Bolivia es hoy por hoy una nación sin ley. Estamos literalmente librados a nuestra (malhadada) suerte. El lugar común de que en el mundo primitivo el más fuerte dominaba al más débil, se vive cotidianamente en nuestro territorio. En los orígenes, el hombre vivió en un estado de naturaleza, fue el momento en que la comunidad humana todavía no organizada ni estructurada, funcionaba basada en el poder físico o en el poder creciente de quienes fabricaron las primeras armas que dominaban y masacraban a quienes todavía no las poseían.
A estas alturas es vano cualquier análisis que pretenda racionalmente explicar o justificar algo de todo lo que hemos visto desde la instalación de la Asamblea el pasado 6 de agosto de 2006. La suma de arbitrariedad, mala fe, manipulación, doble juego, abuso y ejercicio de la violencia (con tres compatriotas muertos en este tránsito) es tal, que nadie puede pretender hoy —de entre quienes manejaron y manejan el poder nacional y regional— adornar lo que hizo con discursos y fariseo desgarramiento de vestiduras apelando a una democracia que pisotearon cuantas veces les vino en gana. Unos, con la inaceptable ´ética revolucionaria´ que execra la ´falsificación democrática liberal´ y otros, que desde el primer día no tuvieron otro objetivo que inviabilizar la Asamblea Constituyente, contribuyendo con sus acciones y omisiones al engendro que hoy nos obligan a votar a los bolivianos.
Si la sangre de las 67 vidas que se perdieron en octubre del 2003 y la agenda que el pueblo boliviano pidió y recogí en mi discurso de 17 de octubre de ese año, se traduce en este sistemático camino a la autodestrucción, valdría preguntarse por el sentido último de esas vidas segadas y del luto que vivimos, valdría preguntarse si eso tuvo razón de ser ahora que nuestra sociedad es conducida de este modo brutal en medio de la falta del mínimo pudor. ¿Qué ha cambiado realmente en los poderosos? Los que ayer desde la oposición protestaban contra el rodillo parlamentario, aprueban hoy lo que les viene en gana, amparados en ´movimientos sociales´ violentos apostados en la plaza Murillo. Concepto envilecido hasta la nausea este de ´movimientos sociales´ que no son otra cosa que grupos violentos al servicio del Go-
bierno. Los que ayer desestabilizaron a gobiernos legítimos para resguardar intereses partidarios de élites y de grupo, salen hoy por los fueros de una democracia que en su momento no respetaron.
Este juego de hipocresía y cinismo nos lleva al abismo y ha quebrado todo resquicio de institucionalidad. El 6 de agosto de 2003 dije que uno de los problemas más graves del país era que el cumplimiento de la ley se había convertido en un exotismo. Me quedé corto. La ley se está disolviendo hasta el punto de que asistimos al crimen salvaje de tres policías y nos quedamos sin palabras ni lágrimas posibles en nuestras almas. Dos días después nos enteramos del crimen salvaje de una persona porque era un ´extraño´ y los asesinos, ese horrible anónimo colectivo ´Fuenteovejuna´, el mismo que arrastró el cadáver de Villarroel en 1946, se jacta de ello, reivindica la brutalidad bajo el amparo de un pasado que nos ahoga en odios y rencores y que amenaza con llevarse por delante todo a su paso.
El MAS bajo la batuta incendiaria de un Presidente que con sus discursos ha dado carta blanca para cualquier acción: las armas, los linchamientos, la tensión con varias naciones, el desastre de la política energética envuelta en vacía retórica nacionalizadora, la ´legitimidad´ del cambio que no tiene contenidos consistentes, avanza sin reparos en imponernos las condiciones para votar una Constitución manoseada sin límites (primero un índice leído en un cuartel, luego una sesión congresal ilegal que trasladó la sede de los debates, luego una lectura atropellada de 411 artículos en Oruro, luego los cambios a ese texto que un equipo clandestino hizo, vulnerando las más elementales normas). ¡Y esa es la Constitución que deberemos votar los bolivianos el próximo 4 de mayo!
Desde las regiones derrotadas por la violencia que ellas mismas contribuyeron a desatar en Sucre en noviembre pasado, la decisión carente del mínimo fundamento constitucional fue redactar unos estatutos autonómicos huérfanos de madre. Estatutos imposibles bajo la actual Constitución, estatutos aprobados por un cuerpo colegiado sin atribución alguna para redactarlos. Movidos por la lógica de ´tú tienes tu Constitución, yo tengo mis estatutos´, como si todo se resumiera a un empate de irracionalidades. En ese contexto, era obvio que el diálogo de enero era imposible, pues las partes sabían que no tenían nada para ceder.
Estamos en un país desamparado y sin árbitros que asiste a este festín que desgarra nuestras propias entrañas, rompe lo que construimos con tanto sacrificio. Pedimos inútilmente que se recuperara a la Corte Nacional Electoral, completándola y a la totalidad del Tribunal Constitucional, instituciones que basadas en la legitimidad de su prestigio y su credibilidad, fueran nuestra garantía para salvar la ley. Fue arar en el desierto. La respuesta ha sido brutal. El Vicepresidente de la República con sus atildadas maneras pide una tregua y a la vez convoca a sus grupos de choque a presionar al Congreso, se reúne con la oposición en la Vicepresidencia, los deja hablando a las paredes y se va al Congreso a aprobar con todas las ilegalidades imaginables, dos referendos que comienzan por desconocer la ley modificatoria de la Asamblea Constituyente aún vigente. Su testaferro, el diputado Torrico en la puerta del Legislativo, selecciona a los violentos alborotadores que pueden entrar o no al edificio, como si de una discoteca de los suburbios se tratara. En la plaza, dos diputadas son zarandeadas como si fueran un par de delincuentes, ante una policía cómplice. Terminada la ´sesión´ el Vicepresidente, sin despeinarse, afirma que al haber sido imposible el diálogo, no quedó otro camino que el ´estricto apego al cumplimiento de la Constitución´.
Todo esto sería una farsa, si no fuera tan evidente que vamos camino a un desquiciamiento que parece querer dar la razón a los agoreros que predijeron que si intentábamos el camino del cambio profundo de estructuras, acabaríamos en el infierno. Estamos a punto de entrar.
*Carlos D. Mesa Gisbert es ex presidente de Bolivia, periodista, historiador y político.
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