No cabe duda, a estas alturas, de que la mayor degeneración del tejido social boliviano ha sido causada por la acción de las mal llamadas “organizaciones sociales”, conglomerados de gente sin oficio dispuesta a arrancarle las entrañas al prójimo a cambio de la dádiva de algún cacique sectorial o del propio Gobierno.
Sus tropelías han marcado muchas de las páginas más violentas de nuestra historia reciente porque tal rótulo significa carta blanca para amedrentar, asediar e incluso matar. Gozan de la bendición presidencial para actuar sin restricción alguna; a diferencia de otros grupos a los que no se les permite ingresar a la plaza Murillo (los pacifistas, por ejemplo), éstas —inducidas por el propio Evo Morales— pueden tomarla las veces que quieran, alterando la convivencia civilizada y amenazando a quienes se atreven a cuestionarlas.
Estuvieron en Sucre como fuerza de choque mientras los asambleístas del MAS perpetraban una serie de violaciones a la Ley de Convocatoria y al propio reglamento de debates de la Constituyente en complicidad con la soldadesca de la Glorieta. Estuvieron en Oruro, en colusión con la directiva de la Asamblea, para la aprobación —una vez más, ilegal— de un texto constitucional plagado de imbecilidades.
Como ya lo hicieran en otras oportunidades, hoy se encuentran en La Paz cercando el Congreso de la República. Un somero cálculo permite, sin embargo, establecer una concurrencia bastante esmirriada respecto a anteriores acciones de este tipo; ¿será que los cheques chavistas ya no llegan con la diligencia de hace algunos meses?
A la hipótesis de la merma financiera podría sumársele la de cierto descontento de las organizaciones, más propiamente hordanizaciones, al haber caído en cuenta de que el cuento de que cogobernaban era sólo eso: un cuento. Estas hordas no pasan de ser un instrumento de presión funcional al Gobierno. Punto.
Como plantea Víctor Hugo Cárdenas: “La reciente invocación presidencial en el Chapare para que las fuerzas sociales cocaleras tomen las armas contra los promotores de las consultas autonómicas en el oriente del país es parte de esta ideología de la utilización tradicional de los sectores sociales, populares, campesinos e indígenas para defender intereses particulares y de partido”·.
El extremo de la alienación societarista se lo está viendo —parecería no tener relación, pero es, por lo menos, un efecto no deseado— en actos aparentemente espontáneos con desenlaces atroces cuyo peor rostro lo muestra el asesinato bárbaro, a título de “justicia comunitaria”, de tres policías; resultado fatal, también, de una jefatura verdeolivo que de la obediencia debida ha pasado a la obsecuencia impúdica a los dictados de la dizque revolución cultural.
“Soy de la cultura de la vida”, se la pasa machacando el señor Presidente. Y yo soy Churchill reencarnado, respondo.
*Puka Reyesvilla es docente universitario.
El (carísimo) pan nuestro de cada día
A mí, Lula me gusta. Lo confieso sin miramientos. Es un presidente obrero que, como muchos otros, se levantó del suelo y vivió en carne propia lo que es el hambre, la muerte por indigencia de algunos de los suyos y un largo etc.
Elogio de la hipocresía
Alguna vez leí que la hipocresía es el homenaje que le rinde el vicio a la virtud. Y aunque la paradoja suene demasiado impía, tiene un sentido previsible… Porque la otra opción del vicio es el cinismo…
Engrupir afuera y no ceder adentro
Soy mal contador de chistes, pero gusto de recrear escenarios de piadas jocosas, entre las que destacan las de humor negro, cuando no cruel. Como la del buri camba en casa modesta de canchón de tierra apisonada cercada de espinoso cuguchi.
¿Qué hacemos con la delincuencia?
La delincuencia y la inseguridad ciudadana son fenómenos sociales que causan daño a la sociedad en general y a las víctimas en particular y tienen su origen en diversas causas
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Como Fidel, sin ningún cambio
Mantendrá el socialismo pero flexibilizará la economía