Por decoro lingüístico y respeto a los lectores, he preferido usar en el título de esta columna el adjetivo indecencia para calificar la mentira, pero en el texto, que apenas debe leer una docena de personas, me resisto a privarme de usar una palabra más fuerte, como es impudicia, aunque en su acepción más indulgente quiere decir también deshonestidad.
Depende, entonces, del talante que tenga el lector para escoger el término que prefiera. De esta manera, respetuosa, si se quiere, se puede escoger una de ellas, para acompañarla a la palabra ´mentira´, que es a la que quiero referirme. Hace como un año escribí otra columna, con el título ´En el apogeo de la mentira´. Es muy posible que a las personas que iba dirigida no se les movió un pelo. Esta vez es muy probable que suceda lo mismo, pero por lo menos quiero sacarme una roncha más. La mentira es a la palabra que más aversión le tengo, con más razón cuando se la usa casi a diario, como si estuviera dirigida a gente desmemoriada o que carece de discernimiento.
Esto ha calado muy hondo en el país, cuando alguien dijo, sin rubor alguno, que no lee libros, sino las arrugas de sus abuelos. Y quizás ha caído en peor descrédito, otra persona, cuando expresó que tampoco lee libros, porque prefiere hablar con la gente. Si así son las cosas, sencillamente no deberían intentar ´descolonizar´ a los bolivianos. En realidad les deberían ser indiferentes, lean o no libros. Con tal de que ellos se ´descolonicen´, no debería importarles un rábano el que otros lo hagan o no.
Si desde las altas esferas del Gobierno se miente y se miente y no se deja de mentir, ¿cuál va ser la lección que nos dejen? En cambio, sí nos quedará en la memoria una mentira monstruosa, hasta el final de nuestros días. Fue la que dijo Evo Morales, cuando pronunciaba su discurso de posesión como Presidente de la República, nada menos que delante de presidentes y personalidades internacionales. Mintió, diciendo que a los campesinos que aprendían a escribir, los patronos de las haciendas les cortaban las manos desde las muñecas. La infamia estuvo dirigida a la ´tribu boliviana´, de este modo tendría que entenderse, hasta que tenga la honestidad de mostrarle el testimonio de las manos cortadas. En tanto, no debe olvidarse la ofensa y el descrédito inferidos con tanto desparpajo.
En un libro titulado Los 10 mandamientos en el siglo XXI, el filósofo español Fernando Savater dice que ´una de las tendencias de quienes están en posesión del poder consiste en cambiar el pasado mediante mentiras y hacer desaparecer realidades que no les gusta´.
Otro caso impresionante se lo relata en el libro 1984, del escritor George Orwell, quien cuenta la historia de un presunto país, en el que ´hay un Ministerio de la Mentira, dedicado a cambiar la historia de forma permanente y transformar la realidad en una copia de lo que ocurrió en los últimos 100 años´. Así, la mentira repugna.
*Alberto Zuazo Nathes es periodista.
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