El país está enfrentando los efectos adversos de dos choques exógenos de magnitud. El primero proviene de los desastres naturales de La Niña y el segundo de la fuerte subida de los precios internacionales de los alimentos. No cabe duda que amortiguar esos choques constituye un gran desafío para cualquier gobierno. La pregunta que nos hacemos muchos bolivianos es la de si se están tomando las medidas internas que vayan en la buena dirección.
Nadie discutirá la necesidad de una atención inmediata y efectiva a las poblaciones afectadas por las inundaciones causadas por La Niña y que para ello se necesitan recursos que no se los pueden retacear. Tan importante como la disponibilidad de dineros es usarlos eficientemente, a través de instituciones que ya tienen experiencia como Defensa Civil y las prefecturas, y no creando nuevas e inexpertas burocracias. Los temas productivos propiamente dichos requerirán, por su parte, un mayor entendimiento entre el Gobierno y los gremios de productores afectados por los desastres. Cada uno de ellos tiene que contribuir a soluciones duraderas.
El otro choque exógeno: el de la significativa subida de los precios internacionales de los alimentos, crea el desafío de atenuar la transferencia de esa subida a los precios internos. La política monetaria y cambiaria del BCB ha estado, correctamente, yendo en esa dirección.
Lamentablemente, las políticas del BCB parecen ya haber llegado a su límite. Si bien la apreciación real del boliviano es moderada, algunos sectores productivos ya están sintiendo sus efectos y se estaría agravando la enfermedad holandesa que hasta el momento ha sido leve. Por otra parte, las operaciones de mercado abierto (OMA) del BCB van a terminar costándole caro y afectando a su Estado de Resultados.
La pelota está claramente en la cancha fiscal y se tiene que seguir manteniendo un superávit fiscal cercano al del 2006 (que fue de 4,6% del PIB). Este desafío, empero, es tanto más difícil ya que hay que efectuar ineludiblemente un gasto público para paliar los efectos de La Niña.
La creación del Fondo para la Reconstrucción, Seguridad Alimentaria y Apoyo Productivo con $us 600 millones que provendrían de un préstamo del BCB, no es una buena idea por varias razones. En primer lugar, viola el artículo 22 de la Ley del BCB (Ley 1670). Aún si se interpreta elásticamente la excepción a) de ese artículo, el BCB no puede otorgar créditos sino al Tesoro General de la Nación y para fines bien definidos, entre los cuales no están fondos financieros para atender necesidades del sector productivo. En segundo lugar, se está atentando contra la esencia misma de la independencia del BCB y se está dañando la credibilidad de la política monetaria, que es tan crucial en la lucha contra la inflación. Paradójicamente, el proyecto de nueva Constitución Política del Estado prohíbe completamente financiamientos por el BCB al sector público, incluyendo el de Fondos como el mencionado de reconstrucción.
Tampoco es una buena idea manosear las tasas de interés del sistema financiero. No son las tasas de interés activas las que están originando la inflación (ni tampoco el sector privado). Salvo para operaciones en UFV y para los microcréditos, las tasas reales de interés activas son moderadas (entre 1 y 2%.) Ahora bien, es cierto que los spreads entre tasas activas y tasas pasivas siguen siendo altos, en parte por problemas de escala y de excesiva segmentación del mercado financiero. Si mejorara el clima para las inversiones y la producción, las entidades financieras aumentarían sus volúmenes de operación y tendrían que depender menos de los spreads para su rentabilidad. Ayudaría también una reforma de la regulación. Manosear las tasas de interés sólo va a conducir a una mayor desintermediación financiera, con gran pérdida de eficiencia para la economía.
*Juan Antonio Morales es economista.
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