo optimistas, una buena parte de estos fondos provendrá del sector privado, no obstante, el aporte del sector público seguirá siendo crucial.
Para reducir las emisiones de carbono es necesario un sistema global más justo, donde países desarrollados y en desarrollo puedan crecer en igualdad de condiciones. Las naciones ricas saben que si contribuyen financieramente a un desarrollo sostenible en los países en desarrollo, ello beneficiará a todo el planeta. Es posible avanzar hacia una solución que reconozca que el uso sostenible de recursos naturales es fundamental para el desarrollo y por ello los países en desarrollo no deberían ver penalizados sus esfuerzos de crecimiento y lucha contra la pobreza. El Banco Mundial (BM) contribuye al logro de dicho objetivo. Por eso ha comenzado a diseñar mecanismos financieros innovadores y concesionales para el desarrollo de energías no contaminantes con el apoyo del Reino Unido, EEUU y Japón. En un futuro próximo, los fondos fiduciarios que administra el BM llevarán a disminuir las emisiones de carbono en sectores de la economía como el transporte, en lugar de sólo realizar contribuciones por proyectos.
En la reciente conferencia de cambio climático en Bali, Indonesia, se creó el Fondo para reducir las emisiones por medio de la protección de los bosques, un mecanismo de financiamiento pionero para combatir la deforestación tropical. Estos proyectos ampliarán el alcance del mercado de emisiones y las herramientas disponibles para futuras negociaciones sobre el cambio climático.
Por todo ello, los legisladores que se reunirán desde mañana en Brasilia tendrán la oportunidad de avanzar en un agenda positiva basada en soluciones a fin de ponerse a tono con las expectativas de sus pueblos. Ellos, junto con el sector privado, están en una posición única para decidir qué salidas son prácticas y políticamente viables.
*Pamela Cox es vicepresidenta del Banco Mundial para América Latina y el Caribe.
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