Cómo debería ser un programa para niños? Divertido, responden Liliana de la Quintana y Alfredo Ovando, de la productora boliviana Nicobis. "Pero, asimismo, educativo", añaden.
La entidad ha hecho unos cortos documentales que combinan filmaciones sobre el país —su medio ambiente y su diversidad cultural— y el personaje animado, Tuqui Tucán. Cada corto dura seis minutos. "Queremos armar un programa en torno" y en eso está Nicobis, aunque sus cabezas reconocen que es una empresa para el largo plazo.
Que es posible dar el salto, lo ven en ejemplos como el de Chile, donde "se ha producido una reflexión sobre el uso de la televisión que ha derivado en una política de fomento". Con apoyo estatal, los productores pueden acceder a $us 300 mil. El resultado es que los programas han mejorado y comienzan a exportarse, como es el caso de 31'.
En otros ámbitos, la prueba de que invertir en un programa para niños puede redituar ganancias es la serie islandesa Lazy Town, que promueve el ejercicio y la higiene. Su influencia ha sido tal, que allí donde se ve ha descendido la venta de gaseosas, mientras que el consumo de frutas, agua y verduras se ha disparado.
Magnus Scheving, su creador, director y personaje (Sportacus), es "recibido por presidentes, felicitado por ministros de Salud y adorado por los chicos", ha resumido Página 12 en Argentina.
¿Cuál es la receta? “Lazy Town es una gran idea —ha dicho en Buenos Aires—, considerando que para mí una gran idea es una alrededor de la cual todo es posible. Porque hacer plata, cambiar el mundo, tener amor, libertad, salud... Todo eso se le ocurre a cualquiera. Pero yo me refiero a hacerlo posible. Ahora, por qué el éxito: porque pudo transmitir un concepto que no es fácil de transmitir. Los chicos lo ven y comprenden lo que es salud. Comen bien y hacen ejercicio".
¿Y qué más? “Entendí que había un potencial no explotado en los programas infantiles. Hablé con el banco y pedí un préstamo. Como quería hacer un éxito, sabía que lo primero que tenía que hacer era conocer a mi cliente. Entonces, con ese dinero viajé por más de 50 países y me puse en contacto con la mayor cantidad de chicos posible, de todas las edades. Entre los chicos aprendí dos cosas: que todos saben cómo moverse y que no quieren que les hablen como chiquitos. Y de sus padres, aprendí que todos tienen los mismos temores y deseos. Quieren seguridad y educación, que sus hijos coman sano, que se muevan y sean saludables, que sigan las reglas y no lastimen a otros". Cuando terminó el viaje, "clasifiqué esos temores en siete muy puntuales, y sobre ellos desarrollé los personajes de la serie. Cada uno (el egoísta, el que no come sano, etc.) representa un conflicto". Por último, "me propuse conocer en profundidad a mi competencia. Anduve por EEUU, visité las grandes marcas detrás de los productos más exitosos. Y, claro, como yo soy islandés, en cuanto me veían me abrían la puerta, me ofrecían algo de tomar y me iban dando el know how. Seguro que pensaban 'Islandia, ¿qué puede surgir de ahí? Un país en donde a la gente todo el tiempo le nieva en la cabeza’. Entonces me di cuenta de que la mayoría de los que escribían programas para chicos eran tipos de Los Ángeles, de 20 a 27 años, sin hijos, que jamás los habían visto ni habían hablado con niños”.