Estaba por ensayar una variación del tema de la propaganda estatal, que sostengo hace rato es alumna diligente de pautas del ministro nazi del mentir para encandilar a las masas. Es pertinente para contrastar con la realidad en la Bolivia de relevo de farsantes, que postulo es el cambio en el gobierno de Evo Morales. Entonces un amigo me envió la joyita que es El Estado megalómano de Jean-François Revel, que en menos de 200 páginas ironiza, hilarante y punzante, la Nueva Mayoría de François Miterrand, que en 1981 fuera electo Presidente socialista de Francia, además con mayoría legislativa. Como Evo.
Fíjense de entrada en el plagio del membrete por un mirismo boliviano que en los 80 no sólo había copiado el gallo galo. Anoten la conexión con la presencia hoy en el escenario de la activista viuda de Miterrand, convertida en una porrista más del régimen etnopopulista con pretensión de socialista del presidente indígena de Bolivia. Son entremeses previos al atiborramiento del discurso falaz en menú de comida rápida, pleno de grasas transgénicas, de goebbeliano miente, miente, que algo queda, del recetario internacional de salvadores de la patria populistas. Como Evo.
Ya murió Revel y no creo que me jale las patas si traduzco La Grâce de l’État, que es el título en francés de su libro, como el estado de gracia del Estado. Aludo a la falacia de que gobiernos mesiánicos, como el etnopopulista nuestro, parecen nacer como los querubines: sin pecado original, desnudos de taras históricas. Limpios de la sangre de placenta de la anomia social que provocaran y que les empujara a la palestra del uso, y abuso, del poder.
En efecto, uno de los rasgos gobiernistas es presumir que la historia empieza con ellos. El léxico oficial sataniza la gestión de gobiernos anteriores con un rosario de epítetos cargados de sesgo negativo: racistas, oligarcas, neoliberales, latifundistas. No es cosa nueva. Revel evoca a Alain René Lesage, cuya novela picaresca Historia de Gil Blas de Santillana, de 1715, retrata a un pillo encargado por el conde de Olivares de engrupir al pueblo para que no añore a su predecesor. ¿Cómo el conde de Orinoca?
Aspecto a destacar es que reescribir la historia desde falaz estado de gracia de nuevos salvadores de la patria conduce, irremediablemente, a la intolerancia, dice Revel. En el nuevo régimen todo crítico, así sea constructivo, es un enemigo. En tal visión robespierreana, ¿o robesperruna?, el régimen resbala al rol siniestro de espía, censurable si se trata de ladrar a EEUU casi al punto de morderse la cola en ira hidrofóbica, como can pekinés a perro gran danés. Justificable si se trata de la seguridad del Estado, aspecto que hermana a Evo Morales y Hugo Banzer —y también al Robespierre del Reinado del Terror en la Revolución Francesa—.
El rol de la propaganda es preponderante. Su objetivo es distorsionar los hechos, convertir espejismos en realidad, hacer que el jitamukú, que es como recuerdo se llama en mis pagos la variante más hedionda de la caca de perro, huela como perfume francés.
¿Qué mayor distorsión que la fanfarria de una nacionalización de hidrocarburos que no fue tal? Sea meritorio el aumento de ingresos para el Estado, algún día se pondrá en el balance la sequía actual de inversiones lograda con amenazas, cortapisas y la inseguridad jurídica en el sector.
El espejismo de ser potencia del gas hace que el gobierno, con aire de jeque árabe, reparta plata a troche y moche, mientras se endeuda contratando nuevos empréstitos para gastos corrientes y descuida las inversiones. ¿No es vivir en un espejismo que aseguren que todo va bien con la economía, que la divisa boliviana se fortifica frente al dólar, mientras la inflación, silenciosa como inundación beniana, se come los sueldos de la gente? Al paso que vamos, más pronto se desfondará la estructura carcomida por la termita inflacionaria, que llegará la cornucopia de los recursos del gas a salvar la economía.
Algún día develarán que el gasto en propaganda del gobierno de Evo Morales alcanzó récord, mientras televisoras, periódicos y radioemisoras diluían su rol de vigías sociales, para no perder jugosos bocados del banquete. Al cabo, la propaganda hace que la caca huela a perfume en esa delusión de masas común a regímenes como el socialista de Miterrand que ironiza Revel, el etnopopulista de Morales, para no hablar del narcisista-leninista Chávez.
Lo demuestra que la gente haga mutis por el aumento de los precios de la canasta familiar, si en gobiernos anteriores bastaban 10 gramos menos o diez 10 más en el pan para atosigar las calles. En la Venezuela de la chorrera de petrodólares, las colas se han vuelto penuria diaria para comprar leche, huevos, arroz, carne o pollo, como en la desvencijada Cuba. No se requiere mucha imaginación para anticipar qué pasará en la pobretona Bolivia: aumentará la propaganda, pero no el bienestar del pueblo.
La presuposición de que el progreso viene con gobiernos de izquierda es ilusión inducida por los regímenes populistas. La propaganda apuntala esta falacia. Pero una somera revisión establece que la prosperidad y el ambiente favorable al desarrollo humano afincan en países considerados de derecha, conservadores o neoliberales. Y que tres rasgos de la delusión populista son bajar el nivel de vida, aumentar las desigualdades y restringir las libertades.
Afirma Revel que el sentido general del término ´socialismo´ es sociedad de solidaridad. Nada más alejado de tan luminoso concepto, que la variante atrofiada de castrismo y chavismo que se pretende injertar en pie de etnicismo andinocéntrico en Bolivia. La propaganda oculta que la equidad se logra con juiciosa mezcla de liberalismo económico y buenas políticas sociales. ¿Acaso no lo pregona el socialismo de Chile y Suecia?
*Winston Estremadoiro es antropólogo.
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