Celebrando los 41 años de su fundación, la Universidad Católica Boliviana San Pablo ha inaugurado, en la Sede Central, el nuevo edificio de su biblioteca, la más moderna del país por el espacio de sus ambientes, equipamiento y servicios.
Desde antes de la era cristiana, las bibliotecas constituyeron sitios emblemáticos de la cultura urbana y lugares de memoria, en el sentido literal del término, y en la acepción que le dan hoy los historiadores de repositorios vivos donde se anuda la relación entre el pasado y el futuro de los pueblos. Fue famosa en la antigüedad la de Alejandría, quemada en los tiempos de Julio César y recientemente reconstruida con apoyo de la Unesco.
Las universidades desde el momento de su fundación compitieron entre ellas por tener la biblioteca más completa, levantando soberbias construcciones donde se guardaban las colecciones de manuscritos y libros que fueron tempranamente objeto de pasiones y codicia de los hombres. Conocí la de la Universidad de Lovaina, de gran renombre en Europa por la riqueza de sus fondos, alojados en un imponente edificio que ocupa el centro de la plaza monseñor Ladeuze. La biblioteca de Lovaina que soportó asaltos, bombardeos, no pudo resistir la separación étnico-lingüística de los walones y flamencos: terminó dividida en dos.
En Estados Unidos, las bibliotecas universitarias, símbolo altivo de su misión y pretensión, concebidas por notables arquitectos del siglo XIX y XX, son el centro palpitante de la vida académica. Así, F. Lloyd Wright construyó en un estilo sugerente, en armonía con el paisaje desértico, de dunas, palmeras y cactus de Arizona, el monumental edificio de la biblioteca, una de sus últimas creaciones, que sirve de referencia para todas las demás dependencias de la universidad.
Los laberintos y pasajes, los libros y manuscritos, las bibliotecas han seducido con sus enigmas a los escritores que han intentado descifrar su significado o, en ocasiones, hacerlo más profundo, metafísico, como Borges en la Biblioteca de Babel, donde se reúnen todos los libros posibles, salvo el que respondería a las infinitas inquietudes humanas, buscado inútilmente por una estirpe de hombres empeñosos, pero condenados al fracaso. ¿Existe acaso ese libro? O U. Eco que concibe en, El nombre de la rosa, una biblioteca repleta de manuscritos y recovecos en la cual anida la maldad. Su celador, temeroso de que algún monje pueda leer un texto peligroso para la fe, comete una serie de asesinatos para impedir su lectura.
La biblioteca de la Católica nació con la institución y, a medida que ésta crecía pasando de instituto a universidad, también experimentaba parecida mutación el pequeño lote inicial de libros, entre los cuales sólo había los más urgentes a fin de atender las necesidades del puñado de muchachos que tuvo el coraje de inscribirse para un primer año, que nadie sabía si concluiría con éxito. Así como tenía algunos ejemplares de textos de teología y manuales de filosofía tomista recibidos de un seminario en trance de cerrarse. Los libros se guardaban y se prestaban en un local que antes fue minúscula celda de antiguos seminaristas. Varios de esos textos han encontrado lugar, si no lectores, en la actual biblioteca. Ahí, lástima, no hay corredores secretos ni laberintos que puedan perturbar la imaginación del usuario con enrevesados desafíos.
La actual construcción ofrece cálidos y cómodos ambientes de lectura, acceso electrónico al catálogo, compuesto por cerca de 50.000 ejemplares, en su mayoría destinados a satisfacer la demanda de las carreras. No faltan, por supuesto, obras de consulta general y de cultura en sentido amplio. Existe una biblioteca virtual al alcance de profesores y alumnos. La compra de revistas y libros continuará aumentando. Nada, pues, que cumpla las predicciones de los émulos de Casandra, agorera que anunciaban la muerte del libro por la aparición del internet. Aquel, a pesar de algunas inquietudes ciertas, se comporta muy bien. Las ediciones han aumentado en calidad y en número en Bolivia y el mundo.
En el acto de inauguración, la universidad ha querido rendir un pequeño homenaje al libro reuniendo en una esquina una treintena de ejemplares raros, antiguos o de particular significado para los profesores y autoridades de la entidad.
El autor de esta columna se encuentra entre aquellos lectores compulsivos y ya comienza a manifestar un síndrome parecido al del escribidor de Vargas Llosa. En este caso, se trata de la lectomanía que lleva a confundir los personajes de una novela con los de otra. No importa. Tengo un placer real en leer y poseer libros. Algo que me fascina es tocar, mirar las añejas encuadernaciones española, holandesa, las ornadas y repujadas con armas nobiliarias en el gusto francés, los karalipichis, con sus defectos, que recuerdan al artesano que las fabricó. Y cómo no dejarse seducir por la tipografía de las imprentas de otros tiempos, a veces plagada de errores, que seguramente angustiaron al autor, al editor, como ahora me atormentan los míos, sin poder evitarlos a pesar de la computadora. Creo, tal vez injustamente, que al escritor de un libro viejo se lo entiende mejor en su paquete original, en despecho del valor de las ediciones anotadas que suelen encasillar demasiado al lector en la visión del crítico.
Entre los libros en exposición hay primeras ediciones de Arguedas, Chirveches, Medinaceli, Tamayo y otros. Un primer código del Estado Norperuano de la época de la Confederación Perú-Boliviana. Un ejemplar de la Lógica de Condillac del siglo XVIII, que perteneció a Delfín Eizaguirre, representante de La Paz a la Asamblea Nacional de 1825. Algunos libros firmados por ex presidentes de la República. Ciertas ediciones facsimilares de interés por sus grabados o por su contenido. Una pequeña exposición, sin bombo alguno, pero que puede interesar al estudiante y al público.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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