El impacto sobre el ojo primerizo, mejor si es extranjero, hizo del mercado de jueves y domingos un anzuelo para atraer visitantes que sortean el barro, compran objetos inútiles en apariencia y buscan allí lo imposible.
Texto: Jairo Marcos Fotos: Miguel Carrasco
Empecemos, por empezar en algún sitio (esto es inmenso), con la receta. Mezcle en una misma olla de 338 hectáreas medio kilo de cartílago de tiburón, 35 tuercas (34 de ellas oxidadas), cremas con poderes curativos, llaves (de casa, de auto, de caja y de lo que usted quiera), dos bombas de agua y autos transformados, un juego completo de muñecas (mejor si a la mitad de ellas le faltan las piernas o los brazos), tres pares de zapatos usados y sucios, api, una guitarra, duraznos y un pequeño futbolín. Bueno, y vuelva a meter otro par de zapatos desgastados por el tiempo, que de esos hay muchos.
Sazónelo con cualquier objeto susceptible de ser imaginado. Y déjelo reposar jueves y domingos a una presión de 4.050 metros sobre el nivel del mar. Listo: Ya puede usted hacerse una idea de la feria 16 de Julio. Pero no se haga ilusiones, que sólo será un difuminado bosquejo. No hay palabras. La realidad sólo está ahí fuera.
El bullicio mercantil comienza con las primeras horas del día, hasta que el sol desaparece lento sobre el horizonte. Entre horas, miles de personas meten sus manos entre las pirámides de ropa “americana” a medio uso y otra que debe ir ya por su quinta mano.
Si imaginas bien, te mueves paciente, evitas el barro (difícil) y le pones ganas, en la feria 16 de Julio puedes encontrar de todo. Como si lo que justificara la existencia de los diversos… productos (cabría decir chatarra, cachivaches, repuestos, trastos y cacharros) fuera el deseo de adquirirlos, sin el cual serían un algo inexistente, un sueño distante, una fantasía.
“A cincuenta centavitos el bote de mostaza, caserito”. Sí, muy barato, pero ¿para qué un bote de mostaza sin mostaza? “Para muchas cosas pues”, responde convencida de lo que ofrece la vendedora. “Yo llevo envases vacíos para poner chocolate, porque la puntita viene muy bien para los helados”, responde Janet Ayala Carrasco, de 34 años, mientras sostiene con la mano una bolsa negra llena de estos envases vacíos. Cuestión de imaginación.
A pleno sol, en una bolsa entreabierta y agrietada, suda brillante un gran montón de grasa de mula para el reumatismo (o eso dicen). Escasos metros a la izquierda, sitiados por el lodo, tres hombres pesan un radiador de auto. No funciona pero está en venta. Al peso (20 bolivianos el kilo), porque es para fundir. “He venido porque me quiero comprar unos zapatos. Y todavía no me lo creo. Hay mucha basura, pero también puedes encontrar buenos pantalones”, explica atónita la danesa Sofie Ravn.
Entre calles estrechas y empantanadas, bajo el sofoco de un calor radiante o la molestia de una lluvia impertinente, la feria 16 de Julio nunca pierde su capacidad de sorprender a cualquier visitante que se estrena. Sólo aquí compiten, de tú a tú, de igual a igual, un frigorífico con una aguja usada, el más flamante y último carro con un termo agrietado y descolorido.
Punto convergente de la población rural y urbana, este ingente mercado reúne una mixtura que convive en un caos ordenado de vendedores, cholitas y turistas, éstos siempre con la boca abierta. La vorágine muestra su lógica interna a medida que pasan las horas. Entonces, el viajero comienza a atisbar la zona de sólo verduras, la de sólo autos, la de sólo ropa usada… y, para qué negarlo, la de sólo un poco de todo. Interminable.
Uno tiene la impresión de que cada vez que husmea en un puesto es como si fuera la primera vez. Cada tenderete es siempre la primera vez en la feria 16 de Julio. Se entiende que en la parada anterior también había computadoras sin cables. Pero no diga que las de este lado no tienen otra presencia. Además, aquí las venden junto a las cebollas y las medias, que siempre será más cool. Se venden para repuestos, por si pudiera servirte alguna de sus piezas. ¿Y las bolsas de leche vacías? Como recipiente-semillero. ¿Y los espejos rotos? ¿Y los secadores quemados? ¿Y los tapones de botella? “De todo se vive aquí, también de la basura”, interrumpe Egberto Mamani Rojas, de 42 años, suponiendo una batería de preguntas que podría hacerle y que amenazara con terminar.
Los jueves y los domingos son jornadas especiales en El Alto. Días en que la ciudad descubre que la modernidad comienza por un periódico descompuesto, por el esguince de una guitarra sin cuerdas, por el óxido de unas tuercas. Por el aroma de una sopa de wallaq’e. Por un corte de pelo “estilo americano” a cinco bolivianos. Un lugar donde lo imposible también se puede buscar. Y seguro se halla.