Lejos de la magia, cerca de la paciencia, es como una primera cita con la cultura japonesa. Se trata de una mezcla de juego y diversión, pero con algo de ciencia y de terapia individual.
Texto: Jairo Marcos Fotos: Miguel Carrasco
in tijeras. Sin cuchillos. Sin cortes. Sin prisas. Sin trampa ni cartón. Pero con sentimiento. Con las manos (limpias). Con sensibilidad artística. Con gracia. Con suma paciencia. Con imaginación. El arte de doblar y desdoblar papel, llámese origami o papiroflexia, hace tiempo traspasó fronteras y se encuentra arraigado en diversos países. También en Bolivia.
Día sí y día también. Y siempre a la misma hora, de 12 a una de la madrugada. La boliviana Virginia Benavides Ayala, de 48 años, de la Sociedad Japonesa de La Paz, dedica cada noche 60 minutos al origami. Son ya más de 13 años de rigurosa fidelidad con una práctica que considera entretenimiento. ´Termino mis quehaceres y trabajo diferentes figuras. Cada vez aprendo algo nuevo´, explica.
Se trata de una afición que comparte con la japonesa Hana Kanashiro Kobayashi y la boliviana Teresa Hasegawa Minakawa, que se reúnen bajo el paraguas de esta excusa desde hace ya más de dos décadas. Tienen, respectivamente, 86 y 67 años, pero los dígitos dicen poco o nada esta vez. Están perdidamente enamoradas del origami que, expresan, ´no tiene edad ni sexo´. Tal es su grado de devoción, que Hana confiesa que ´a veces, me quedaba concentrada hasta medianoche, mirando la figurita, hasta que la comida se había quemado. Te olvidas de todo´.
Cada cual tuvo un particular primer encuentro con la papiroflexia, pero las tres compartieron un elemento común: La disciplina y la búsqueda de la excelencia. ´El mejor consejo para los primerizos es empezar por lo fácil, mas siempre buscando la perfección. Hay que unir línea con línea y punta con punta. Figuras sencillas, pero perfectas. Exige disciplina´, resume convencida Teresa.
Un lenguaje universal
¿Arte o pasatiempo?, ¿juego o ciencia? Por de pronto, forma de expresión cuyo soporte es el papel. Un corte cuadrado de éste permite cualquier pliegue susceptible de ser imaginado. Desde una silla hasta un piano, pasando por una paloma en vuelo, un velero o una cigarra. Y sin olvidar la grulla, el cisne, la flor de loto, el besugo, el sombrero, la iglesia… siempre en armonía con la realidad.
Realizar un doblez tras otro y observar cómo, paso a paso, lo que en principio no era sino un ordinario papel se ha convertido en una sorprendente forma geométrica que va más allá de las palabras. Lejos de la magia, cerca de la paciencia, es como una primera cita con la cultura japonesa. Es una toma de contacto, mezcolanza de diversión y sacrificio, pero también de ciencia y de terapia individual.
Sara Romay Benavides es un buen ejemplo. Con 23 años y nerviosa, muy nerviosa, no presenta el perfil adecuado de aficionada al origami. Pero no tan rápido: ´Para mí, es como una terapia porque tengo las manos ocupadas. Lo practico siempre que estoy nerviosa. Agarro cualquier hojita y me pongo a trabajarla. La gente suele arrugar y botar los papeles de propaganda que reparten en la calle, pero yo siempre hago figuritas con ellos´.
La papiroflexia, término compuesto por ´papiro´ (papel) y ´flexus´ (doblar) responde en la mayoría de países al término de origami, vocablo japonés que tiene idéntico significado, proveniente de ´ori´ (plegar) y ´kami´ (papel). Más sencillo, una actividad milenaria que perdura hoy como un instrumento educativo y de diversión, como arte y como ciencia, pues no pocos expertos han encontrado conexiones matemáticas en ella.
Virginia ahonda en sus raíces: ´El papel se originó en China y ellos dieron algunos truquitos, pero fue en Japón cuando se convirtió en un arte. Ahora está de moda porque, en general, la cultura nipona está de moda. Era un juego para las doncellas, un arte exclusivo para las clases altas en el que no participaba el pueblo. No se popularizó hasta que no se incrementó el uso del papel. Hoy, el origami está en todo. El japonés que no sepa origami no es japonés´.
Proceso de evolución
´¿Por qué cortar si en la superficie de una hoja de papel ya están trazados todos los caminos del universo?´, lo dejó planteado el literato español Miguel de Unamuno. Pero como todo en la vida, el origami ha sufrido su peculiar evolución, con la inclusión de ‘herramientas’ que facilitan el manejo de la cuartilla. ´Antiguamente, no se utilizaban las tijeras ni el pegamento, aunque ahora ya se puede. Pero tratamos siempre de mantener la pureza máxima´, menciona con claridad Virginia.
Es una afición barata. ´Sirve cualquier tipo de papel, pero para algo delicado, mejor el de origami. Se llama washi y es algo caro, pero imprescindible para las figuritas complicadas. Está fabricado con madera de tres arbustos. Tiene una textura diferente. Lo arrugas y vuelve a su misma forma´, indica orgullosa de lo que hace Teresa.
Eso sí, mejor cuadrado. Suele ser de 14 x 14 ó 15 x 15, pero cuadrangular, salvo raras excepciones. Tampoco hay normas en cuanto a tamaños. Hana apunta que ´el más grande que hemos hecho fue el castillo de Disney, pero estaba formado por papeles pequeños que se van uniendo´. Y el papel más pequeño con el que trabaja Virginia es de un centímetro, aunque los hay menores. Una universal forma de expresión con diversas medidas, formas y colores. Porque el arte no tiene hechuras.
Si algo resulta evidente tras una conversación de origami (con demostración incluida) es que se trata de algo más que doblar una hoja. Que el universo está incluido en una cuartilla. Y que las arrugas —en este caso, de papel— pueden ser muy bellas.