Pese a que paso gran parte del día trabajando en mi casa, mis oficios también me obligan a moverme de un lado a otro con cierta regularidad. Para ello, no me queda otra que agarrar el auto un par de veces al día y salir manejando. Transito todos los barrios de la ciudad, desde los más ricos hasta los más humildes, y cada vez que estoy frente al volante me mortifico mirando y pensando en la manera en que se maneja en nuestro país. Perdón. Sería más correcto decir la manera en que todos manejamos, pues no quisiera darles la falsa impresión de que este humilde servidor es la excepción que respeta rigurosamente las reglas de tránsito en al caos generalizado de las calles paceñas. Primer problema: resulta prácticamente imposible hacer un esfuerzo serio para conducir correctamente en un contexto selvático en el que prima la ley del más fuerte y del más atrevido. Al margen de ser una opción poco eficiente, parecería ser que uno tiende a adaptarse, imitando la conducta del resto (¿o será más bien que el resto de los conductores lo imitan a uno?).
Alguna gente me dice que la conducta choferil en otras ciudades del país es diez veces peor que la de los paceños, y francamente, es algo que de veras me cuesta imaginar.
Como en muchos otros quehaceres de la vida nacional, acá cada quien maneja como mejor le conviene, sin importarle las consecuencias personales o colectivas. La gama de infractores es amplia y puede variar desde el adolescente aparentemente experto en el arte de la conducción a velocidades supersónicas, que está convencido de que la vía pública es su circuito privado de carreras, hasta el mozalbete chofer de minibús que, con siete días de experiencia al volante, siente el mundo a sus pies (y a sus pasajeros incluidos, por supuesto). Hay pecadores para todo gusto.
La confluencia de irregularidades es la mezcla cabal para una ´tormenta perfecta´: la mayoría no sabe manejar bien y punto; la otra mayoría, aún con buenas intenciones, desconoce la normativa del Código de Tránsito, las calles carecen de señalización adecuada, los vehículos (también ridículamente conocidos como ´movilidades´) no cumplen las mínimas condiciones técnicas de circulación, y la Policía… bueno… pobrecillos, absolutamente rebasados por las circunstancias, para ponerlo de una manera elegante.
No puedo dejar de pensar, y allí radica mi tormento, en que el tráfico, y la observancia a sus reglas, reflejan de alguna manera la actitud y la forma de pensar de una colectividad. Ojo: no quisiera caer en la típica y antipática reflexión que diría que esto es nomás reflejo de nuestro grado de subdesarrollo, de nuestra falta de civilización y de una renuencia a la modernidad. Esa es la clásica explicación despectiva y ´desde arriba´, que no explica nada.
Me inclino más bien a tratar de entender la cosa por el lado de un explosivo crecimiento del parque automotor (léase chutos, transformes, siniestrados, etc.), la feroz, y quién sabe necesaria, atomización del transporte público y la permisividad de un Estado débil frente a una sociedad civil fuerte. Hacemos lo que parece convenirnos más (ignorando que en un relativo orden todos ganaríamos), forzando al máximo los límites de la legalidad. Y, claro, la debilidad institucional de la Policía no ayuda en nada.
En tiempos de rediseño del poder estatal en todos sus niveles, haríamos bien en encarar una reforma radical de la institución policial, que resuelva éste y otros temas impostergables. Ya es hora de que el ´varita´ de la esquina nos siente la mano de una vez por todas.
*Ilya Fortún es comunicador social.
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