Es triste presentir la proximidad de la muerte de un hombre que pudo ser un gran benefactor de su país, pero que, víctima de su soberbia, codicia de poder y obtusa obediencia marxista-leninista, fue un implacable dictador durante casi medio siglo. Desde su revolución liberadora de un régimen político dictatorial y corrupto que había hecho de Cuba “el prostíbulo de los Estados Unidos”, Castro observa, impotente, cómo en sus últimos días se repite la misma degradación moral cuya causa principal es la miseria económica en que malvive su pueblo, al que prometió redimir, pero lo hundió.
El joven Fidel de 1959 era la promesa ilusionada del pueblo cubano que ya no soportaba al “sargento” Fulgencio Batista. Ganada la pequeña guerra de Sierra Maestra contra un Ejército en desbandada, Castro implantó enseguida la “ley del paredón”, en la que fueron asesinados aquellos que estorbaban la marcha triunfal de la revolución. Sin que antes hubiese hecho profesión de comunista, muy pronto se convirtió en uno de los más ardientes militantes marxista-leninistas y un sumiso aliado y dependiente del inhumano Stalin. Desilusionó a los ingenuos demócratas del mundo que esperaban de Fidel un hombre decidido a devolver a su pueblo la dignidad y las libertades ciudadanas. Vanas esperanzas. Sometió al país a la tiranía y arbitrariedad del partido único. Aplicó una macabra caricatura del socialismo. Encarceló a los disidentes. Esterilizó la iniciativa creadora de los cubanos y provocó el derrumbamiento irremediable de la economía del país.
Tuve oportunidad de caminar por las calles de La Habana y comprobar la ruina de las viviendas que un día fueron dignas y habitables, los antiguos locales comerciales vacíos y polvorientos por el abandono durante años de inactividad, las pocas librerías que rebalsaban libros a bajo precio, pero todos ellos con interminables discursos de Fidel y con atosigante doctrina marxista. Nunca había visto una prensa y una televisión tan chatas, serviles y monótonas. Me compadecí de la gente sometida a la penuria de las cartillas de racionamiento. Escuché las historias temerosas sobre el espionaje al que mucha gente pacífica estaba sometida por sus propios vecinos, guardianes de la revolución. Los pocos templos que aún celebraban culto católico eran vigilados por soplones de lo que predicaba el cauteloso sacerdote. Los católicos practicantes cambiaban de templo cada domingo para no ser fichados.
Todavía siento pena. Sólo me alivia la pesadumbre una hermosa anécdota que me contó un amigo en La Habana. Érase una familia católica que enviaba a su hijo a la escuela pública, atea por cierto, porque no hay otra. Los padres comprobaron que el tratamiento que se daba a la religión católica atentaba contra la fe que deseaban transmitir al hijo. Un buen día, la madre se armó de valor y fue a explicarle su preocupación a la maestra. Ésta, más comprensiva que militante, encontró una media solución: “Mira compañera, de esta materia no le voy a examinar a tu hijo”. ¡Hermosa excepción!
La vida de Fidel, de ese libertador que pudo ser y no fue, se está acabando. Lo que venga a partir de ahora augura una transición pacífica, lo que no es poco y todos deseamos. Pero la plena democracia aún está por ver.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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