Los textos constitucionales que han perdurado a través del tiempo han solido ir encabezados por una Exposición de Motivos u otro título semejante en que se ponen de manifiesto los propósitos generales, los orígenes generadores o los motivos de inspiración en que se basa el conjunto de las cláusulas normativas recogidas en ese documento que pretende ser la ´Carta Magna´ o norma suprema del régimen jurídico.
Así, la Declaración de Independencia de EEUU, esbozada ya en 1774 por Jefferson; o bien la Declaración de los Derechos del Hombre, promulgada por la Francia revolucionaria en 1791, empiezan por una elevada declaración de principios que es como un compendio en que se enuncian los grandes conceptos políticos, jurídicos e históricos que impregnan el contenido total de la Carta constitucional.
Pasando sin más demora al Preámbulo del que me ocupo, nos encontramos con un comienzo idílico en el que se habla de los tiempos inmemoriales en que ´nuestros llanos y valles se cubrieron de verdores y flores´. A lo largo de todo este texto preliminar —al que se refiere Xavier Albó calificándolo extrañamente de ´solemne´— se respira un aire de armonía, de paz y de equilibrio que hace pensar en los escritos de Rousseau teñidos de un fervor optimista acerca de la bondad natural del hombre. Eso estaba bien para los tiempos del pre-romanticismo europeo, pero ahora suena a evocación meramente lírica o arcaizante.
La clave de este proemio, que tan poco tiene de constitucional y tanto de ingenuidad retórica, está, evidentemente, en el gran giro mental que en él se pretende imponer, encaminado a rechazar el legado occidental y cristiano y a instaurar en su lugar una cosmogonía indígena simbolizada en la ´sagrada Madre Tierra´.
La cuestión decisiva abordada en el texto del Preámbulo está en la actitud ante la historia. En él se repite dogmáticamente una visión negativa y unilateral de la historia de Bolivia: ´los funestos tiempos de la Colonia´. ´El Estado colonial, republicano y neoliberal´ son las etapas oprobiosas que es imperativo borrar de la memoria. Y, por lo tanto, es preciso empezar a partir de cero, a partir de la nada. Esto no es algo nuevo en la mentalidad boliviana. Es archisabido que la historiografía liberal liquidó de un plumazo toda la historia anterior a la Independencia, incluyendo el período de Charcas y la Colonia, el Kollasuyo y los Incas, Tiwanaku y su Imperio. La única diferencia estriba en que el Preámbulo no excluye a las viejas culturas andinas sino que pretende convertirlas en fundamento único (si bien un tanto arqueológico) sobre el que se asentará el ´refundado´ Estado. Conviene recordar, por cierto, que no todo fue paz y armonía en las sociedades precolombinas (los incas dominaron a los aymaras tras rudas guerras de conquista, imponiéndoles, en los casos de sublevación o resistencia, el duro sistema de los mitimaes), sin olvidar tampoco los casos de sacrificios humanos no sólo entre los mayas y aztecas sino también en el mundo incaico.
La supresión del período colonial implica naturalmente el radical rechazo del proceso de la Evangelización, que es la clave del arco de la fusión de dos culturas, entre nosotros, los bolivianos, y el vínculo determinante de la solidaridad espiritual entre los pueblos de la América meridional. En lugar de la fe cristiana, el proyecto de Constitución coloca, en su prefacio, a la ´fortaleza de la Pachamama´. Pero añade, como una curiosa coletilla, puesta sin conexión gramatical, ´y gracias a Dios´, sin duda como una concesión escrita a última hora.
Si se impusieran algún día los criterios expuestos en el Preámbulo, de acuerdo con la cosmogonía panteísta-andinista que los inspira, nuestro país quedaría aislado en Sudamérica, rotos los vínculos culturales, sociales, religiosos que lo han unido históricamente a los demás pueblos del continente, formando una extraña comunidad distinta de los pueblos que la rodean: una especie de Tíbet montañoso, dividido en sus creencias, separado de la modernidad, ajeno a las formas de vida que hacen de Nuestra América (en el sentido de José Martí) una realidad unitaria y diversa al mismo tiempo.
*Jorge Siles Salinas es historiador.
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